No es un mito. Fue real.


Miguel Wiñazki
Y hoy avergüenza comparar aquellos espíritus con tantos miserables y sinvergüenzas.

Manuel Belgrano​ está solo en la quebrada sobre el promontorio del improvisado mirador, un atalaya enclenque. La noche lo invade silenciosa. El aire está encendido. El cielo es fosforescente en Humahuaca y los desfiladeros y las cumbres se alumbran cuando gira el viento.

El general que era en realidad civil, estudioso y pacifista, graduado en leyes en las severas aulas de la universidad de Salamanca, se eleva al abismo. Se arroja a la guerra pero en lugar de desbarrancarse, sube en los andamios de las cimas del coraje. Los realistas ya se abrían paso entre los cardones gigantes y los pedregales. Y entonces decidió el Éxodo. Difundió un bando terrible: “Llegó pues la hora en que manifesteis vuestro heroismo i de que vengais a reuniros al Ejército de mi mando si como aseguráis quereis ser libres...Hacendados, apresuraos a sacar vuestros ganados vacunos, caballares, mulares y lanares que haya en vuestras estancias...Labradores: asegurad vuestras cosechas extrayéndolas...Comerciantes: no perdais un momento en enfardelar vuestros efectos…” En derredor de las antorchas pálidas, alguien ya cantaba una elegía: Adiós Jujuicito, adiós Adiós que me voy llorando La despedida es tan triste La vuelta quién sabe cuándo.

La Argentina brotaba pariéndose desde el éxodo y el sacrificio.

Meses antes, Belgrano había enarbolado la bandera por primera vez a orillas del Paraná. Por cierto, imaginaba otro futuro, que este presente nuestro.

Belgrano no es un mito. Fue real. Y hoy avergüenza comparar aquellos espíritus con tantos miserables y sinvergüenzas que atropellan a todos desde el vano poder que usan y denigran. Le devuelven dinero a los ladrones, se apropian de lo que es ajeno, operan sólo para sí mismos.

Buscan y consiguen impunidad e impudicia. Desperdigan así una inmundicia que envenena y adormece. Han amnistiado a la deshonestidad. Impera el despotismo ignorante.

Hoy es el Día de la Bandera​. La historia no perdona a quienes la ultrajan con negligencias inenarrables. El pasado enseña pero se ha desdibujado la memoria.

El general que era abogado, también fue periodista y economista. Escribió en El Telégrafo Mercantil, cuando las Provincias Unidas no eran aún libres, y en febrero de 1810 lanzó el primer ejemplar de su Correo de Comercio. Era su proyecto comunicacional. Pregonaba desde allí contra España que todavía no cesaba con su torniquete colonial y arremetía Belgrano contra los que robaban para la Corona.

Exaltaba ya en sus escritos tempranos la potencia productiva del campo: “La agricultura es el verdadero destino del hombre. Es sin contradicción el primer arte, el más útil, más extensivo y más esencial de todas las artes... La riqueza de todos los hombres tiene origen en la de los hombres del campo, y si el aumento general de los bienes de la tierra hace a todos más ricos, es de interés del que quiere proporcionar la felicidad del país, que los misterios que lo facilitan se manifiesten a todas las gentes ocupadas en el cultivo de las tierras y que el defecto de la ignorancia tan fácil de corregir, no impida el adelantamiento de la riqueza…” “[la agricultura] es la única fuente absoluta e independiente de las riquezas”.

Fue Belgrano quien en rigor quien inauguró el periodismo autónomo, otra bandera que hoy se pisotea desde el irrespeto gubernamental y fue él quien -visionario- supo ver en el campo (cuando todavía la Argentina no era la Argentina) el primer motor de una sociedad que comenzaba a buscar su destino.

Es sabido y reiterado su último acto. No tenía cómo pagarle a su médico personal y le regaló su reloj de oro y esmalte.

El general que no era general había donado sueldos y toda forma de subsidio hacia su gesta. No tenía nada. Renunció a todo lo suyo.

En una alegoría cruel del destino de este país, alguien robó el reloj de Belgrano del Museo Nacional, donde estaba expuesto.

Había sido sustraída la ejemplaridad del tiempo originario y fundacional.

No se sabe si dijo Belgrano lo que dicen los manuales escolares que dijo al instante de morir. Es un lugar común reiterarlo en ocasión de un día como el de hoy. Puede ser una construcción enunciativa de los que sacralizaron a los próceres.

Pero es probable que eso es lo que haya sentido en el fondo de su corazón que se detenía.

“Ay, Patria mía”.
CLARIN

 


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