Los vividores, los parásitos, aguardan con fe un futuro trágico que los catapulte al poderío absoluto.


Miguel Wiñazki
Los cuerpos se mueven entre los alambres de púa del virus y todas sus consecuencias. A machetazos seculares para espantar el mal, separando la paja del trigo de un pasado que recién era presente y que hoy es otra cosa: una selva engatusada por ese demonio. Todo emergió de seres alados y nocturnos, que duermen al revés y que trajeron muerte al mundo.

La ritualidad de los encuentros es una ruina añorada, una tierra prometida, y el contradictorio déjà vu de una utopía.

La jungla urbana, aduanera, circunvalada por checkpoints y más y más certificados que se yuxtaponen segregando burocracia y, quizás, más descontrol que control, no termina de resolver el drama porque nadie sabe bien cómo resolverlo. Ni siquiera cabe apelar al antiguo síndrome del enemigo, que busca siempre al gran malvado hacedor de nuestras desdichas.

El murciélago no es muy eficiente como chivo emisario, no se da siquiera por enterado de las invectivas que les dispensan los enfermos, y los sanos que podrían contagiarse.

El velo aséptico de los tapabocas achica el lenguaje, se condensa y se dispersa la comunicación cuasi monosilábica: “¿Cuánto es?”. “Tiene la receta?”. “¿Paso?”. Predomina una antilengua, un nuevo jeroglífico verbal hierático, momificado tras las máscaras blancas sanitarias, negras de enmascarado de Western, o cromáticas pop, pero útiles para jibarizar las palabras.

Por eso se potenció tanto la conversación virtual. Lo que se gana en virtualidad se pierde en presencialidad.

Lo que no parece haberse conmovido demasiado es la política señorial nacional vintage, más que vintage contrarreformista y oscurantista, la de los señores tutelares del Estado y sus súbditos. Tras el populismo histórico que ya vivimos, quizás planean ─aun inconscientemente─ un ultrapopulismo sembrado en el ciclo de la pandemia, con la división de poderes tan atenuada, y la necesidad y la urgencia de exacerbar unicatos y veneraciones oficialistas.

Según la lógica fósil pero perseverante del feudalismo cultural y político, el pospopulismo es el viejo populismo psiquiátrico pero recargado, con más expansión estatal, manos en la lata más descontroladas aún, y restauración potenciada de las potestades monárquicas. En un menjunje alquímico ofertado y propalado por los trovadores del Estado Total. El espejo de colores mágico y perverso del caciquismo de la antilibertad como salvación.

El temor de todos augura ventura a los clérigos y las sacerdotisas vestales y virginales del estatismo ultrapopulista bautizado en las aguas del Jordán de la Pandemia, que purifica las intenciones retorcidas de los corruptos vociferando y multiplicando como panes podridos y peces muertos los sermones eticistas de los que solamente han vivido de las arcas públicas.

Los vividores, los parásitos, aguardan con fe un futuro trágico que los catapulte al poderío absoluto.

Las garrapatas se prenden al ultrapopulismo deseado, agravian todo disenso, y agreden a cualquiera que manifieste dudas sobre la acción politiquera y rastrera de esos sectores de la política cleptocrática y sojuzgadora.

Entre tanto, transitamos los interrogantes más agudos.

Hay una paradoja terrible: los sitios más peligrosos y propicios para la letalidad del virus son aquellos en los que las personas están encerradas: los geriátricos, los institutos de menores, las cárceles y los hospitales y las clínicas que por eso se bloquean parcialmente para la atención general y resguardan espacios vacantes para los pacientes del coronavirus.

El encierro grupal agudiza el contagio, la salidas descontroladas enferman y, eventualmente, matan.

Los asentamientos, esos guetos contemporáneos que perimetran la injusticia de la inequidad y aíslan a los más pobres en su aglomeración inevitable son los epicentros más críticos.

Afuera también vuela el peligro.

Dentro y fuera.

Hay una exclusión que es una intersección de peligros. Los enfermos que no padecen coronavirus pero que también están enfermos soportan una especie de apartheid, ¿inevitable? Se suspendieron innumerables controles y consultas de casos graves que también ocasionan muerte, dolor y desesperación.

En 1909, Horacio Quiroga escribió un cuento titulado "Los Guantes de Goma". Lo publicó en la Revista Caras y Caretas. Es una historia fantástica y a la vez realista. Una peste, la viruela, había atacado a un hombre que rápidamente muere “licuado en hemorragias”. Una de sus hijas queda obsesionada por el eventual contagio y vive lavándose las manos hasta dejarlas en carne viva. Un médico le receta la “curación”: guantes de goma, herméticos totalmente.

Pero ella agujereó con una tijera los guantes, para que salieran los microbios que “habían quedado adentro”. La víctima gatilló todos sus terrores. Sentía que los microbios de la periferia cutánea no salían y que los del exterior ingresaban hacia su organismo hasta extasiarla en su agonía.

Los microbios de la política ─que no son todos desde luego─ aguardan el momento decisivo para reingresar al cuerpo social, para acribillarlo y para acabar con la vida en libertad.
CLARIN


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