La increíble metamorfosis del diputado que hace temblar a los grandes empresarios con sus proyectos.


Franco Lindner

El propio Máximo Kirchner reconoció en un acto de la última campaña presidencial lo que durante años sus voceros habían desmentido una y otra vez: que era un eximio jugador de Playstation. “Puede ser que estas manos hayan tenido un joystick –se animó–, pero nunca se levantaron en el Congreso para votar a favor de los fondos buitres o de los ajustes”.

La sombra de la Play, que lo perseguía desde su juventud, lo pintaba como un muchacho despreocupado y un poco vago al que la política no le importaba en lo más mínimo. Un heredero fallido, en suma. A tanto llegó esa caricaturización que, cuando asumió Mauricio Macri, los colaboradores del nuevo Presidente hicieron trascender que en la Quinta de Olivos, sobre el techo de uno de los chalets, el que habitaba Máximo cuando paraba allí, habían encontrado un joystick. ¿Llegó hasta ese insólito lugar porque lo había arrojado en un arranque de furia, quizá por perder un partido en el FIFA?

No se sabe si hoy la Play sigue ocupando parte del tiempo del hijo de Cristina y Néstor, y poco importa. Porque ahora Máximo, ya cuarentón y padre separado, es noticia por otras cosas. El establishment que antes lo menospreciaba y ridiculizaba ahora le teme: no solo por su proyecto de impuesto a las grandes fortunas –algo que en privado se encarga de remarcar que es idea suya y no de su madre–, sino también por la nueva iniciativa de la diputada Fernanda Vallejos, que promueve que el Estado se quede con parte de las acciones de las grandes empresas a las que subsidia en medio de la pandemia. Vallejos pertenece al cristinismo duro, La Cámpora acompaña su plan y los hombres de negocios, paranoicos –y acaso con razón–, ven la mano de Máximo detrás de la movida.

Alberto Fernández, como siempre, hace de equilibrista. Ya respaldó en público el impuesto a los ricos, pero dio más vueltas con el tema del Estado accionista: primero pareció estar de acuerdo y ahora toma una prudente distancia.

Máximo habla seguido con él, dos veces por semana en Olivos. Quizá termine de convencerlo. Y sin joystick de por medio.
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