El Presidente hizo un gesto político en La Matanza y busca afianzar su vínculo con los intendentes.

Fernando Gonzalez

¿Quién cuida al Presidente? Esa era una de las preguntas que se hacían muchos dirigentes argentinos en la noche del lunes 23 de marzo. Alberto Fernández, después de una reunión de dos horas con los intendentes del Gran Buenos Aires, había subido un helicóptero para llegar a Puente 12, un cruce de Ciudad Evita en pleno distrito de La Matanza, el municipio más poblado del conurbano bonaerense que el peronismo gobierna desde 1983.

 

Desde allí, un auto trasladó a Alberto hasta el Hospital René Favaloro. Eran cerca de las 21 cuando lo recibió el intendente, Fernando Espinoza, y el Presidente entró al hospital seguido del jefe de gabinete, Santiago Cafiero; del ministro de Infraestructura, Gabriel Katopodis, y del jefe del bloque de los diputados del Frente de Todos, Máximo Kirchner. Con 60 años cumplidos y algunos antecedentes respiratorios que desaconsejan el abandono prolongado del aislamiento social, el Presidente quiso transmitir una señal política inconfundible. La de su presencia en el Gran Buenos Aires, la región del país donde cree que se va a producir la explosión más peligrosa del coronavirus​.

“El conurbano es nuestro Wuhan”, repiten algunos funcionarios en la intimidad refiriéndose a la ciudad de China donde empezó la pandemia. Pero ninguno de ellos quiere hacer público el temor que los embarga sobre lo que podría suceder en los próximos días cuando los casos autóctonos del virus que aterroriza al planeta se multipliquen en las zonas más pobres del Gran Buenos Aires. El AMBA concentra dos tercios de los casos de coronavirus que se producen en la Argentina y, en la Casa Rosada, son conscientes de que la infraestructura de salud bonaerense es mucho más frágil que la que posee la Ciudad. Por eso la preocupación.

Alberto convocó a todos los intendentes del cordón bonaerense y cada uno de ellos fue el lunes pasado a la Quinta de Olivos con el listado de hospitales, camas, respiradores y kits de tests para hacer un relevamiento conjunto de lo que hay y lo que falta para enfrentar el tramo más bravo de la epidemia. Las consultas fueron rápidas porque algunos de ellos tienen demasiados años en el cargo y han salido inmunes de cada una de las crisis anteriores. Se necesitarían unas 10.000 camas de terapia intermedia y otras 2.000 de terapia intensiva. Los municipios cuentan con la mitad de esa cifra por lo que el Gobierno nacional y la Provincia deberán extremar los recursos para completar la demanda.

Cuentan algunos de los intendentes que al gobernador, Axel Kicillof, se lo notaba algo nervioso porque el Presidente va construyendo un vínculo personal firme con esos dirigentes a los que Néstor Kirchner llamaba “mini gobernadores”. Pero la exigencia del coronavirus es de tal magnitud que sería imposible anteponer las pequeñas vanidades políticas en este tiempo de urgencias y de aprendizaje.

De todos modos, el Gobernador tuvo en Olivos su momento de epifanía cuando el ministro de Salud bonaerense, Daniel Gollán, anunció que la Provincia iba a contratar unos quinientos médicos cubanos para sumarlos a la batalla argentina contra el coronavirus. La revelación sorprendió a muchos de los intendentes, incluso a varios de los que tienen historia peronista. El mismo funcionario dejó saber además el dato que todos imaginaban. La madrina de la incursión cubana no era otra que Cristina Kirchner, quien había llegado un día antes de la isla después de haber ido en busca de su hija Florencia.

Nadie sabe cuál será la especialidad ni la eficacia de los médicos que lleguen de Cuba ni cuánto pagará la Argentina por la contratación del contingente. Pero son reconocidos los antecedentes de los terapistas cubanos en la historia reciente y lo que nadie duda es que se necesitarán más profesionales de cualquier categoría cuando la epidemia crezca en intensidad. De hecho, había preocupación entre los intendentes porque el gobierno porteño había hecho públicas ofertas salariales para los médicos de terapia intensiva y así cooptarlos en la emergencia. “Les ofrecen salarios a los que nosotros no podemos llegar y lo peor que podemos hacer en este momento es pelearnos por los médicos”, explica un intendente surgido del mismo sector político al que pertenece Horacio Rodríguez Larreta.

En la misma línea que inauguró Alberto la semana pasada, cuando anunció la cuarentena total para todo el país acompañado de gobernadores de la oposición, Kicillof se mostró en la conferencia de prensa posterior junto a intendentes peronistas como Fernando Gray, Mayra Mendoza y Juan Zabaleta, pero también aparecieron los intendentes de Vicente López, Jorge Macri, el de Lanús, Néstor Grindetti, y el de Tres de Febrero, Diego Valenzuela, todos de Juntos por el Cambio. Unos minutos antes se había ido otro opositor, Gustavo Posse, quien mantiene un vínculo antiguo con el Presidente.

La salud, la seguridad y la situación de los sectores más pobres fueron los tres ejes de la reunión en la Quinta de Olivos. A todos les preocupa el estado de brutal indefensión en el que van a quedar los autónomos, monotributistas y los miles de personas que integran la economía informal del Gran Buenos Aires. Peronistas y opositores por igual temen que allí se alimenten episodios de desobediencia civil y de violencia extrema que puedan transformar al conurbano en un territorio fuera de control.

Ese miedo fue seguramente el que potenció una de las desinteligencias más notables de estas horas. Algunos de los intendentes empezaron a cerrar las fronteras de sus distritos. El adelantado de esta tendencia fue Alejandro Granados, quien se ganó el apodo de “Sheriff” cuando era ministro de Seguridad de la endeble gestión bonaerense de Daniel Scioli. Empezó a tapar las calles linderas del municipio de Ezeiza con montañas de tierra y de piedras. Enseguida lo imitaron Mariano Cascallares en Almirante Brown y Martín Insaurralde en Lomas de Zamora y varios municipios más. Los anuncios de Rodríguez Larreta en la Ciudad, quien el martes dispuso el cierre de 69 pasos con la Provincia, terminaron de conformar un panorama inquietante de dispersión. La sombra del “sálvese quien pueda” sería la peor respuesta que podría ofrecer la política al coronavirus.

Le tocó al siempre controvertido ministro de Seguridad bonaerense, Sergio Berni, salir a criticar con dureza a los intendentes que amagaban con liderar la multiplicación del cierre de fronteras en el Gran Buenos Aires. Le apuntó básicamente a la legalidad de la medida. La cuestión comenzó a analizarse con más serenidad en el encuentro cumbre de Olivos, adonde estuvo Gastón Granados en representación de Ezeiza. Su padre, con 69 años, no asistió a la reunión por formar parte del sector de mayor riesgo a la enfermedad. El otro gran ausente fue el ministro de Salud, Ginés Gonzalez García, que también prefirió mantenerse al margen de una tertulia de más de cuarenta personas.

Queda cada vez más claro que el asedio del coronavirus no permite el lujo de las controversias. Tuvieron poco vuelo los intentos de algunos dirigentes por achacarle a los gobiernos anteriores los detalles de construcción que faltan terminar en el Hospital Favaloro de la Matanza, el que visitó Alberto. Las críticas del peronismo gobernante le apuntaban a presuntas deficiencias de las gestiones de Mauricio Macri y María Eugenia Vidal. Del mismo modo, los macristas respondían recordando que fue Cristina quien inauguró el nosocomio en 2015 para poner en marcha sólo algunos consultorios y una sala de guardia. Ni uno ni otro argumento parecen estar entre las prioridades de una sociedad agobiada.

Tampoco comprendió la gravedad del momento la presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto. Justo en el Día de la Memoria, su sufrimiento de madre de una joven desaparecida y su enorme experiencia no le alcanzaron para evitar una frase desafortunada, digna tal vez de mejores causas. “Si estuviera el gobierno anterior, no sé cuántos moriríamos”, pontificó, para referirse al embate que el coronavirus está desatando sobre el país.

No lo sabe Estela ni nadie sabe cuántos morirían de haber seguido el gobierno anterior ni cuántos morirán con el gobierno actual. Lo que sí sabemos es que serán demasiados los muertos. Además sabemos que esta pandemia está exigiendo de toda la sociedad y, sobre todo, de sus máximos dirigentes un esfuerzo de unidad nacional que ha aparecido bastante poco en la historia reciente. Ya habrá tiempo cuando todo pase para dirimir las pequeñas batallas internas, si es que queda oxígeno suficiente para insistir en los desencuentros de siempre.

CLARIN


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