El presidente Fernando de la Rúa llegó el viernes 9 de noviembre de 2001 a Nueva York con el objetivo de tomar contacto con distintos líderes políticos y ejecutivos de empresas estadounidenses. Dejaba a sus espaldas un país que comenzaba a transitar una crisis sin límites.


Por Juan Bautista "Tata" Yofre
Se lo veía tranquilo, casi indiferente. Por lo general los mandatarios argentinos suelen tomar un respiro en cada uno de sus viajes al extranjero porque no encuentran afuera las urgencias diarias de la cotidianeidad nacional. Llevaba en su maletín diferentes cuestiones pero el tema principal era lograr “comprensión” para su programa de reestructuración de deuda pública que alivie la situación económica argentina, atenazada por “un ataque especulativo” como explicó a los embajadores del G-7 el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini.

El mandatario argentino no llegaba en las mejores condiciones. Un mes antes de su partido había sido derrotado en las elecciones legislativas de medio término y su imagen había caído al 21%, según la encuestadora de Hugo Haime y Asociados, mientras que la de “Chacho” Álvarez, su ex vicepresidente, lindaba el 42%. En esas elecciones habían sido electos senadores nacionales Eduardo Duhalde y Raúl Ricardo Alfonsín. El primero duplico fácilmente al segundo que solo obtuvo 15%, lo suficiente para entrar al Parlamento en nombre de la minoría. Con los sufragios nacionales el Partido Justicialista obtuvo la mayoría en la Cámara Alta y ya imaginaba presidirla luego de desplazar al misionero y radical Mario Losada y reemplazarlo por otro misionero: Ramón Puerta.

El sábado 10 habló ante la Asamblea General de las Naciones Unidas detrás de George Bush, Fernando Henrique Cardozo y Vicente Fox. Expuso el pensamiento de su país sobre cuestiones del momento, en especial “la acción decidida y concertada contra el terrorismo internacional”, tras el ataque de Al Qaeda a las Torres Gemelas (World Trade Center) de Nueva York dos meses antes. Durante su encuentro bilateral con el presidente de México, Vicente Fox, logró un apoyo público a su gestión económica.

El domingo 11 a la mañana, después del “brunch”, se encontró con George Bush, el presidente de los EE.UU., en una suite del emblemático Waldorf Astoria de Park Avenue. Todos los anticipos periodísticos no hablaban de otra cosa que de la situación económica y de un eventual apoyo norteamericano al gobierno argentino. El Secretario de Estado, el general Colin Powell, le mandó una carta a su colega argentino deseándole lo mejor. El embajador argentino en Washington, Guillermo González, llegó a declarar al periodismo que “aquí nadie nos bajó el dedo” y que “los norteamericanos tienen la mejor disposición para acompañar”. Sabía de qué hablaba: González era un diplomático de carrera con muchos años en los EE.UU. y compañero de estudios de de su amigo “Jim” Walsh, el embajador americano en Buenos Aires. Sin embargo, sus buenos augurios se vieron empañados con la expresión de deseos. La nada.

El periodista Ricardo Roa en pocas palabras puso todo sobre la mesa, cuando expresó la realidad presidencial, a través de la confidencia de una diplomática testigo del encuentro: “Teníamos apenas media hora para sensibilizar a Bush y lograr el salvataje y De la Rúa se iba por las ramas hasta que fue el propio Bush quien le preguntó si no tenía algún otro asunto relevante para plantearle. De la Rúa le respondió que lo había. Todos suspiramos aliviados. Pero casi nos desmayamos cuando en lugar de hablar de la deuda y del Fondo Monetario, le pidió que se levantaran las barreras a nuestra exportación de limones”.

Los participantes argentinos no entendían lo que decía el presidente. No lo decían pero algunos recordaron al De la Rúa que meses antes, con su desorientación a cuestas, buscaba cómo salir del escenario del programa Video Match conducido por Marcelo Tinelli.

Mientras cientos de millones de dólares se escapaban de la Argentina, el primer mandatario trataba de convencer en el Council of Americas de apoyar su gestión y el presidente del Banco Central, Roque Maccarone, hablaba que “el sistema financiero está fuerte y es el dique de contención para la actual crisis económica… los ahorristas tienen que estar seguros con sus depósitos porque los bancos están fuertes y firmes”. No podía ni imaginar que semanas más tarde la gente golpearía la puerta de los bancos con cacerolas y palos.

De la Rúa volvió a Buenos Aires hablando de la “buena” reunión con Bush pero su preocupación era cómo entenderse con los mandatarios provinciales justicialistas.

“El país lo que menos precisa son ofensivas partidarias circunstanciales o con mezquindad política". "Lo que necesita en este momento es unidad, responsabilidad y grandeza. A eso convoco", dijo a los medios de comunicación. A pesar de todo tipo de negociaciones los mandatarios rechazaron una reducción de fondos por impuestos y la Cámara Baja aprobó una ley que lleva al Estado a compartir la recaudación del impuesto a las transferencias financieras.

En esos días un conocido columnista sentenció: “Los argentinos descubrieron que detrás del respetable tribuno se encontraba un hombre inseguro, quien, por lo tanto, desconfía de medio mundo, manejado por un curiosos entorno integrado por muchachos que le reclaman dureza para ejercer su autoridad y familiares que lo impulsan a ver enemigos por todas partes.”

A éste relato le faltaba un detalle poco conocido pero importante. Quienes conocieron a De la Rúa desde sus tiempos de senador nacional en 1973 sabían que había tenido a su lado a un secretario privado brillante a quien el legislador escuchaba con atención. Era Fernando Madero, el que no hubiera permitido ciertos desbordes juveniles en su entorno. Tenía la autoridad necesaria porque era como de la familia, pero Madero ya no estaba porque un cáncer lo había derrotado tempranamente.

Por su parte, con la simpleza de su estilo, el ex presidente Carlos Menem dijo: “No hay liderazgo y por más que se enoje mi amigo De la Rúa cuando no hay liderazgo no hay gobernabilidad.”

Era evidente que algo pasaba con la imagen presidencial porque se prestó a un reportaje grabado con el periodista Mariano Grondona y golpeó la mesa para demostrar su “firmeza”. Nadie dudaba de su honorabilidad sino de su carácter y clarividencia para enfrentar los retos del momento.

Envuelto en un clima exasperante la Argentina entró en diciembre de 2001 con toda una serie de problemas acumulados e irresueltos. Daba la sensación de un país parado. Ni que hablar del cierre de negocios en el Barrio Norte. Por algo el radicalismo había sacado tan pocos votos en octubre.

Como bien dice Ceferino Reato en su libro Doce noches ya en julio de 2001 “la situación financiera se agravo drásticamente”. En ese momento el Ministro de Economía no era José Luis Machinea ni Ricardo López Murphy, era Domingo Felipe Cavallo que había entrado al gabinete meses antes imaginando que sería un salvador de la Patria. Desoyó pocos consejos, en particular cuando dos periodistas le dijeron en el Rond Point a metros de su oficina que no aceptara, simplemente porque la manera de decidir de De la Rúa era totalmente distinta a la de Menem. Sin darse cuenta o imaginando lo contrario con su entrada en el gobierno Cavallo perdió su posibilidad presidencial. En esa oportunidad Cavallo no entraba solo porque pretendía incorporarse como Jefe de Gabinete el ex vicepresidente “Chacho” Álvarez. El “ritornelo” no lo aceptó De la Rúa con el consejo, entre otros, de Darío Lopérfido su Ministro de Cultura.

El 3 de diciembre de 2001 el gobierno anuncio el “corralito” decisión que limitaba la libre disposición de dinero en efectivo de cuentas corrientes, cajas de ahorros y plazos fijos. El límite eran 250 pesos semanales. Como explicación el Ministro de Economía sostuvo que era para combatir a los “fondos buitres” que buscaban la devaluación y el default. Lo real era que los bancos se habían quedado sin liquidez y los dólares huían el sistema, mientras los cuentapropistas y los trabajadores en negro no podían cobrar sus “changas” por falta de efectivo.

Con el paso de las horas la situación se fue haciendo ingobernable.

Primero comenzaron las manifestaciones callejeras, luego se iniciaron los saqueos a negocios en Mendoza, luego en el Gran Buenos Aires, como dicen los radicales, apantallados por el peronismo. El gobernador bonaerense Carlos Ruckauf en la intimidad opinaba que su territorio era “un polvorín”, pero su Secretario General de la Gobernación, Esteban Caselli, apuntaba la responsabilidad de los saqueos al aparato político del peronismo. Que es lo mismo que decir Eduardo Duhalde. Casi 20 años más tarde, el propio Duhalde dirá que “puede ser cierto que tenga que ver con la caída de De la Rúa porque los políticos argentinos teníamos la costumbre de ponernos en contra del gobierno”.

Primero fueron algunos conatos callejeros que amenazaban con llegar hasta el centro porteño, luego el 19 de diciembre apareció el tsunami en la Plaza de Mayo, en donde se produjeron graves enfrentamientos que llegaron hasta la avenida 9 de julio. La Policía Federal intentó parar la marea del malhumor en la que se mezclaban peronistas, troskos, radicales enojados e independientes. El “que se vayan todos” era una consigna y todo aquel conocido en los medios corría el peligro de pasar un mal momento. La furia era tan grande que a Moisés Ikonicoff, un ex funcionario de Menem, casi lo linchan. Tras las cargas de la Montada y el irracional rocío de gases lacrimógenos aparecieron las primeras víctimas fatales.

En esas horas Raúl Alfonsín, Carlos Maestro (jefe del bloque de senadores radicales) y una colega de Río Negro fueron a conversar con el Presidente. Cuando se abrieron las puertas de su despacho observaron que De la Rúa los recibía con Cavallo a su lado. Maestro relató que venían a pedir la cabeza del Ministro de Economía y que “diera un golpe de timón”. Con un estilo florentino Alfonsín aconsejó hacer una renovación del gabinete, mientras Maestro hablo de generalidades. La rionegrina Amanda Isidori quería pedir la salida de Cavallo y solicitó hablar y cuando le concedieron la palabra el “Mingo” la miró fijo y quedó “encandilada” por su penetrante mirada y no se atrevió a decir nada. Inmediatamente, Cavallo les pidió a los visitantes “ir al Senado para explicar la estructura del Presupuesto.”

Esa tarde el Presidente declaró el Estado de Sitio con el consentimiento silencioso del propio peronismo pero la gente igual avanzo sobre la Plaza de Mayo haciendo golpear sus cacerolas. Todavía resonaban las palabras de Duhalde a una radio: “O el presidente cambia o habrá que cambiar al presidente”.

Al día siguiente, jueves 20 de diciembre, tras una reunión de legisladores radicales, Maestro, acompañado por el diputado catamarqueño Horacio Parnasetti, volvió a ver a De la Rúa. Ese día, a las 05 de la mañana, había renunciado Domingo Cavallo, cansado de las presiones, las críticas y a una muchedumbre que lo insultaba frente a su casa.

De la Rúa les dice: ¿Y ahora qué vamos a hacer? No tengo a nadie.

Maestro le ofrece hacer una gestión para incorporar a un peronista al gabinete. Era una alternativa que el Presidente había rechazado meses antes. Lo fue a ver al senador Ramón Puerta, quien lo atendió fríamente. Luego de escuchar, opinó: "Creo que no podemos hacer nada”. Y dio por terminada la entrevista porque debía viajar a San Luis.

Más tarde el senador radical recibió al jefe de la Gendarmería quien le comentó que su tropa estaba “agotada” de contener a la gente y que a la noche se producirían saqueos. Inmediatamente, después, lo llamó a De la Rúa y le relató que se habían producido muertos y se quemaban autos en la 9 de Julio.

El Presidente ignoraba los alcances de los enfrentamientos y le preguntó: “¿Qué podemos hacer?”. Maestro le contestó que había que parar la convocatoria de la Asamblea del Parlamento, a la que había convocado el peronismo para el día siguiente, y “poner tu renuncia a disposición del Congreso”.

Tras un corto silencio, De la Rúa dijo: “Bien, si no cabe otra cosa, voy a hacer eso”.

El ingeniero Nicolás Gallo, ex Ministro de Obras Públicas, ex Secretario General de la Presidencia y amigo personal de De la Rúa tiene una explicación más puntual de los hechos y su relato trata de explicar el fracaso radical.

Durante una entrevista televisiva relató que después del llamado de Carlos Maestro el presidente le comento: “Si el partido no me acompaña no hay salida” y agregó que la UCR hizo el acompañamiento al revés con “el golpe”. Gallo avanzó un poco más: “Si Raúl Alfonsín hubiera levantado la voz no hubiera fracasado la política. El silencio de Raúl fue responsable.”

Luego contó que durante una entrevista realizada el martes 18 de diciembre, Alfonsín le dijo a De la Rúa, en presencia de Gallo y Raúl Alconada Sempé, que “esto no nos puede volver a pasar”. Se refería al fracaso de Alfonsín, su gestión y su abandono del cargo en julio de 1989. Pero mientras decía esto los principales dirigentes radicales estaban en el estudio del ex presidente y no querían acompañar a De la Rúa. "Detrás la caída de De la Rúa –explica Gallo- existían intereses empresarios fuertes. Todos aquellos que estaban endeudados en dólares y exigían la quiebra del sistema y vino una feroz devaluación y se licuaron las deudas de los empresarios. Las deudas en dólares pasaron a pesos. Fue la tormenta perfecta y el fracaso de la política”.

Hay un eslabón que une los tiempos de De la Rúa con los de su sucesor Adolfo Rodríguez Saá. Durante una de las siete noches que Rodríguez Saá pasó en Olivos fue visitado por un grupo de empresarios. En la cena se le planteó al mandatario provisorio pasar las deudas de dólares a pesos. El dueño de casa se negó a realizar la operación y tras brindar por la suerte del país los invitados se retiraron.

José María Vernet, que oficiaba de Ministro de Relaciones Exteriores y Defensa, era uno de los que acompañaba al presidente. Tras quedarse a solas, el mandatario comentó que la cena había salido bien y que habían realizado el “chin-chin” con las copas de champagne. El santafesino Vernet le dijo: “No Adolfo, no te equivoques, no hicieron chin-chin”. Y simulando con su mano derecha tener una pistola calibre 45 con la izquierda hizo como que la cargaba mientras decía “track-track... No les gustó y nos van a liquidar".

Unos días más tarde, según Vernet, Adolfo Rodríguez Saá renunciaba. Aparentemente fue por varios motivos –entre muchos intentar quedarse en el poder más allá del compromiso de convocar a elecciones presidenciales- y para el ex gobernador de Santa Fe éste era uno de los principales.

Nicolás Gallo hablo de “la tormenta perfecta” y acompañó a De la Rúa a tomar el helicóptero en la terraza de la Casa de Gobierno. Dejando una imagen que será imborrable en la historia argentina.

Según Gallo se fue en helicóptero por razones de “seguridad” y siguiendo el consejo del jefe de la Casa Militar, un alto jefe de la Caballería.

El militar de Caballería –y Gallo- olvidan que muchos años antes, el 25 de mayo de 1973, mientras los jefes de la Marina y la Aviación partían en helicóptero de la Casa Rosada, tras el juramento de Héctor J. Cámpora, otro jefe de Caballería, Alejandro Agustín Lanusse, salió por la puerta que da a la avenida Paseo Colón, infectada de terroristas, tras decir “por aquí entre, por aquí salgo”. No me lo contaron, lo ví.
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