Cuando Cristina Fernández gobernaba el país, Gustavo Béliz estaba exiliado, era perseguido por los servicios de inteligencia del Estado.


Por Ernesto Tenembaum
Vilma Ibarra escribía un libro lapidario sobre ella. Gabriel Katopodis acompañaba a Sergio Massa en la construcción de una alternativa al kirchnerismo, y luego seguiría a Florencio Randazzo; Felipe Solá buscaba todas las alternativas para intentar derrotar al kirchnerismo; Daniel Arroyo cuestionaba su política social y el crecimiento de la pobreza; y Alberto Fernández calificaba al gobierno de Cristina como “patético”. Victoria Donda, por entonces, denunciaba al gobierno de Cristina por las violaciones a los derechos humanos. Ginés González García había sido expulsado del Ministerio de Salud. Julio Vitobello y Claudio Moroni no tenían nada que ver con el Gobierno. Incluso Mercedes Marcó del Pont, con su equipo integrado por Matías Kulfas y Cecilia Todesca, habían sido despedidos: Kulfas describía en otro libro el tobogán en que cayó la economía entre 2011 y 2015.

Muchos de ellos, en momentos duros, fueron críticos, fueron valientes y sufrieron todo tipo de acusaciones injustas, en parte, por defender principios democráticos. Durante largos años, resistieron como les salió la obsecuencia, la soledad y el verticalismo. Su llegada al poder es, en algún sentido, una reivindicación a la crítica que supieron sostener. Si alguien mirara esa parte de la foto del nuevo Gabinete, que es mayoritaria, podría llevarse la errónea impresión de que representa una capitulación de Cristina Kirchner: la victoria de quienes militaron contra su gobierno, o fueron excluidos por ella. Más aún si se tiene en cuenta que en la presentación del nuevo gabinete había solo una ausencia: justamente la de Cristina.

Sin embargo, en las últimas semanas, la cobertura informativa dominante concluía en que Alberto Fernández sería un títere porque había cedido a todos los deseos de quien lo designó. Eso no necesariamente fue un error. Hay datos que habilitan a pensarlo. En ambas cámaras del Congreso dos integrantes de la familia Kirchner, Cristina y Máximo, tienen cargos clave, ella colocó a militantes incondicionales en los cargos administrativos más importantes y dirigentes tradicionales del kirchnerismo controlan áreas relevantes como el PAMI, la Procuración del Tesoro, el Ministerio de Defensa o el de Seguridad. Si uno toma esa parte de la foto, y le suma el poder de la provincia de Buenos Aires, Fernández parece un presidente cercado.

Las personas que odian, o temen, a Cristina concluirán rápidamente que Fernández es un pelele que se deja amedrentar y terminará haciendo exactamente lo que ella quiere. En cambio, quienes la aman dirán que Cristina es una líder brillante y generosa que solo está allí para colaborar con el nuevo Presidente, salvo que él se convierta en un traidor. Ella no fue a la presentación del gabinete como un gesto de desprecio y maquina la venganza en las sombras, dirán unos. Y los otros: no fue porque prefirió dejar todo el escenario para él.

El Gabinete de Alberto Fernández es un reflejo cabal de Alberto Fernández: puede ser muchas cosas al mismo tiempo. Cada observador puede ver en él al mismo tiempo una satisfacción y una preocupación, una esperanza y una decepción, según sus valores o sus expectativas. Y quizá allí, en esa indefinición, o en esa confluencia, haya algún elemento que permita entender la lógica del nuevo Presidente.

Alberto Fernández es un político inasible hasta la exasperación, incluso para Cristina Kirchner. Eso se puede percibir en su relación con el periodismo, un tema que fue dominante a principios de la semana, cuando difundió un mensaje lleno de insultos contra Hugo Alconada Mon. Hay políticos que no reaccionan contra la prensa, porque no les importa, no les llega, o están por encima de eso: Tabaré Vazquez, Lula, Pepe Mugica, Michelle Bachelet, Mauricio Macri. Otros odian al periodismo: Donald Trump, Cristina Kirchner, Rafael Correa, Nicolás Maduro, Jair Bolsonaro, Benjamin Netanyahu.

¿Y Fernández?

Se puede pelear con Alconada Mon, Mercedes Ninci, Jonatan Viale y, al mismo tiempo, ser amigo personal de muchos periodistas que lo critican o concurrir a un evento de Clarín o solidarizarse con Maru Duffard, de Canal 13, cuando un grupo de energúmenos la insulta en la primera presentación del libro Sinceramente. Es las dos cosas a la vez, o ninguna, o una, o la otra. Alberto Fernández puede difundir su algarabía porque habló con Donald Trump y luego decir que Estados Unidos ha vuelto a sus peores épocas, ante el respaldo del mismo Trump al rol del ejército en la caída de Evo Morales. Alberto Fernández ha sido un denunciante de la corrupción del kirchnerismo y un defensor de la tesis de que el kirchnerismo es perseguido por la Justicia, según el momento. Ha participado del período político en el cual el peronismo se transformó en la expresión del neoliberalismo en la Argentina, y de su negación, el kirchnerismo.

En una misma frase, Fernández puede parecer amenazante o conciliador. Ha sido kirchnerista, antikirchnerista, neokirchnerista, cavallista, pro clarín o anticlarín, pro consumo, pro exportador, designa a Ginés, un enemigo de los laboratorios pero se abraza el mismo día con Alejandro Roemmers, la peor expresión de los laboratorios. Puede esperar con ansiedad la firma de un acuerdo con el FMI y los acreedores privados, pero al mismo tiempo designar en el Ministerio de Economía, a un joven que ha dedicado su vida a denunciarlos. ¿Inteligencia múltiple? ¿Esquizofrenia? ¿Arrancar la negociación con un gesto de fuerza, porque siempre hay tiempo para ceder? ¿Pragmatismo extremo?

Y, finalmente, todas estas preguntas son menos relevantes que otra: la pregunta central que, inevitablemente, define a todo Presidente.

¿Podrá?

El primero de sus gigantescos desafíos consiste en conseguir contrarreloj un acuerdo razonable con los acreedores. Un paso en falso hacia la izquierda y caerá en el precipicio del default; un paso en falso hacia la derecha y caerá al abismo de un ajuste imposible. El equilibrista Fernández deberá encontrar el punto exacto que conforme a acreedores y gane tiempo para los argentinos. En la solución a ese problema imposible se podrán empezar a percibir sus dotes como presidente.

“¿Podrá?” es, siempre, la pregunta más angustiante para un nuevo presidente. “No”, en este país, ha sido la respuesta más habitual.

La asunción de un Presidente es el día más feliz de su vida: mejor que todos los anteriores pero también mejor que los que siguen. En un párrafo memorable, Carlos Fuentes describió lo que ocurre con los presidentes mexicanos una vez que llegan a la Silla del Águila, su Sillón de Rivadavia. “Es como si te hubieras subido a la montaña rusa, te sueltan del pináculo cuesta abajo, te agarras como puedes a la silla y pones una cara de sorpresa que ya nunca se te quita, haces una mueca que se vuelve tu máscara, con el gesto que te lanzaron te quedas para siempre, el rictus ya no te cambiará en seis años, por más que aparentes distintos modos de sonreír, ponerte serio, dubitativo o enojado, siempre tendrás el gesto de ese momento aterrador en que te diste cuenta, amigo mío, de que la silla presidencial… es nada más y nada menos que un asiento en la montaña rusa”.

Mientras tanto, muchas personas tienen respuestas a preguntas que aun no tienen respuesta.

Es una manera de calmar la angustia ante lo desconocido.

Esto recién empieza.
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