El presidente electo armó su gabinete con una lógica más parecida a la de Mauricio Macri que a la de Néstor Kirchner: prescindió de figuras llamativas.


Eduardo van der Kooy
Las piezas han sido colocadas sobre el tablero. Alberto Fernández formalizó su gabinete que representará el centro de gravedad para el desafío que le aguarda en el tiempo inicial: la construcción y consolidación del poder. Cristina Fernández​ concluyó un diseño potente anclado en dos pilares: el Congreso, en ambas Cámaras, y la inclusión de fieles, ligados a La Cámpora, en organismos donde el manejo de fondos resulta el punto crucial. Se sabe que no hay política sin plata. La vicepresidenta electa priorizó ese objetivo antes que ubicar a figuras rutilantes en el equipo del presidente electo.

Así mirado, del nuevo mapa de poder podría sacarse a trazo grueso una conclusión. Alberto surgiría casi como un primer ministro dependiente de la acción parlamentaria. En ese terreno sobresale Cristina que, a priori, se convertirá en la vicepresidente más poderosa que tuvo la Argentina al menos desde el regreso de la democracia. Una verdadera novedad. Una rareza para el presidencialismo que ha signado nuestra historia.

Aquel poder objetivo de Cristina posee un añadido. Buenos Aires será comandada por su discípulo preferido, Axel Kicillof. El futuro gobernador no ha buscado ningún atajo para conformar su gabinete a espaldas de la ex presidenta. Todo lo contrario. Porque forman parte de un mismo cuerpo político. Tanto es así que, entre ambos, resolvieron que la asunción de Axel sea un día después de la del binomio presidencial. La alteración del cronograma respondió al deseo de regalarle la escena exclusiva a Cristina. También, de permitirle a Axel disfrutar su día de gloria.

Alberto pareció pensar el sistema de su gabinete con una lógica, quizá, más parecida a la de Mauricio Macri que a la de Néstor Kirchner, la nostalgia donde siempre recala su pensamiento. ¿Qué significa? Prescindió de figuras llamativas, absorbentes. El ex presidente llegó a tener en una sola comarca al propio Alberto como jefe de Gabinete, a Roberto Lavagna en Economía y a Rafael Bielsa en Relaciones Exteriores. El presidente electo estuvo condicionado por dos cosas. La necesidad de conformar a todos en una coalición más heterogénea que Cambiemos. Habría ministros que se explican por aquella necesidad antes que por sus trayectorias. Además incidió el dedo de Cristina.

Alberto imaginó, sobre todo, fortalecer su figura. Para que no haya sombras. Ni nazcan dudas sobre el vértice del poder. Aun pareciendo similares en el mecanismo elegido (un gabinete numeroso, carente de poderosos), a Alberto lo diferenciará de Macri su origen y personalidad. Ningún peronista aceptaría tanta horizontalidad, muchas veces ficticia, que caracterizó al mandatario que dentro de dos días hará entregará del poder. Tampoco permanecería pasivo ante un eventual desafío de su autoridad.

El presidente electo se ocupará, al margen de la gestión, del diseño de la política. Eso explica la presencia de Santiago Cafiero como jefe de Gabinete. Un dirigente joven, con poco recorrido público, pero de absoluta confianza para Alberto. De la eficacia dependerá su futura preponderancia. Fue lo que Kirchner hizo en origen con el ahora mandatario electo.

Un criterio parecido aplicó para definir el área económica. También como Macri partió economía en seis áreas. El eje estará a cargo de Martín Guzmán, un académico de la Universidad de Columbia. Matías Kulfas se ocupará de Producción. Pero las ramificaciones económicas se prolongarán hasta la jefatura de Gabinete. Allí la segunda será la economista Cecilia Todesca. Encargada de monitorear el panorama, según el presidente electo.

El peso mayor, de todos modos, recaerá en Guzmán. Este economista de La Plata que emigró en 2008 –aunque continuó frecuentando la Argentina— tiene a cargo la renegociación de la deuda con el FMI. Presta atención a la mirada global de la economía. Pretendería de arranque conjugar ambas cosas. Aliviar la presión de la deuda, estirando los vencimientos, para reanimar el mercado interno. Sin afectar las cuestiones macroeconómicas.

Guzmán valora mucho los equilibrios. Que, según su parecer, habría sido uno de los errores de la gestión de Macri. Hizo gradualismo fiscal hasta el 2018 con una estrictísima política monetaria que llevó al desplome productivo. Es probable que el futuro ministro se encuentre en las próximas horas con el actual, Hernán Lacunza.

Observando aquel paisaje, se podría arrimar a otra deducción: el presidente electo se involucraría de lleno en la crisis económica. Husmeará a sus ministros. En este punto la semejanza tendría que ver con Kichner antes que con Macri. El ex presidente se comportó de ese modo. A los empellones con Lavagna. En absoluta libertad luego que el ex ministro renunció.

Esa decisión tiene razones. De la rapidez y eficiencia con que el presidente electo aborde la grave crisis económico-social dependerán dos asuntos cruciales: el destino, tal vez, de su Gobierno; el aglutinamiento del poder interno para equilibrar el reto que representa el liderazgo de Cristina y la desconfianza latente que sigue anidando en el ultrakirchnerismo.

Aquella urgencia indujo a Alberto a recostarse en las últimas semanas sobre Felipe Solá. El ingeniero es otro de sus arietes internos. Ambos repasaron el escenario internacional alborotado. Una clave para que la Argentina no naufrague ante la crisis económica. La conclusión ha sido que la inestabilidad regional podría favorecer al futuro gobierno en la negociación con el FMI. Porque dadas las presentes circunstancias, ni el organismo -mucho menos Donald Trump- podrían absorber otra convulsión. Tampoco el derrumbe de nuestro país. El próximo canciller ha puesto su mira inmediata en dos lugares: Washington y Brasil.

El involucramiento de Alberto en la economía podría asemejarse a una moneda de dos caras. Hablaría, por un lado, de su comprensión de las urgencias. Aunque detonaría interrogantes sobre posibles interferencias con los ministros que ungió para el área principal. Llegaría el recuerdo de una frase que, en su tiempo de titular del Banco Central, Alfonso Prat-Gay repitió sobre Kirchner: “Sabe sin duda de economía. Pero cree que sabe más de lo que sabe”, aseguró. Observado a la distancia, le asistió la razón.

Otro sillón innegociable para Alberto fue el Ministerio de Trabajo. La relación con los gremios forma parte del diagrama para afrontar la crisis económica. Elevó a aquel cargo a Claudio Moroni. Peronista y de su amistad. Persuadido además de que sin una transformación del anquilosado sindicalismo serán casi imposible dos tareas importantes y perentorias: el pacto económico-social para iniciar la gestión; la apuesta de inversiones para intentar reanimar el sistema productivo.

Esa pulseada comenzó incluso antes de la asunción. Alberto pareció no haber cedido casi espacios en el poder a los sindicatos, con los cuales prometió gobernar los años venideros. Recortó las demandas de Hugo Moyano, líder de los camioneros. El presidente electo cavilaría que cualquier pretensión de modernizar el país no podría mantener a un gremio de transporte vial como el más representativo y poderoso. En estos días se divulga, a propósito, una película ilustrativa en ese aspecto. Se titula “El Irlandés”​ y cuenta, en uno de sus ejes principales, la historia del célebre y todopoderoso dirigente camionero estadounidense Jimmy Hoffa. Claro, esa historia se desarrolló a comienzos del siglo pasado.

Alberto resolvió postergar a Moyano para recompensar a Sergio Massa. El titular de la Cámara de Diputados hace tándem con Solá en la búsqueda de equilibrio de la heterogénea coalición que asoma en el poder. El Ministerio de Transporte quedó para uno de sus hombres. El ex intendente de Junín, Mario Meoni. Una empresa del Estado para su esposa, Malena Galmarini. El dirigente de Tigre aspiraba a más pero el dedo censor de Cristina habría resultado implacable. Tampoco salió beneficiado con el reparto de los cargos en la Cámara Baja, donde manoteó la Secretaría Parlamentaria. Allí tuvo un forcejeo con Máximo Kirchner y La Cámpora. Que se apoderaron de las oficinas con caja. Con el hijo de Cristina se dicen amigos, pese a que no hace mucho tiempo le auguraba la cárcel.

Al presidente electo le habrían quedado pendientes un par de promesas. No hay representación de los gobernadores peronistas “albertistas”. Luis Basterra, de Agricultura, surgió del pacto entre Cristina y el formoseño Gildo Insfrán. María Eugenia Bielsa, la ministro de Vivienda, es obra de Alberto. No de Omar Perotti, el mandatario de Santa Fe. Tampoco figuran los movimientos sociales.

Alberto defendió dos sillones, como ningunos otros, aún a costa de haber lidiado con Cristina. El ministerio de Justicia será para Marcela Losardo. Supo estar en cargos inferiores con la ex presidenta. Fue echada cuando el presidente electo renunció como jefe de Gabinete. La mujer es una experta del universo judicial. Alberto también se mueve como un pez en esas aguas. En ellos radica la posibilidad de satisfacer la demanda esencial de Cristina: que sea liberada de las innumerables causas de corrupción que la acechan, tres de ellas junto a sus hijos.

El otro apellido innegociable fue el de Vilma Ibarra. Se apartó hace años de la vida pública haciendo harapos, con un libro, el relato de la ex presidenta. Será la secretaria Legal y Técnica. Responsable de cuidar la firma del próximo mandatario. Idéntica tarea a la que Carlos Zannini, futuro procurador del Tesoro como prenda de canje, cumplió en tiempo de Cristina. El parangón no podría ir en demérito, de ningún modo, de la abogada que está por regresar.
CLARIN


0
0
0
s2smodern
powered by social2s

Gobierno de corrientes

Alternative flash content

Requirements

loteria cuarentena

incone

publicidad vianda

Alternative flash content

Requirements