Hay cierto juego de espejos entre Mauricio Macri y Alberto Fernández: para uno, el peronismo representa todos los problemas; para el otro, todas las soluciones. Ninguno admite matices

Por Ernesto Tenembaum

Uno de los elementos más interesantes del discurso postelectoral de Alberto Fernandez es la manera en que intenta explicar los últimos setenta años de historia argentina. En los días previos a la elección que lo coronó, repitió varias veces: “Acá no hubo crisis cíclicas. Aquí hay un 30 por ciento de la sociedad que es antiperonista. Cada diez años nos coloca un presidente y terminamos como terminamos”. En su reciente visita a México, Fernández pudo desarrollar más extensamente ese punto de vista. No se trataba ya de un acto de campaña sino de algo especialmente pensado. Por eso, y porque esas miradas sobre la historia suelen tener efectos concretos sobre la realidad, tal vez sea útil reproducir lo que dijo.

La mirada de Fernandez sobre la historia se desplegó especialmente en el cordial diálogo que mantuvo con el ex presidente ecuatoriano Rafael Correa. Allí, Fernández explicó: “El día que nació el peronismo nació el antiperonismo. Mientras el peronismo viva, siempre va a ser una amenaza para ciertos sectores de la sociedad que se van a abroquelar tratando de preservar sus privilegios. Y por eso el peronismo gana. Pero siempre hay un tercio de la Argentina que reacciona contra el peronismo: lo acabamos de ver con Macri. Si hay un gobierno que ha sido, que ha dado malos resultados...”.

-¡Y sacó casi un cuarenta por ciento...! -se sorprendió Correa.

-¿Qué es lo que motiva eso? El antiperonismo -prosiguió Fernandez-. La gente que lo vota es gente que lo está pasando mal, que han perdido salarios, jubilados que han visto perder sus ingresos, comerciantes que han cerrado sus negocios, pequeños empresarios que no pueden trabajar, Y los votan por esa vocación de pertenecer a un lugar donde no los dejan pertenecer.

 

Fernández luego abundó sobre la resistencia a la transformación en todo el continente. “Hay un sector dominante y un sector que aspira a formar parte de ese sector dominante. Nunca lo logra. Es esa clase media que aspira a ser lo que nunca le van a dejar ser”.

El diálogo siguió así.

Correa: "Lo que un coterráneo tuyo, Rafael Ton, llama ‘el síndrome de doña Florinda’”.

-Exactamente.

-Apenas tienes un poquito más de ingresos que el resto. Llamas a los demás “chusma”. Malcrías a tu hijo Quico, maltratas al pobre obrero Don Ramón. Y te haces amiga del capitalista compasivo. La gente de bien. Votas por ellos. El señor de corbata llamado Don Barriga.

-Es eso. Es eso. Es un espacio de la sociedad que aspiracionalmente quiere ser parte de la sociedad dominante y la sociedad dominante nunca lo va a dejar ser -concluyó el argentino.

La Argentina está terminando un período en el cual el presidente saliente quiso convencer a la sociedad de que todos los problemas llevan “70 años de historia”, es decir, empiezan con el peronismo. Era difícil conciliar esa mirada con la realidad histórica: ¿o acaso los liberales como Macri no habían tenido ninguna responsabilidad en la debacle argentina? Con el relato del presidente electo, empieza a suceder algo similar. Las fricciones entre la historia argentina y la mirada de Macri se reproducen aunque los puntos de conflicto sean otros.

¿Será cierto que siempre el peronismo estuvo del lado de los buenos? El gobierno peronista de 1973, por ejemplo, ¿cómo encaja en todo esto? ¿Y el gobierno de Carlos Menem que transformó la Argentina con el apoyo de Todes? ¿Y el de Cristina Kirchner que, hasta hace poco, el propio Fernández calificaba como “patético”? Los que votaron contra el peronismo en 1983, ¿no tendrían algo de razón? ¿Y en 1989? Hay cierto juego de espejos entre Macri y Fernández: para uno, el peronismo representa todos los problemas, para el otro, todas las soluciones. Ninguno admite matices.

Ese juego de espejos se expresa en otro detalle. El pensamiento antiperonista nunca tuvo respuestas que no fueran despectivas frente a una pregunta obvia: ¿por qué el peronismo vuelve siempre? ¿Por qué los más pobres votan al peronismo? A falta de respuestas, que reconozcan la sensibilidad que el peronismo demostró en varios momentos de su historia, y la insensibilidad de los otros, muchas veces el antiperonismo ha apelado a razonamientos que lindan con el racismo: los votan porque necesitan del Estado para vivir, porque los pobres sin ignorantes, porque no entienden, porque son morochos, los arrastran con un colectivo y un choripan.

Fernandez actúa en las últimas intervenciones con una mirada parecida aunque en sentido contrario. La gente que no lo vota a él es porque son oligarcas o arribistas. No analiza ninguna otra alternativa.

En el desprecio por las razones que llevan a alguien a votar distinto hay un rasgo de deshumanización: no entra en ese punto de vista la posibilidad de entender que alguien piense diferente debido a un razonamiento genuino y respetable. Ese voto solo se puede explicar por razones abyectas: porque el otro es gorila, pobre, negro, garca, resentido, trepa o clientelista.

Hay, por supuesto, miradas distintas a las de Macri y Fernández. Nestor Kirchner, por ejemplo, al asumir en 2003, pronunció un magnífico discurso donde se lamentó de “los enfrentamientos estériles que han hecho fracasar a la Argentina”. Después el kirchnerismo se radicalizó, dividió al mundo entre buenos -nosotros- y malos -ellos. Esa radicalización produjo la salida de Fernández: es muy extraño que ahora asuma él la mirada que lo expulsó entonces.

En esta dinámica, tiene lógica que los enemigos sean Bugs Bunny y Doña Florinda. El primero es un símbolo de las ideas individualistas que nos “inyectan” los medios de comunicación para ejercer el control social. Florinda es un ejemplo de las clases medias arribistas educadas por el Pato Lucas, el gallo Claudio y Bugs Bunny.

El presidente electo nunca ha sido un defensor del pensamiento binario. Sus agudas reflexiones sobre los límites de los procesos de transformación latinoamericanos en un pasado no tan lejano señalaban pecados graves como la corrupción y la mala gestión económica. Sus últimas reflexiones parecen muy lejos de aquellas. Es raro escucharlo.

Algunas personas inteligentes sostienen que no importa mucho lo que dice. Al fin y al cabo, Fernández es uno cuando va a un evento del grupo Clarín y otro cuando explica como funcionan los medios de comunicación frente a Rafael Correa; uno cuando dice en los medios que habló con Sebastián Piñera y que está ansioso por visitar Chile y otro cuando explica el modelo chileno para la televisión rusa. Su decisión de visitar a Andrés Lopez Obrador y a Emmanuel Macron expresa sus preferencias por gobiernos moderados y una evidente flexibilidad.

No hay manera de saber cuál de los Fernández es Fernández hasta que Fernández empiece a gobernar.

Pero puede que Bugs Bunny y Doña Florinda se enojen al escucharlo.

¿Tendrá algún sentido el combate contra ellos?

¿Qué opinará la Chilindrina?
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