Diego Xavier Guastini delató en la Justicia a clientes de su negocio de tráfico de dinero. Un pistolero lo mató la semana pasada, pero nadie sabe por qué. La Federal y la Bonaerense se unen bajo las directivas del fiscal Martín Conde para investigar el crimen marcado por los negocios oscuros de un hombre que no dejó nada a su nombre. Su mujer, testigo en peligro


Por Federico Fahsbender

Durante los últimos dos años, Diego Xavier Guastini, contador y empresario según se presentaba él mismo, financista y lavador según la Justicia que lo persiguió, se sentó a negociar y dialogar en las causas en las que se vio involucrado bajo la figura del imputado arrepentido. Se ofreció él mismo, o le pidieron que entregara a sus cómplices a cambio de que su nombre no termine en un expediente.

Tenía una cueva en la calle Florida al 500, que atraía a clientes oscuros de todo tipo. Guastini les proveía un servicio muy particular, una mezcla de courier y clearing bancario de plata negra: había conformado un negocio un poco insólito de transporte global de plata oculta en valijas. Usaba a jubilados de la zona sur, pastores evangélicos, panaderos, almaceneros, gente a la que un oficial de Aduana mira en un aeropuerto sin sospechar, casi como La Mula, el personaje de Clint Eastwood en una de sus últimas películas, un veterano de la Guerra de Corea sin siquiera una multa de tránsito en su legajo que llevaba y traía cocaína en su camioneta a través de la frontera mexicana.

Guastini, con un hombre hoy preso por narco entre sus compañeros, resolvía esa necesidad para grandes delincuentes: materializar efectivo, llevarlo o traerlo desde cualquier parte del mundo. Las mulas de Guastini podían mover más de USD 250 mil en un solo trayecto. Iban y venían: los destinos incluyeron puntos de partida y llegada como México, Roma, capitales de América Central.

Así, Guastini colaboró, por ejemplo, con un traficante de cocaína muy pesado, no trabajaba con los que hacen su riqueza con soldados adolescentes esclavizados en villas y asentamientos; prefería los más sofisticados, los internacionales de alto vuelo. Desde la Justicia le dieron una custodia de hombres de Prefectura luego de que habló. Guastini pidió que se la destinen a su esposa: tener policías a su alrededor con móviles de civil era malo para su negocio, hacía demasiado evidente su nueva función de colaborador de los jueces. Luego, el financista dijo que a esa custodia no la necesitaba más. Hay quienes creen que tenía un guardaespaldas personal, otros lo niegan.

La Aduana eventualmente se dio cuenta del esquema de mulas y lo denunció en 2014 en el fuero penal económico. Firmó un juicio abreviado junto a su cómplice preso en el Tribunal Oral en lo Penal Económico Nº 1. La sentencia fue dictada el 20 de septiembre pasado: tres años de prisión en suspenso por seis hechos que involucraron más de tres millones de dólares. Se cree que Guastini usaba lo que sabía como moneda judicial para zafar. La ley del arrepentido le impedía usar información de un caso para beneficiarse en otro. Se sospecha que delató a un amplio rango de delincuentes. “Le llevaba la guita a medio mundo”, dice un funcionario judicial de alto rango que no está acostumbrado a las exageraciones.

Quienes trataron a Guastini hablan de su amor por las camisas Tommy perfectamente planchadas, sus camperas Moncler que podían valer $50 mil, las llaves de su Audi A4 a la vista. Un tipo agradable, dicen de él, pero rápido para negociar, un poco cínico. Creía que no tocar la cocaína de sus clientes lo libraba de no ser, por default, también un narco, un partícipe del negocio.

“Yo solo toco plata”, solía decir Guastini.

Y después un sicario lo mató.

Fue el lunes 28 de octubre pasado. Una Toyota Hilux con una patente que no correspondía con el vehículo le cortó el paso mientras viajaba en plena noche con su Audi, a metros de la Municipalidad de Quilmes, no muy lejos de su departamento. Allí, el tripulante de una moto le disparó tres veces a través de la puerta y el vidrio del auto con balas calibre 9 milímetros. Luego, huyó. Guastini fue trasladado al Hospital Iriarte donde finalmente murió por sus heridas. Tenía una Glock calibre 40 encima que nunca disparó

La UFI Nº 3 de Quilmes a cargo del fiscal Martín Conde se encarga de investigar el caso, complejo desde el comienzo. La división Homicidios de la Policía Federal se unió al expediente, en conjunto con la DDI de Quilmes. Algunos en Tribunales dicen que a Guastini no lo mataron por hablar en la Justicia, que quizás “debía plata", pero a Conde esta deuda no le consta, o quién es el deudor. Se habló de un supuesto negocio con la barra de Independiente en un momento.

Su mujer, en su departamento al momento del crimen, declaró como testigo: dijo no saber nada, afirmó que su marido era muy reservado, que no contaba. Volvió a ser custodiada por Prefectura, convertida en un blanco fácil. El financista, curiosamente, había tenido el primer empleo en blanco de su vida según los papeles seis meses antes de que lo mataran, figuraba como empleado de una curiosa firma de consultores informáticos de Monte Grande. A horas de la muerte, un funcionario judicial de alto rango envió un informe con las causas en las que intervino y en las que Guastini colaboró. Hasta ahora, fue el único en hacerlo. La lista de delatados todavía no está completa en el escritorio de Conde.

Ninguna hipótesis está descartada. “Guastini tenía muchos frentes abiertos”, dice una fuente clave. Al fiscal, los senderos se le bifurcan.

Dos iPhone fueron encontrados en el auto, que deberán ser peritados: el financista usaba un software que bloqueaba señales y destruía mensajes. Su cueva de la calle Florida fue allanada: le secuestraron los celulares a varios empleados, que dijeron que no sabían nada de ninguna cueva, que eran los administradores del edificio.

En cuanto a sus bienes, Guastini no dejó ningún rastro: el Audi que manejaba todavía estaba a nombre de la misma mujer que se lo vendió, quien declaró y afirmó que el financista decía dedicarse a “la compra y venta de coches”. La transferencia nunca fue realizada. Su departamento no estaba a su nombre. No tenía cuentas bancarias, no era titular de tarjetas de crédito, nada a su nombre, excepto la Glock que encontraron al lado de su cadáver.

En los papeles estaba registrado como empresario, con domicilio fiscal principal en Ezpeleta. En los últimos diez años había integrado al menos seis empresas de acuerdo al Boletín Oficial con sus familiares en los directorios, dedicadas a rubros tan diversos como la ganadería o el turismo. Algunos creen que esas empresas eran simples cáscaras para otros negocios, un mecanismo similar al de Mossack Fonseca en los Panama Papers, pero del Conurbano. Hay una empresa en particular, registrada en 2009, que tiene como dirección fiscal la cueva de la calle Florida, sin cuentas bancarias visibles o empleados registrados.

En 2014, esa firma fue denunciada por la AFIP en el fuero penal económico según registros judiciales por violar la Ley 24679, evasión. Tras varias apelaciones, la causa en su contra está en la Secretaría Judicial Nº 3 de la Corte Suprema. La acusación en su contra: evadir 1,4 millones de pesos en el ejercicio fiscal de 2010.

Por lo pronto, se sabe adónde fue el asesino tras matar: a una villa cercana a la escena del crimen, a la que no ingresó. Hay quienes se sorprenden por la aparente desprolijidad del golpe: tres tiros es poco y un sicario profesional no falla, mata en el acto, pero Guastini llegó todavía con vida al Hospital Iriarte. Los crímenes sicarios de los últimos años, como los comisionados por la mafia china, son cosas rápidas y sin piedad, con pistoleros que matan a cara tapada, usualmente con un casco de moto.

El sicario que mató a Guastini lo hizo con la cara descubierta. Una cámara de seguridad lo filmó.

Un investigador asegura: “Se ve bastante bien”.
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