Con menos originalidad, el próximo mandatario ha mostrado ser un buen discípulo de Cristina.

Julián Schvindlerman*
El viernes pasado, el mismo día que habló telefónicamente con el presidente Donald Trump, Alberto Fernández atacó sorpresivamente a Bugs Bunny, al que acusó de ser un estafador individualista. ¿Fue este un acto de sublimación inconsciente? Aunque no alcanza los niveles de originalidad de, digamos, Pindonga & Cuchuflito, la ocurrencia ciertamente ubica al presidente electo en el lugar de buen discípulo de la campeona argentina en el área de la ironía.
Junto a Pepe Mujica en la Universidad Tres de Febrero, en el marco del panel Cultura, política y capitalismo tardío, declaró: “Con la Warner empezó el posmodernismo”. ¿Alguien podría informar ello al sociólogo francés Gilles Lipovetsky por favor? “Estos dibujos animados, Bugs Bunny, el Pato Lucas, el Gallo Claudio, representan una disputa entre un tonto y un vivo, donde siempre gana el vivo. ¿Han visto un estafador más grande que Bugs Bunny?”, lanzó. Los memes y las burlas no tardaron en aparecer. Mi favorito es uno que muestra la foto real de Cristina saliendo de un túnel vietnamita, con la frase agregada de Bugs Bunny, “¿Qué hay de nuevo, viejo?”. Desde un costado más serio, el diputado Waldo Wolff tomó el desafío de identificar a alguien más estafador que el conejito animado y devolvió el raquetazo con, bueno, la vicepresidente de Alberto Fernández. El crítico de cine Leonardo D´Espósito observó: “Siempre queda claro, Bugs es reactivo. Tiene más talento que sus ´enemigos´ y entiende que la mejor manera de acabar con el abuso es ponerlo en ridículo. Que el arma es el humor. Nunca estafó a nadie”.
Clarín informó que el doctor Fernández escribió un ensayo académico inédito titulado Dibujos animados como sistema social, como la familia, la escuela y los medios de comunicación. Su interés intelectual remite ineludiblemente al libro espléndidamente idiota de Vladimiro Ariel Dorfman (Vladimiro es su nombre real, no hay sarcasmo aquí), Para leer al Pato Donald y sus sucesivas investigaciones en torno al perfil psicológico y presuntos meta-mensajes manipuladores del elefantito Babar, el Llanero Solitario, el Pato Donald (especialmente sus sobrinos rebeldes) y la revista popular Reader´s Digest, a los que somete a un riguroso e inútil examen marxista. A su favor podemos conceder que sostuvo estás ideas a inicios de los años setenta, no en 2019. Bugs Bunny ya había sido sujeto de análisis crítico. Por citar unos pocos casos, Stephen Miller escribió un ensayo titulado Dios y Bugs Bunny, Linda Simensky redactó Vendiendo a Bugs Bunny: Warner Bros. y el mercadeo del personaje en los noventa, en tanto que Katie Nodjimbadem abordó el interrogante ¿Qué le da a Bugs Bunny su poder duradero?.
El profesor de la Universidad de Calgary, Eric Savoy, en su monografía El conejo significante, lo ubica “en la intersección de desarrollos recientes y espectacularmente revisionistas en estudios de género, teoría queer, y crítica literaria afro-americana”, que busca “recuperar a Bugs Bunny como un ícono cultural queer, una diva paródica, cuyos excesos extravagantes y juegos astutos están profundamente aunque tácitamente en deuda con la tradición retórica afro-americana de significar, especialmente en su potencial para hacer un atajo al auto-congratulatorio adversario impercipiente”. El artículo inédito del presidente electo sin dudas hará su aporte a este corpus académico. That´s all, folks. *Escritor. (Fuente www.perfil.com).


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