El presidente electo compone un personaje nuevo y vintage en simultáneo.


Miguel Wiñazki
Se abrió un nuevo frente de confrontación internacional. La confederación de personajes animados desde Hollywood hasta Tokio debe haber recibido ya los estiletazos del presidente electo de la Argentina. Junto a José Pepe Mujica en un conversatorio en la Universidad de Tres de Febrero, Alberto Fernández​ expuso con tono filosófico una crítica demoledora en la línea dura y retro del conocido libro de Armand Mattelart y de Ariel Dorfman: “Para leer al Pato Donald”.

Para Alberto, Disney y la Warner montaron sistemas de control social. Refutó muy duramente a Bugs Bunny al que calificó de “estafador”. Reivindicó al Coyote y a sus miles de trampas frustradas, que busca comida y siempre queda estrolado y burlado por un vivo: el Correcaminos. El “bip bip” sería la onomatopeya del imperio.

Siguiendo hasta las últimas consecuencias esa línea de pensamiento el Coyote debería devorarlo.

El albertismo cultural tendría entonces que trabajar ya en una versión vengativa en favor del Coyote que en los nuevos tiempos y desde el cono sur habría de ser ponderado como el justiciero que condena a las aves veloces a su merecido destino entre las fauces de los pobres carnívoros latinoamericanistas y hasta ahora perdidosos.

El presidente electo cuestionó que un ratón, Mickey, tuviera un perro, Pluto. Es un asunto serio y relevante. Un roedor dominando a un perro es efectivamente un truco malintencionado y provocador. Dylan no lo permitiría nunca. Es información.

El presidente electo refutó también la violencia del animé japonés. Esas visiones beligerantes que auspician la contienda como senda sangrante del ascenso social. Se definió a sí mismo como deudor de la revolución hippie, que cuestionaba el consumo y convocaba a la paz mundial. Se asumió como heredero de Joan Baez, de Bob Dylan y de Walt Whitman.

Alberto, reproductor epigónico de la pastoral solidaria universalista, lucrativa, laica pero evangelizadora y occidental. El futuro presidente evocó a Aristóteles y a Fernando Savater, cuestionó al posmodernismo que valora más la estética que la ética, que postula al individualismo y a la meritocracia como regla, que propicia el consumismo y la bulimia y la anorexia. Culpó Alberto, por esas distorsiones de la ingesta a la muñeca Barbie, responsable protagónica de la peste de los desórdenes alimenticios globales.

La vieja Barbie en rigor pasó de moda. Se aggiornó a la revalorización de las mujeres. Hoy se la ha rediseñado de acuerdo al imaginario de las múltiples profesiones antes cercadas por el machismo. La pérfida muñequita pese a todo no debe ser olvidada, ni perdonada.

Es evidente que los emblemas diseñados en el norte feroz han secado las venas abiertas de América Latina.

Los mercaderes de la diversión imperial nos han delegado al rol de esclavos jibarizados por la movida del consumismo que asumimos sin evaluar sus serviles consecuencias.

Hemos sido hipnotizados desde niños para digerir esas baratijas que nos envenenan para explotarnos.

Finalmente Alberto colocó en el podio de sus predilectos a Luis Alberto Spinetta, “un poeta surrealista”. Exalta “Elementales leches”. Cree que el mensaje más profundo está en éste texto: “Lo que está y no se usa nos fulminará”.

La paradoja es que la nueva administración plantea estimular al consumo, precisamente.

Todo formó parte de un Sermón de la Montaña insoslayable. Bienaventurados los feligreses de la nueva Biblia que ya asume el poder.

El catecismo que viene se perfila con claridad, con enjundia nostalgiosa de juventud y con precisión universitaria.

Fernández, filósofo y poético, introduce nuevas prácticas discursivas muy distantes de las módicas intervenciones protocolares del ingeniero Macri.

El presidente electo compone un personaje nuevo y vintage en simultáneo. Propone la felicidad como camino. En su discurso de la victoria del domingo convocó a los suyos “a disfrutar”. El slogan es “volver a ser felices”.

Para Aristóteles la felicidad es deseada pero nunca concretada. El camino del deseo no concluye cuando gobierna un determinado color político.

Alberto: anti posmodernista, hippie sin barba y con bigotes pesados, trovador y apólogo de la revolución cultural del sesentismo tardío.

En simultáneo desde ciertos extremos de la coalición triunfante advienen síntomas no muy hippies y sí filofascistas: el abogado Eduardo Barcesat plantea y planea mecanismos para liberar a los “presos políticos” con Amado Boudou a la cabeza. Es un per saltum encubierto para presionar a la Corte y ordenar abrir las compuertas de las cárceles para los encumbrados militantes K, aún para los que ya tienen condenas firmes.

A la vez, los afiches que asocian al CONICET con el Frente de Todos, reflejan, aunque prima facie pareciera un hecho menor, una tendencia hacia la apropiación total por parte de una facción de un organismo que no pertenece a nadie en particular.

Volvió el progresismo teórico y retórico.

Falta ver ahora que hacen con la economía real.
CLARIN


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