En octubre de 2005, un grupo de hombres armados irrumpió en una tradicional procesión religiosa de la comunidad peruana en la Villa 1-11-14 del Bajo Flores: la balacera le costó la vida a cinco personas. El origen de la larga guerra entre los capos “Ruti” y “Marcos” y la industria del poder del paco y la cocaína.


Por Rodolfo Palacios

“Parecía algo planeado por el mismo demonio”, recuerda una testigo. Las imágenes de aquel 29 de octubre de 2005 se le superponen en su cabeza, sin orden. “No puedo separar el horror de lo bello de ese día", dice, como si en el plano de sus recuerdos se librase un combate energético entre el bien y el mal.

La mujer, que ahora tiene 54 años, iba con los ojos cerrados, guiada por una larga fila que seguía al santo más venerado del Perú: el Señor de los Milagros. Hasta entonces todo era paz: la procesión avanzaba a paso lento por la avenida Bonorino de la Villa 1-11-14, en el Bajo Flores. Unas niñas bailaban vestidas de rojo, un hombre tiraba incienso de una campanilla y una música celestial parecía cubrir una atmósfera cercana a la iluminación de los que creen. Hasta que se escucharon los primeros disparos. Todo se desmoronó y la creencia mutó en una pesadilla: los sicarios irrumpieron y dispararon con sus pistolas y metrallas. Siguieron gritos, corridas, estampitas religiosas tiradas en el piso, manchas de sangre. Y el santo, en las alturas, intacto pese a la matanza. Una especie de guiño a su origen: la primera imagen del también llamado Cristo Morado quedó entera, en un muro, pese a un terremoto que no dejó casi nada en pie, en Lima, en 1687, cuando fue la primera procesión.

Pero en el Bajo Flores, en la villa que hoy es llamada Barrio Padre Ricciardelli, hace 14 años hubo cinco muertos, entre ellos un bebé de siete meses que iba en brazos de su madre, y diez heridos.

La guerra narco por ese territorio tuvo su peor batalla en el día en el que en vez de tragedias, se esperan milagros. “Todo terminó en un tiroteo, pero se cree que los crímenes fueron cometidos por la banda de Ruti”, dice una fuente policial.

Para la Justicia (entre ellos, el juez de instrucción Domingo Altieri) y la Policía, el artífice del sorpresivo ataque fue Alionzo Rutilio Ramos Mariños, alias Ruti, hoy de 55 años un ciudadano peruano que buscó asesinar a Marco Estrada Antonio González, su ex socio convertido en enemigo. Un testigo declaró que Marco no estaba en la masacre. Los asesinos huyeron hacia la villa 31 bis, donde celebraron con alcohol y música. “Todo salió bien”, se le escuchó decir a uno de ellos.

El 5 de junio de 2008, el Tribunal Oral en lo Criminal Número 15, integrado por los jueces Elena Do Pico Farrell, Ricardo Galli y Héctor Grieben, lo condenó a 18 años de cárcel. Lo encontraron culpable de uno de los cinco asesinatos, el de Héctor Corvalán. Fue absuelto por los otros cuatro crímenes (los de Luz Mayor Galazo, José Malarcho, Luis Rojas y Nahuel Sanabria) por falta de pruebas.

El móvil, según la Justicia, fue destronar a Marco, a quien lo señalaban como el caponarco de la villa a cargo de 20 manzanas y de 300 “soldados”.

Desde entonces, informes judiciales hablan de 20 crímenes por la pelea narco. Pero se cree que son más. “He visto cómo matan y tiran gente en contenedores. O matan por la espalda. Pero todo queda ahí”, dice la testigo a Infobae.

En el juicio, Ruti y el otro acusado, Roger Reyes Subiera, condenado a cinco años, se negaron a declarar. Ruti sólo habló para decir que tiene el secundario completo, algunas materias de Derecho y que se negaría a declarar.

En la etapa de instrucción, los dos dijeron que vendían remeras. Reyes Subiera, supuesto sicario, negó pertenecer a Sendero Luminoso, el grupo terrorista peruano comandado por Abimael Guzmán. “Fui sargento de la Fuerzas Armadas de Perú, nunca cometí delitos”; declaró. Además denunció por torturas a la comisaría 38a de la Policía Federal.

Se sospecha que actuaron otros tres sicarios con armas cortas y largas. Pero nunca fueron identificados.

La querellante del juicio, una sobreviviente de la masacre, declaró que vio cuando Ruti remataba de un disparo a una víctima. “Grité, él me vio, me oculté en un carrito de comida, él me siguió y me disparó diez veces en las piernas”, contó.

El presunto narco cumplió parte de la condena y salió en libertad. Volvió a Lima, su ciudad natal, hasta que el juez federal Sergio Torres ordenó su detención por considerarlo líder de una organización narco. “No sólo manejaba el negocio desde su país, sino que entraba y salía de la Argentina”, dijo una fuente judicial. A Ruti lo detuvieron en Perú. “Ahora está libre otra vez”, refiere la fuente.

Su enemigo, Marco, que llegó a vivir en un country de Ezeiza, fue detenido hace poco más de tres años en un operativo que incluyó más de 20 allanamientos en los que secuestraron 30 armas, 500 kilos de marihuana y diez mil envoltorios de cocaína y paco.

Tanto Marcos y Ruti compartieron pabelló en 2004 en Devoto, en una causa por venta de drogas. Eran amigos. Pero la ambición los llevaron a pelear a muerte por el control narco en las villas 1-11-14 y la villa 31. La enemistad es irreversible: Ruti jamás le perdonará a Marcos lo que considera su peor acto: haberle mandado a matar a su hermano Meteoro. “Lo acribillaron, le decíamos así por el dibujito animado. El manejaba mal, pero era un trabajador”, le dijo Ruti a uno de los investigadores, que lo interrogó por ese caso.

Meteoro, hombre de pocas palabras

En marzo de 2006, el autor de esta nota tuvo un encuentro con el hermano de Ruti, el principal acusado de la masacre, en el estudio de su abogado. Se trataba de Esidio Teobaldo Ramos Mariños, de 46 años, alias Meteoro. Lo que se sabía de él era poco. Sus presuntos vínculos con Sendero Luminoso, su sociedad delictiva con su hermano y su nunca probada particupación en la masacre de la procesión. Lo primero que surgió de su prontuario fue un pedido de captura por terrorismo. Y un un informe que la Unidad Antiterrorista de La Policía Federal envió en 2001 a Interpol después de que la Justicia ordenara detener a Meteoro.

“Tiene piel trigueña, ojos pardos, cabellos lacios negros, nariz recta, frente amplia, labios medianos, cejas semipobladas. Cicatriz en el pómulo izquierdo de ocho centímetros, otra en la ceja del ojo izquierdo de tres centímetros, una a la altura de la axila izquierda de ocho centímetros. Dos tatuajes en el pómulo derecho (lunares). Otro tatuaje con el rostro de una mujer con la leyenda 'Dios y mi madre' (en el antebrazo derecho) y otro en la mano derecha con sus iniciales E.T”.

La idea era entrevistarlo por la masacre, pero la charla fue tan intrascendente que nunca se publicó. Porque el hombre, que medía poco menos que un metro sesenta y no inspiraba temor, era de pocas palabras y negaba todas las acusaciones. Entre ellas, haber sido cómplice de la masacre y su pasado con Sendero Luminoso.

-No soy sicario ni lugarteniente de nadie. Dicen mentiras.

-Para los investigadores usted fue parte del plan asesino.

-Es falso.

-¿También niega haber puesto bombas como terrorista?

-Los que dicen mienten.

-¿A qué se dedica?

-Soy zapatero y vendo ropa.

-¿Conoció a Marcos?

-Estuve preso por él, pero por indocumentados.

-La Justicia habla de venta de drogas.

Meteoro hizo silencio y su abogado dio por terminada la escueta nota.

La charla era casi imposible. Y en ese momento, no hubiese sido la primera vez, existía la posibilidad de que el hombre fuera inocente sus tareas fueran las de un fabricante de zapatos.

Pero el 6 de abril, a menos de un mes de ese encuentro fallido, Meteoro fue asesinado a balazos en la villa 31 bis. De acuerdo con una crónica de Cristian Alarcón, lo mataron en dos “batallas” que duraron dos noches y su cuerpo fue retirado y tapado con sábanas para ser velado en la calle, en una zona lejana al fuego enemigo.

Uno de los sicarios de esa masacre, cuyo nombre se mantiene en reserva por cuestiones legales, es considerado un tipo pesado aun por los tipos pesados. Un ex ladrón de bancos que se cruzó con él en la cárcel de Devoto, lo define en cinco palabras:

-Era respetuoso, pero muy asesino.

-¿Usted llegó a hablar con él?

-Muy poco. Era solitario y callado. Actuaba a sangre fría. Me prestaba películas, todas de tiros, por supuesto, y compartía pabellón con otro narco picante, de San Martín. No se dirigían la palabra.

-¿Por una cuestión de rivalidad?

-No. Porque este hombre es así. Después de la matanza del Señor de los Milagros se fugó, y volvió al país. Tiene muchas boletas. Mata por nada. Traía gente de Perú o Bolivia como mulas, después los descartaba, les sacaba las tizas y los mataba. Los quemaba y los tiraba al tacho de basura.

-¿A usted lo respetaba?

-Si. Una vez cayó un familiar suyo, más joven. Y me mandó a decir: cuidá a los míos.

Infobae también habló con la ex novia del hijo del poderoso narco. Salieron dos años. Ella lo conoció en un boliche llamado “Incógnito”, casi inaccesible, donde se solían reunir sicarios, transas, y también personas de barrio que nunca empuñaron un arma ni delinquieron.

-El bar era muy peligroso. Otro era el Cuervo. Yo me fui del barrio. Y creo que esos lugares fueron demolidos o convertidos en kioscos por la Justicia.

-¿Qué puede decir de su relación con el hijo del narco?

-Nos conocimos y no sabía quién era. Se hacía llamar Hércules. Una vez se enojó y me llevó a un galpón, me amenazó con un arma para que tuviera sexo con él ahí. Había droga por todos lados. Al final se arrepintió y me pidió perdón. Le conté al padre y le dio una paliza.

-¿Qué sabe de él?

-Lo mataron. Es lo único que sé. No volví a la villa. Sé que lo velaron en la calle. Y que la droga se siguió vendiendo. Los narcos les compraban remises a los transas para que la repartieran. Ahora el barrio está custodiado por Gendarmería, pero hay calles por las que no se puede pasar porque son de los narcos. Una de ellas tiene una figura de San La Muerte pintada en el muro. Tengo amigas y familiares en el barrio. Más allá de la custodia de Gendarmería, se ven a los dealers. Hay autos abandonados con paqueros durmiendo adentro, otros agarran mazas y rompen autorpartes para encontrar bronce y cambiarlo por droga. Se dice que los jefes narcos peruanos siguen teniendo a su gente. Pero hay un argentino que está empezando a tomar el control.

El 29 de este mes, como todos los años, volvió a hacerse la procesión, pero por otro recorrido, como si los feligreses no hubiese querido pasar por donde pisaron aquel día sangriento. Esta vez todo terminó en paz. Los mismos vecinos custodiaron a la gente y desde un puesto un gendarme vigiló el recorrido. Esta vez no hubo balas, ni corridas ni muertes. Los fieles volvieron a pedir milagros, recordaron a las víctimas y luego cada uno fue a su casa. Como si Marco y Ruti nunca hubiesen existido, o fueran dos fantasmas que nadie quiere invocar.
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