Al Presidente no le alcanzó la remontada final porque perdió los votos decisivos en el Gran Buenos Aires.

 

Fernando Gonzalez
Mauricio Macri, este domingo, hablando con el presidente electo Alberto Fernández, en una imagen tomada por el jefe de Gabinete, Marcos Peña.
Al contrario de los terremotos y los tsunamis, que pueden anticipar los caballos o los pájaros pero jamás los seres humanos, siempre se está a tiempo de advertir el advenimiento de las tragedias políticas. Esas pequeñas señales nunca fueron escuchadas por Mauricio Macri, quien en octubre de 2017 derrotó por segunda vez al kirchnerismo y creyó que su destino electoral estaba marcado para siempre por las cartas del triunfo. Apenas dos años después, el Presidente tendrá que administrar con extrema generosidad sus próximas decisiones para atravesar otro dramático período de transición y entregarle los atributos del poder a su sucesor, Alberto Fernández. Una recompensa que no pudieron tener Raúl Alfonsín ni Fernando de la Rúa, por carencias propias, y a la que se negó Cristina Kirchner, por los egoísmos incomprensibles del país adolescente.

Los dos compañeros de ruta más importantes de Macri, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal, se lo advirtieron en dos oportunidades. La primera fue aquel domingo 2 de setiembre de 2018. La economía llevaba cuatro meses de derrumbe por la devaluación de abril y el Presidente evaluaba en la Quinta de Olivos un cambio de gabinete que le diera oxígeno y convirtiera a Cambiemos en una coalición de gobierno más homogénea que el frente electoral exitoso que había sido hasta ese momento.

Ernesto Sanz pudo ser ministro del Interior. Martín Lousteau pudo ser ministro de Educación y Alfonso Prat Gay pudo ser canciller. Todos estaban dispuestos a sumarse pero nada de aquello sucedió, simplemente, porque Macri no actuó personalmente en la construcción de un nuevo gobierno. El encargado de hacer las ofertas siempre fue el Jefe de Gabinete, Marcos Peña, lo que debilitó la convicción de los candidatos. Por eso no hubo ningún cambio. Apenas la degradación de una decena de ministerios a secretarías. Y la continuidad de todos los funcionarios. Aquel domingo, el Presidente prefirió mirar, en sus habitaciones, el triunfo cómodo de Boca Juniors ante Vélez Sarsfield por tres a cero.

La siguiente oportunidad surgió en el comienzo de este año. Macri veraneaba en Villa La Angostura y la dupla Larreta-Vidal volvió a insistir con hacer cambios profundos. Las negociaciones con Sergio Massa naufragaban por las desconfianzas que nunca tuvieron punto de retorno y los socios fundadores del PRO traían una nueva propuesta. Promover la candidatura presidencial de Daniel Scioli y la de Sergio Berni a gobernador. Los dos podrían llevarse una porción del electorado nacional y del bonaerense para evitar el choque directo contra un peronismo reunificado. La respuesta del Presidente fue la misma de siempre. “Solos, les vamos a ganar a todos”.

La política contra fáctica no permite saber si esas decisiones hubieran cambiado el destino de Macri. Lo que sí se sabe es que, con las decisiones que tomó el Presidente, el círculo de sus colaboradores de confianza se fue cerrando y comenzó el tiempo de las derrotas. Una palabra que hasta entonces no se pronunciaba en el PRO ni en el Frente Cambiemos. El dogma de aquel grupo de dirigentes que desplazó al kirchnerismo del poder eran los conceptos positivistas al ritmo de las canciones de Tan Biónica. El futuro era inconmensurable y la parafernalia no permitía escuchar las voces de la autocrítica. Ni la de los amigos como Rodríguez Larreta ni la de Vidal. Ni la de los radicales como Sanz o la de Alfredo Cornejo. Y mucho menos las voces de Emilio Monzó o de Rogelio Frigerio. Como sucede en los grupos que comienzan a asfixiarse, las advertencias eran demonizadas como si cada una de ellas fuera simplemente una traición.

El ánimo conspirativo creció con las adversidades. Las devaluaciones cada vez más frecuentes y el fantasma de la inflación fueron mellando el espíritu de superioridad. Ese fue el aceite que cubrió el último de los intentos para revertir el camino en declive que conducía a la derrota. Y, otra vez, las miradas se posaron sobre Vidal, la gobernadora que conservaba la mejor imagen en todas las encuestas nacionales y podía convertirse en la válvula de oxígeno que pusiera a salvo el sistema. Un pequeño grupo de empresarios, todos amigos entrañables de Macri, empezaron a promover lo que en secreto llamaban el “Plan V”. Una martingala electoral en la que Mauricio debería hacer un renunciamiento público a su reelección y María Eugenia reemplazarlo como la candidata presidencial del nuevo cambio. Joven, mujer de clase media, separada y luchadora, sin cuentas en el exterior ni acciones empresarias fisgoneadas por los Panama Papers. La propuesta tuvo su cénit en abril de este año, cuando el dólar empezaba a escaparse sin remedio de las redes ineficaces del Banco Central.

El rayo macrista cayó sobre el Plan V y lo inutilizó de un solo golpe. Lo mismo que al breve intento de desdoblar la elección bonaerense. Marcos Peña fue al artífice de la apuesta a todo o nada a la figura del Presidente. En esa tarea lo acompañó Elisa Carrió, quien aceptó entusiasmada la apertura de la temporada de caza de traidores. Y la elección del senador peronista Miguel Angel Pichetto como compañero de fórmula de Macri terminó por inaugurar una nueva y efímera mesa chica que se redujo a ellos cuatro. Se observó especialmente en los escenarios de las treinta marchas bullangueras del #SiSePuede. Allí arriba siempre estuvieron como elenco permanente con la presencia innovadora e inesperada de la elegante Juliana Awada.

El ultramacrismo se cerró más que nunca y fue ampliando el número de quienes pasó a considerar sus nuevos enemigos. El Círculo Rojo, la bestia preferida de Jaime Durán Barba, con empresarios que eran aliados y fueron a visitar sin inmutarse las oficinas de Alberto Fernández. Los jueces, algunos de cuyos fallos comenzaron a complicar al Gobierno. Macri también empezó a sentir el impacto de la adversidad ante la opinión pública. La seguidilla de noticias negativas en la prensa hizo que algunos de sus colaboradores le adjudicaran al periodismo los males de una gestión que venía cuesta abajo.

La paradoja del encapsulamiento de Macri fue la apertura de Cristina. La ex presidenta, quien había facilitado la llegada de Cambiemos al poder limitando sus alianzas a los incondicionales como Aníbal Fernández o Carlos Zannini, puso en marcha su mutación política en la mañana del sábado 18 de mayo. Subió un video a YouTube y le anunció a la Argentina que el candidato a presidente del peronismo sería Alberto Fernández, el dirigente que había dejado su gobierno una década antes y el que más duro la había criticado al punto de acusarla públicamente de “instigadora” del Pacto con Irán.

Pero allí no se detuvo el espíritu aliancista de Cristina. Pocas semanas después capturó a Sergio Massa, el mismo que también había abandonado el kirchnerismo para fundar un frente renovador que la venció en la elección legislativa de 2013. En cada aparición pública se advierte la antinomia de piel que aleja a la ex presidenta del ex renovador. Pero si algo demostró la elección del domingo es que los muchos o pocos votos que tenía Massa fortalecieron al Frente de Todos en la misma medida que debilitaban al oficialismo que se pasó a llamar Juntos por el Cambio.

Macri no advirtió el terremoto que se avecinaba hasta que el peronismo unificado por Cristina lo apabulló en las PASO. Recién entonces comprendió que el derrumbe de la economía y sus decisiones equivocadas le abrían las puertas de la Casa Rosada a los Fernández. Allí surgió el intento de resurrección. El cambio del tecnócrata Nicolás Dujovne por el híper realista Hernán Lacunza. Los controles de cambio. La quita de impuestos para combatir la recesión en los alimentos y las marchas por todo el país. Durán Barba perdía protagonismo y la política dejaba de ser una mala palabra. Pero ya era tarde. El repunte del Presidente en la elección general no le alcanzó para evitar la derrota. De los dos millones de votos que le sacó de ventaja Alberto Fernández, un millón y medio los perdió en el Gran Buenos Aires. Allí se fueron los votos que tenía Massa; los que le sacó su amigo, José Luis Gómez Centurión; y las chances de que Vidal pudiera ser reelecta en la gobernación bonaerense.

A Macri le queda el consuelo de la remontada final. Sacó más votos que Eduardo Angeloz en 1989 y va camino a terminar en mejores condiciones que la de los finales caóticos de Alfonsín y De la Rúa. Pero ninguno de ellos pudo recuperarse para volver al primer plano de la escena política. A ese dilema se enfrenta el Presidente. Al de mantener el liderazgo desde afuera del poder. Un desafío al que recién podrá dedicarse cuando pasen los próximos cuarenta días que le quedan en el cargo. Un abismo al que no se le conoce aún su verdadera profundidad.
CLARIN


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