Todos los seres humanos, sin ser necesariamente conscientes de ello, nos movemos en base a una serie de supuestos sobre cómo funciona el mundo que nos rodea.


Por Ernesto Tenembaum
Los ojos mandan señales al cerebro que ordena arriba lo que está arriba, abajo lo que está abajo, y lo mismo a derecha y a izquierda. Eso nos permite, por ejemplo, movernos sin chocar con todo o no caer por las escaleras. Hay una afección que se llama laberintitis, que desordena todo eso. Un pequeño pero certero golpe cerca del oído puede causar que, en cuestión de minutos, todas esas referencias se pierdan y al afectado solo le quede el recurso de gatear hasta una cama o quedarse quieto mientras todo gira alrededor. El mundo da vueltas. Es aterrador. Por suerte, también es curable.

Mauricio Macri sufrió en este último año y medio algo parecido a una laberintitis. No es solo que se le desbarrancó la economía y recibió una derrota tremenda en las primarias. Es algo más profundo. Él pensaba que el mundo funcionaba de una manera, que la economía se regía por ciertas reglas, que podía confiar en la inteligencia y la sabiduría de algunas personas y en otras no, que la sociedad, pese a todo, lo acompañaba. De repente, en pocos meses, todos los parámetros, los supuestos que lo guiaban en su vida, se derrumbaron. Arriba no era arriba, abajo no era abajo, ni la derecha ni la izquierda estaban donde él creía. ¿Cómo se recompone alguien en ese contexto? ¿Qué sale de esa situación dónde todo da vueltas sin ton ni son? Las respuestas a estas preguntas, en el caso de Macri, se están viendo en estos días: aparece alguien distinto.

Una pequeña anécdota tal vez sirva para entender el proceso que sufrió este hombre. En febrero de 2017, su Gobierno atravesaba una de sus múltiples crisis, desatada en ese caso por la denuncia de un acuerdo espurio con la empresa familiar propietaria del Correo y por el golpe al consumo que había significado la eliminación del plan Ahora 12. Macri recibió a un grupo de periodistas con despreocupación. “Hoy no se ve en las encuestas. Pero la gente le tiene tanta bronca a Cristina que en octubre nos va a votar a nosotros. Para entonces, gran parte del ajuste va a estar hecho. Cada año, entonces, habrá un poco menos de ajuste, un poco menos de inflación y un poco más de crecimiento. Este es el segundo peor año de mi gobierno y terminará con un triunfo. Después todo será más fácil”. En octubre de 2017, todo parecía confirmar sus pronósticos. No habría 2019 para el peronismo. Arriba estaba arriba, abajo estaba abajo, era fácil moverse.

El primer golpe ocurrió en abril de 2018, cuando se produjo el sudden stop que describió en su momento Guillermo Calvo. Hasta ahí, Macri seguía una ruta sencilla. Nicolás Dujovne le explicaba que si se ajustaba tanto por año, cada vez sería necesario menos deuda hasta que la economía despegue de verdad. Pero los acreedores huyeron despavoridos. La idea de que Macri generaba confianza se evaporó de un día al otro. Sucedía todo lo contrario. La Argentina de Macri había pasado a ser el país menos confiable del mundo.

Los mejores economistas argentinos, cuando pasa algo así, saben que hay un menú de herramientas que pueden utilizar ante la emergencia, para salvar la gangrena: control de cambios, acuerdo de precios, reperfilamiento de deuda, aumento de retenciones.

Pero eso hubiera sido registrar que los parámetros habían cambiado, Macri, tras el primer golpe, prefirió aferrarse a los criterios que no funcionaron. Esa demora de adaptación provocó que el Presidente se arrastrara semana a semana, mes a mes, hacia un final que fue terrible, para él y para mucha gente más.

El 11 de agosto, Macri recibió un segundo golpazo cerca del oído: se enteró de que la sociedad lo rechazaba. La idea de que, pese a todo lo que había pasado, tenía alguna chance, se evaporó. Sus economistas de confianza no sabían un pepino. Las mejores encuestadoras no pudieron percibir lo que ocurría. Y así las cosas, el 12 de agosto, Mauricio Macri dio un discurso alucinado, donde la culpa de todo la tenían los votantes que no lo elegía. Era un hombre confundido, caminando hacia un desastre peor aun que el que estaba viviendo y arrastrando, una vez más al país con él.

¿Qué hacer? ¿En quien confiar? Todo lo que él creía que servía -desde Federico Sturzenegger hasta Jaime Durán Barba- había sido un espejismo.

De esos golpes surgió otro Macri, enérgico, explosivo, por momentos audaz, por momentos bizarro. Uno de los elementos más llamativos de esa metamorfosis son las referencias religiosas. El Presidente ahora invoca a Dios a cada paso y a los gritos. La escena con reminiscencias papales del beso en el pie de una señora en Tucumán es la más contundente: solo los fans pueden evitar preguntarse si ese episodio no revela un problema. Macri recorre el país besando pañuelos celestes, y gritando el nombre de Dios allí donde va. Con Dios a todos lados, dice. Las decenas de miles de personas que lo reciben en cada lado deliran de emoción. Es difícil recordar desde 1983 un candidato a presidente con tantas apelaciones metafísicas.

El segundo elemento es que el mensaje se volvió más extremo. La frase de Axel Kicillof sobre que algunos jóvenes ingresan al narcotráfico como consecuencia de la situación social puede ser discutible, inoportuna, poco atinada. Pero como contraparte, el candidato a vicepresidente de Macri proponé “explotar por el aire” los barrios donde se venden droga. Macri respalda a Pichetto, cuando grita, a cada paso: “¡¡¡No queremos droga!!! ¡¡¡No queremos la droga en nuestras familias!!!”. A todo este menjunje se le agrega un componente anticomunista con terminología pre caída del muro de Berlín, cuando integrantes de su equipo denuncian la existencia de agentes cubanos y venezolanos en el Frente de Todos, sin datos que lo fundamenten, o cuando algún otro recuerda el pasado comunista de sus contrincantes.

Y todo eso sucede en una caravana de actos notables, especialmente por la cantidad de gente que concurre, en un contexto económico tan malo.

Macri llegó al poder porque logró convencer a un sector importante de la sociedad de que era diferente a los líderes de centro derecha que lo precedieron: él no eliminaría la Asignación por Hijo, apoyaría la unión civil como paso previo al matrimonio igualitario, impulsaría el debate sobre el aborto sin incidir en él, no liberaría a los militares detenidos por violaciones a los derechos humanos. La manera en que llegó al poder fue un aporte para la democracia argentina: un sector de centro derecha moderado, por las buenas maneras, accedía a la Casa Rosada por primera vez. Los sucesivos golpe que recibió, la manera en que eso cambió sus parámetros, lo alejan paulatinamente del Macri triunfador del 2015 y alumbran, de a poco, a otro Macri que incorpora rasgos de otros líderes de la región con los que alineó su política exterior: Donald Trump, Jair Bolsonaro. No ha sido, por suerte, como ellos, pero algo de ellos empieza a atraerlo.

Lo curioso es que, todo esto, algún resultado le está dando. Muchos analistas se sorprenden por la conmoción que genera Cristina Kirchner allí donde aparece. Con Macri ha comenzado a suceder lo mismo. Son miles y miles los que lo rodean en cada lugar. El 9 de diciembre de 2015, Cristina convocó a una multitud para despedirse en Plaza de Mayo. Fue una plaza de la derrota. Pero también una afirmación de identidad, una demostración de que no sería fácil derrotarla. ¿No hay algo parecido en las plazas de Macri que, seguramente, terminarán con una concentración impresionante en la 9 de julio? ¿No hay allí una identidad, un componente de la sociedad argentina que permanecerá fuera del poder a partir del 10 de diciembre, pero no necesariamente fuera del horizonte?

En cualquier caso, un boxeador aturdido por dos sucesivos golpes, deambula, aun sobre sus pies, en el ring. Está a punto de recibir otro golpe. Él lo sabe. Espera desesperado el final del ultimo round: perder por puntos a esta altura no sería tan grave. Tal vez sea Al Pacino en la última escena de Scarface: “Vengan por mí. ¡Soy Dios!”. Quizás esté gateando hacia un lugar seguro. O, quién dice, su vínculo con Dios provoque una resurrección, y, en poco tiempo, suceda que sus fieles lo lleven en andas, de nuevo, hacia lo más alto. La resurrección no es un hecho muy habitual, pero tampoco sería la primera vez que ocurre semejante milagro en la historia humana.
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