No hay día más propicio que el 12 de Octubre para reflexionar sobre la relevancia del desarrollo de la Cultura en el acontecer de los pueblos y en su destino.


Por Ricardo Mario Romano
Las naciones se gestan por un proceso histórico continuo de asimilación y síntesis de las características humanas universales de las culturas, con las características particulares y subjetivas de cada pueblo. Nuestra identidad cultural nacional se ha desarrollado sobre los cimientos de la universalidad cultural de la Hispanidad.

Si queremos ser Nación, nos corresponde ser plenamente conscientes de la dimensión jerárquica que implica semejante herencia. ¿Qué mayor proceso civilizatorio-cultural puede pensarse que el de la conquista evangelizadora española? De allí que en 1917 el presidente Hipólito Yrigoyen instituía en nuestro país al 12 de Octubre como “Día de la Raza”, en sintonía con la conmemoración de la paradigmática gesta por parte del resto de la comunidad iberoamericana e incluso de la estadounidense (donde se la evoca como Día de Colón).

En ese sentido, es incomprensible otra conducta que no sea de gratitud por parte de los legatarios de la mayor riqueza cultural que conoce la humanidad: las más altas virtudes del Espíritu contenidas en la sabiduría universal greco-romana y el humanismo cristiano trascendente. Por ello, el 12 de octubre de 1947, el presidente Juan Domingo Perón afirmaba -homenajeando a la figura de Miguel de Cervantes y al Hispanismo católico- que para los hispanoamericanos “la raza es una cuestión puramente espiritual.”

Los valores espirituales son la matriz principal necesaria para el desarrollo cultural de nuestro (y de todo) pueblo. Es entonces en el seno de nuestro espíritu hispanoamericano donde reside la identidad cultural de la Nación Argentina y, con ella, el faro para alcanzar la grandeza que tan noble estirpe proporciona.

Por todo lo dicho, es casi inevitable preguntarse ¿qué tiene que ver la magnitud de aquella epopeya, la majestuosidad hispano-católica y sus elevados valores, con la inmediatez catastrófica de hambre, desigualdad, pobreza, injusticia, violencia y anomia que hace muchos años se cobra tantos sueños, proyectos, vidas y desgarra incesantemente nuestra comunidad nacional?

El paulatino pero permanente desarraigo de la solidaridad, en los términos de la visión cristiana del amor comunitario, como valor madre de la realidad colectiva; la adopción del individualismo amoral en reemplazo de una cosmovisión civilizatoria cuyo epicentro es la tutela exclusiva de la dignidad, como dimensión universal de la especie; y la cultura del entretenimiento anestésico que desplazó la idea del deber humano de solidaridad frente a la realidad sufriente del prójimo son verdaderamente las causas más profundas y significativas de la fragmentación destructiva de nuestra sociedad y de la pérdida de un rumbo de realización trascendente. Ambición, por otro lado, irrenunciable de todo espíritu robustecido por una Fe vivificante.

Poca o nula relevancia tiene cualquier desarrollo institucional frente a semejante atrofia espiritual y, en consecuencia, de la conciencia moral de quienes estarán al frente de su administración. ¿Qué heroísmo o abnegación patriótica puede esperarse de una cultura política signada por tamaño minimalismo existencial?

En nuestro país, es permanente la disputa entre el alma argentina que puja por expresar su identidad cultural fundante y la negación de ese Ser argentino, propugnada por fuerzas ideológicas deshumanizantes transnacionales, a través de la contumaz inconsciencia de quienes mansamente se hacen eco de estas perversas intenciones.

Fiel reflejo de esas desviaciones son iniciativas como la sustitución del “Día de la Raza” por el de “Día del respeto a la diversidad cultural” -diversidad que es el disfraz políticamente correcto de la fragmentación y la “guetoización” de una sociedad-, la remoción de monumentos históricos que representan aquella gloriosa herencia y el desdén simbólico hacia los fundadores de nuestra Patria.

En vista de este presente nacional cada vez más alejado de sus raíces; en ausencia de una visión estratégica y significativa de Nación, y en momentos en que el relativismo inconducente pareciera haber tomado el control de todo, resulta impostergable la recuperación de nuestra identidad cultural nacional y su transmisión generacional.

Aportan una inapreciable luz los siguientes fragmentos de la disertación de Juan Domingo Perón al recibir un doctorado “Honoris Causa” de las universidades argentinas por su “obra a favor de la cultura nacional”, el 14 de noviembre de 1947.

Cultura, educación y conciencia nacional

“(…) la cultura se forma por tradición y por enseñanza, y se conserva en bibliotecas, museos y archivos, perfeccionándose por la conjunción de sus factores integrantes, a saber: el hombre en su afán de superación; la sociedad en su progreso evolutivo nacional y el Estado como expresión de sus componentes y en cumplimiento de su irrenunciable misión educadora.

En la Universidad se ha de afirmar una conciencia nacional histórica. No ha de haber lagunas entre los albores de nuestra personalidad política independiente y la historia que arranca hace más de tres milenios (...).

Las formas de organización de la sociedad, las matemáticas, la medicina, la arquitectura, la escultura, la poesía y el derecho existían ya creados y en sus distintas formas lo aprovecharon los griegos pero transformando radicalmente sus conceptos, por su pasión por los principios de medida y perfección.

Sintetiza un autor el genio griego con la siguiente relación: En el templo de Apolo en Delfos aparecían en su pórtico máximas como ésta: «Nada con exceso. La medida ante todo.» (…) En los días de la madurez del genio griego esta comprensión de la vida obtendrá diversas formulaciones: una en la filosofía; otra en la política; las restantes en el arte. Todas ellas nos darán el sentido del equilibrio, la fórmula mágica del arte de conducir hombres y gobernar pueblos.

Los valiosos elementos que integraban la cultura griega fueron después captados por el pueblo romano. Roma añadió un sentido que debía ser el que facilitara materialmente la comprensión y adopción de los principios filosóficos griegos y la propagación y extensión del Cristianismo; y con él, la desaparición de los mitos panteístas. Me refiero al sentido del Imperio y al concepto del Derecho que, juntamente con la extensión en el mundo civilizado de la lengua del Lacio, fue la base determinante de nuestra Civilización. (...)

Roma permitió, además, que su codiciada colonia, la Península Ibérica, se compenetrara tan hondamente con la Ciudad Madre, que no sólo le proporcionara grandes escritores y filósofos sino que también le diera emperadores. Los godos, los dominadores que siguieron a los romanos, una vez convertidos al Cristianismo asimilaron la cultura romana que hallaron en España, y, por el uso del latín, dieron lugar al nacimiento de las lenguas romances y, con ellas, al idioma que hablamos en tierras de Hispanidad. Y cuando Alfonso el Sabio quiso codificar el Derecho Ibérico dio forma al Derecho Romano, base de los primeros cuerpos legales que fueron estudiados y aplicados en nuestra América.

En ese estado del mundo surge otro acontecimiento trascendental con sabor de epopeya y figuras de leyenda. Unos hombres que pueden compararse a los héroes de la mitología llegan a las ‘islas y tierra firme de las Indias’. Letrados unos, analfabetos los más, clérigos otros, pero todos impregnados de esa cultura milenaria cuya formación tan esquemáticamente vengo relatando. Y esos hombres van sembrando con su fe, su lengua y su sangre, semillas de esa cultura cuya posesión muchos ignoraban. (...) Así, en el folklore del Norte Argentino, en lengua aborigen se cantan interpretadas con forma singular, antiguas leyendas medievales europeas, y un buen día, un feliz día, un soberano que vive en otro continente crea una Universidad en Córdoba del Tucumán a imagen y semejanza de la de Salamanca. Y así se realiza el milagro que nos hace legatarios de la cultura clásica.

(…) he de afirmar con tristeza que buena parte del gran legado cultural que recibimos de España la hemos olvidado o la hemos trocado por advenedizos escarceos introducidos a la par por los potentados que dilapidaban sus fortunas en ciudades alegres y cosmopolitas y regresaban cantando loas a su propia disipación, y por los vencidos de los bajos fondos de cualquier parte del mundo, que llegados a nuestras playas y a fuerza del número y por obra del contacto directo y constante con nuestro pueblo lograban infiltrarle un indefinible sentimiento de repudio de las manifestaciones espontáneas de todo lo tradicional hispano-criollo.(…) Así, la literatura, la ciencia, el derecho, la filosofía, el arte, han adquirido formas híbridas, difusas y apagadas; siendo cada día menor el sentido de grandeza y el afán ascensional que ha de animar a las verdaderas creaciones del espíritu para que alcancen realmente atributos de universalidad y perennidad.

La cultura de la raza latina en América, a pesar del sello auténticamente español, alcanzó jerarquía universal y sabor de eternidad porque supo fundir el alma peninsular en los viejos moldes del clasicismo greco-latino.

(...) España supo libar las esencias de la antigüedad y construir monumentos imperecederos que han sido el germen de las culturas de nuestro continente."

Perón concluía expresando su anhelo de que “la riqueza espiritual que, con la Cruz y la Espada, España nos legó, (…) despierte la vacilante fe de los tibios y semidormidos pueblos”. “España, Madre Nuestra -decía-, somos tus Hijos del claro nombre; somos argentinos, de la tierra con tintineos de plata (...) Precisamente porque somos hijos tuyos sabemos que nosotros somos nosotros. Por esto, sobre lo mucho que tú nos legaste, hemos puesto nuestra voluntad de seguir hacia arriba hasta escalar nuevas cumbres y conquistar nuevos laureles que se sumen a los ya eternos que supimos conseguir (…) Nosotros, los argentinos, tus hijos predilectos, hemos labrado en el frontispicio de nuestras Universidades (una) una leyenda que dice: No se pondrá jamás el sol de nuestra cultura hispánica.”
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