Considerado como “el mejor maestro de España”, el pedagogo y escritor visitó Buenos Aires para hablar de sus dos libros de ensayos, “La nueva educación” y “La emoción de aprender” (publicados por Plaza & Janés), en los que, a partir de experiencias propias, propone reformular la educación a partir de una vuelta a las fuentes: con escucha, atención y empatía.


Por Patricio Zunini

¿Qué tan ridículo puede sentirse un hombre grande que no sabe bailar delante de un grupo de chicos que le enseñan y lo retan y se ríen? Dicen que el español César Bona —Zaragoza, 1972— empezó a trabajar con "chicos problema", que, con 10 años, no sabían leer ni escribir y tenían un alto índice de ausentismo. Y, en lugar de amonestarlos por los magros desempeños, les mostró que ellos también podían ser expertos y él un aprendiz.

Dicen que después de aquella experiencia, le tocó dar clases en una escuela rural en la que había seis chicos que no se hablaban entre sí. Otra solución creativa: pensó hacer una obra de teatro y consiguió que desde la escritura conjunta los chicos abrieran sus emociones.

César Bona es maestro; uno de los buenos. Fue finalista del Global Teacher Prize —una suerte de "Nobel de la educación"— y jurado del premio Princesa de Asturias en la categoría Comunicación y Humanidades. Por estos días visita Buenos Aires para presentar su nuevo ensayo, La emoción de aprender. Con el marco del 11 de septiembre, día del maestro en la Argentina, habló con Grandes Libros de los desafíos a los que se enfrenta la educación en la actualidad.

—¿Cuál es la función de la escuela hoy?

—Cuando hablo con la gente me gusta empezar con la pregunta: "¿Para qué te gustaría que tus hijos fueran a la escuela?" Normalmente, primero dicen: "Para aprender". Pero aprender qué. La escuela debería dar las herramientas para relacionarnos con nosotros mismos, con las personas que nos rodean y con el mundo en que vivimos. La escuela no puede ser una burbuja. Se dice mucho que estamos educando a niños y niñas para profesiones que todavía no existen. Me niego a pensar que estamos educando a seres empleables. Educamos personas íntegras y ayudamos —o deberíamos ayudar— a las familias a educar a sus hijos. De todos modos podemos pensar qué es lo que más demandan las empresas: gente que sepa relacionarse con otros, con inteligencia emocional, con la creatividad suficiente para resolver problemas. Entonces, eso es algo que también debería estar en las escuelas. Al final, lo más importante son las relaciones humanas.

—¿La escuela siempre persigue desde atrás a los cambios o puede marcar tendencia?

—Es una paradoja. Todo evoluciona a un ritmo vertiginoso: la tecnología, la medicina, las comunicaciones. Y a la educación parece que siempre le cuesta cualquier cambio. Hay que preguntarse por qué. En la educación estamos educando a niños y niñas para un mundo en continuo cambio. Por eso precisamente nosotros, los docentes, tendríamos que ser los primeros preparados para ese cambio.

Me niego a pensar que estamos educando a seres empleables

—¿Cómo se hace para que la escuela te deje en un estado de apertura al cambios y a la curiosidad?

—El verbo más importante en educación es escuchar. Ya lo decía Sócrates a sus pupilos: habla para que te conozca. Pero qué ha pasado muchas veces en educación: que los niños y las niñas entran al aula y están educados para responder lo que ellos creen que tú estás pidiendo. Falta educar en la toma de decisiones, falta educar en la gestión del error. El error es algo muy mal pagado en educación. Parece que ante una falla no hay marcha atrás. Y, sin embargo, siempre se aprende de los errores.

—¿Cómo se mantiene el vínculo entre maestro y alumno con todas las tensiones externas como bajos sueldos, prejuicios, malas condiciones edilicias, etc.?

—Hay expresiones que se repiten tanto que parecería que se convierte en una verdad. Esa expresión de que los docentes trabajan poco o que tienen muchas vacaciones es una falacia. Siempre estamos pensando qué vamos a hacer para mejorar el aprendizaje de niños y niñas. Por eso tenemos que reflexionar y valorar la educación: si echas la vista atrás y piensas en las personas que te marcaron, probablemente haya un maestro o una maestra. Es verdad que muchas veces las condiciones no favorecen el trabajo del docente, pero hay que tener mucha confianza en un trabajo. La docencia tendría que ser la profesión más valorada.

—En tus libros La nueva educación y La emoción de aprender se hace mucho hincapié en la relación personal, ¿pero qué lugar ocupa la tecnología en la escuela?

—Se le da mucha importancia a las relaciones personales porque es lo básico. La tecnología ha de ser una herramienta para mejorar la vida de las personas. El hecho de que un niño o una niña nazcan ahora mismo y se los considere como "nativos digitales" no significa que dominen la tecnología. Quién está ahí para enseñarles un uso ético y responsable de la tecnología: los maestros, los padres. Tenemos que ponernos las pilas.

—En una respuesta anterior hablabas de la importancia de "escuchar". Creo que en los libros subyace una idea que tiene que ver con la mirada. ¿Qué importancia tiene la mirada del docente?

—En un mundo tan intenso en el que vivimos, en el que pesan tantos los temarios, el estrés, la mirada del docente debe ser calma. Tenemos que encontrar esa calma para mirar a los niños sin prejuicios y buscando lo bueno. Todos tenemos algo malo y algo bueno.

El hecho de que a un niño o una niña se los considere como “nativos digitales” no significa que dominen la tecnología.

—En el libro también hay casos de aulas integradas: ¿cómo se abordan de frente, sin faltar el respeto ni caer en eufemismos, ciertas enfermedades o síndromes madurativos?

—Con algo que tienen los niños y no sé por qué los adultos lo perdemos: que la naturalidad. Pueden que los niños vean las diferencias, pero, a no ser que vengan con prejuicios, las toman como algo natural. Cualquier persona que te encuentres en la vida puede enseñarte algo. Lo ideal sería que pudiéramos transmitirle eso a niños y niñas. Da igual la cultura, el color de la piel o el origen: siempre puede enseñarte algo. Es un paso que te abre la puerta a las relaciones humanas, que es uno de los fines de la educación.

—El 11 de septiembre en la Argentina es el día del maestro. ¿Por qué vale la pena seguir estudiando el magisterio y el profesorado?

—Por que un país mejorará cuando le dé importancia a la educación. La sociedad que queramos está en las escuelas. Tenemos que valorar el trabajo en las escuelas. Los docentes somos líderes. Somos "real influencers". Yo creo que firmemente que la escuela no es el reflejo de la sociedad, pero que desde la escuela se puede cambiar la sociedad.
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