La estrategia electoral en medio de la crisis. Del ruido con la UCR y Pichetto a la rebelión de los intendentes. El juego de Alberto Fernández.

Santiago Fioriti

El jueves al mediodía, en el inicio de una charla con ochenta estudiantes de la Universidad Católica Argentina, Martín Lousteau propuso tres ejercicios: “¿Levante la mano el que cree que Argentina está mal? ¿Levante la mano el que cree que está mal hace mucho tiempo? ¿Levante la mano quién tiene ganas de irse a vivir a otro país?”. Las primeras dos reacciones eran más o menos esperables, pero la tercera resultó inquietante: quienes acompañaban al economista en la disertación no pudieron precisar si hubo algún alumno que no levantara el brazo.

Escena en el Conurbano profundo.

Días atrás, la secretaria de un ministro importante llamó a un intendente macrista que busca la reelección para ofrecerle hacer una “bajada” conjunta en una fábrica de su municipio. Proponía llevar la voz del Presidente y plantear algún tipo de ayuda o la posibilidad de un crédito blando o simplemente ponerse a disposición de la empresa como una forma de estar cerca en este momento de crisis. “No, gracias”, respondió el intendente. “Ahora es tarde”, pensó, sin llegar a decirlo.

En este contexto de extrema fragilidad, en el que acechan distintos fantasmas que se desprenden del rumbo de la economía, pero también otros que parten de la tropa propia que se rebela ante la adversidad, el Gobierno debate cuál debe ser el discurso en el camino hacia el 27 de octubre. El discurso y la estrategia electoral. Hoy solo hay aproximaciones. En el laboratorio de Marcos Peña y Jaime Durán Barba reconocen que antes de trazar cualquier borrador es necesario que se enfríe la fiebre por el dólar. Cuentan los días, pero el reloj avanza. Se ilusionan con que para el cierre de la próxima semana se haya dejado de hablar de los vaivenes de la moneda y que el riesgo país haya empezado a ceder.

Tampoco hay, todavía, un acuerdo del Ejecutivo nacional ni con Horacio Rodríguez Larreta ni con María Eugenia Vidal. Ni con sus socios de la Coalición Cívica de Elisa Carrió ni con la UCR. La disyuntiva es si Mauricio Macri debe elaborar un relato para la campaña y otro para la gestión o si ambos deben confluir. Esa disyuntiva viene de la mano de otras: qué decir y cómo decirlo y si los candidatos provinciales y municipales tienen que moverse en forma autónoma o incluso bien lejos del Presidente. Los intendentes bonaerenses, por caso.

Hay más interrogantes. ¿Podrá controlar el Gobierno, como sucedió en las primarias, que todos se sometan al mismo discurso? Parece improbable. La férrea disciplina que impuso el jefe de Gabinete hasta la noche del revés con Alberto Fernández ya no se percibe. Existe, por ejemplo, un clandestino y aceitado circuito entre los intendentes del Conurbano con posibilidades de retener el poder. Han decidido jugar por su cuenta. Visitan casa por casa a los electores que aún pueden captar y no tienen empacho en decirles que, si ya tienen decidido votar por la fórmula que apadrinó Cristina, les den una oportunidad a nivel local.

Ese fenómeno siempre estuvo latente porque la imagen presidencial se derrumbó especialmente en el Conurbano. Lo que es revelador es lo que empieza a ocurrir con Vidal. La amplia victoria de Axel Kicillof provoca que algunos ya estén pensando en despegarse de la gobernadora. “Vamos por la transversalidad del voto”, confiesa uno de los alcaldes de Juntos por el Cambio.

La situación en algunas zonas se agravó en las últimas semanas. Uno de esos intendentes acaba de recibir una encuesta en la que siete de cada diez personas de su distrito aseguran que están peor que hace dos años. En las oraciones de todos aparece Hernán Lacunza. No hay quien no le reconozca que llegó para hacer “una patriada”. De él, y de las maniobras del Banco Central depende buena parte de la fe oficialista.

Macri hará una campaña brevísima, la más corta de su historia política. “Septiembre es para tranquilizar a los mercados y a la gente, y octubre para hacer campaña”, dice uno de los hombres de la mesa chica. Peña, siempre el más optimista, asegura puertas para adentro que todavía se puede ganar. Argumenta que el voto es volátil y que hay una sumatoria de factores que podrían beneficiar a Macri. El olfato le falló feo en agosto.

Carrió es una de las pocas que piensa como él. La diputada hará campaña en varias provincias. Sus giras, como las de Miguel Angel Pichetto, son para muchos una bendición y un riesgo: nadie puede controlar lo que dicen. El senador peronista acaba de opinar que los que protestan contra la política económica del macrismo “no laburan y son parte del endeudamiento”. Pareciera poner siempre la mirada en acentuar la grieta. No es, como quedó reflejado en las PASO, lo que más le suma a Macri. Hasta Patricia Bullrich eligió bajar la intensidad de sus declaraciones. “No hay que posicionarse en el enojo”, fue siempre la idea de Durán Barba. Pero a él también lo escuchan menos.

Mientras se debate el presente, hay quienes llaman a pensar el futuro. Es que, detrás de las elecciones, aun cuando se confirmara el resultado de las primarias, en Juntos por el Cambio hay muchos que trabajan para sostener la fuerza y eventualmente volver a ser opción en 2023. Larreta es uno de ellos. Alfredo Cornejo es otro. El gobernador de Mendoza comanda un radicalismo en estado de ebullición. Hay un flujo de movimientos constante. El menos cauteloso vuelve a ser Ricardo Alfonsín, que hace dos días contó que habla con Alberto Fernández y que se reuniría con él. El candidato K se relame. No sería nuevo para él salir a cooptar dirigentes de la UCR. Ya lo hizo en nombre de Néstor Kirchner.

Los problemas de la alianza oficialista ayudan a matizar los desaguisados del kirchnerismo. Esta semana Juan Grabois insistió con expropiar campos. Enseguida se sumó el piquetero Emilio Pérsico. Grabois podría resultar un personaje menor, pero es amigo del papa Francisco y viene de reunirse con Cristina. Y los que visitan el búnker albertista de la calle México han visto a Pérsico ocupar una de sus oficinas más de una vez.

Macri medita qué hará después de diciembre si no llega el milagro. Siempre dijo que si no lo votaban estaba dispuesto a irse a su casa. Así, algunos arriesgan que podría abandonar la actividad política. Pero otros suponen que no habría que apurarse. Que hay millones de votantes a los que no se podría dejar huérfanos en una Argentina siempre imprevisible.
CLARIN


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