Las mayores denominaciones de la divisa estadounidense fueron de 500, 1.000, 5.000, 10.000 y 100.000 dólares, aunque hoy en día el mayor es de 100 dólares. Pero el de 10.000 está en circulación.

El dinero en efectivo está en el punto de mira. Las instituciones europeas ya hablan abiertamente de la posibilidad de suprimir el billete de 500 euros, mientras que en EE.UU. también se abrió el debate sobre los billetes de 100 dólares. Parece que en el futuro el dinero será de plástico, pero en el pasado tuvieron un papel importante en la historia del dólar.

No, no vamos hablar del famoso billete de 1 billón de dólares que Fidel Castro robó al maléfico Señor Burns en un célebre capítulo de los Simpsons. Hablamos de 100.000, 10.000, 5.000, 1.000 y 500 dólares, las mayores denominaciones de la divisa estadounidense en la historia, aunque hoy en día es el de 100 dólares el mayor.

Existieron en diversas formas y tipos, como papel moneda, como dinero privado, bonos del Tesoro o como certificados de oro desde finales del siglo XIX. De todos ellos, los más curiosos son los casos de los dos mayores.

El billete de 100.000 dólares, en cualquier caso, no fue un billete al uso. Creado en plena Gran Depresión en 1934, fue emitido como un certificado por su valor en oro respaldado por el Tesoro de EE.UU. y nunca circuló públicamente, solo servía para facilitar las transacciones entre los diferentes bancos del sistema de la Reserva Federal. Solo se emitieron 42.000 de estos certificados y tienen otra particularidad única: no es legal poseer uno y solo se encuentran en museos, aunque los diferentes bancos de la Fed todavía conservan algunos.Más interesante es la historia detrás del billete más grande de dólar que ha circulado es el de 10.000 dólares (y que sigue circulando, porque es perfectamente legal, aunque si se encuentra con uno, lléveselo a un coleccionista, le pagará más por él).

Lo curioso del billete de 10.000 dólares es que, a diferencia del resto, no lleva impresa la cara de un presidente de EE.UU. ni de uno de los Padres Fundadores, sino de un secretario del Tesoro, Salmon P. Chase. Aunque su nombre no es tan conocido como el de sus compañeros de retrato, Chase es una figura muy importante en la historia financiera y política de EE.UU.

Gobernador de Ohio, tras el estallido de la Guerra Civil en 1861 fue nombrado secretario del Tesoro por Abraham Lincoln. Con el costo de la contienda disparado, fue encargado de emitir una nueva moneda que no estaba respaldada ni por oro ni por plata, el denominado green back (apelativo que hoy todavía se da al dólar) que como su nombre indicada estaba impreso en verde por el reverso. En el anverso, decidió poner su propia cara, algo que sin embargo no le sirvió para llegar a la presidencia de los EE.UU.

Quizá buscaba auto publicidad con esta decisión, pero a pesar de no llegar a presidente sí que le sirvió al menos para algo: realzar su figura como "padre" de los billetes modernos. Precisamente por eso se le quiso homenajear en 1928 cuando se imprimió ese billete de 10.000 dólares. Su nombre también quedó ligado a la banca: el Chase National Bank, antecesor del Chase Manhattan, hoy parte de JP Morgan Chase, fue nombrado en su honor cuando se fundó en 1877, cuatro años después de la muerte del propio Salmon.

En cualquier caso, la vida de estos billetes gigantes (hay que tener en cuenta la inflación, el valor real sería a finales del XIX y principios del XX mucho mayor que el actual) no fue excesivamente larga. La Reserva Federal, creada en 1913 y a cargo de la impresión, dejó de imprimir este tipo de billetes en 1945 y oficialmente los comenzó a retirar de circulación (y a destruirlos) en 1969, aunque mucho antes algunos como el de 5.000 y el de 1.000 apenas se utilizaban Lo curioso es que aunque oficialmente se habló de "falta de uso", las sospechas de su uso para actividades criminales (son obvias las ventajas de los billetes grandes para transportar ese dinero que se quiere ocultar) también fueron clave para su retirada, un razonamiento que hoy es el que mueve a las autoridades también. La historia se repite.

El Economista.

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