Mauricio Macri debe gobernar para estabilizar la situación. Es iluso pensar en la campaña si esta crisis se agrava aún más.


Ricardo Kirschbaum

Todavía faltan dos debates y la elección del 27 de octubre. Hace falta subrayarlo porque, con esta crisis, ese tiempo por venir es como hablar de fantasías. No lo son: lo que ha ocurrido es que todo se aceleró desde el rotundo triunfo de Alberto Fernández el 11 de agosto. Ese hecho ha transferido el poder de hecho. Para que esta situación virtual se transforme en real, aún falta que la ciudadanía vote el último domingo de octubre.

El sistema pensado por Néstor Kirchner para sofocar las disidencias en el peronismo, pero que fue presentado como una forma de transparentar la política, ha tenido el efecto de una bomba de profundidad sobre la fragilidad económica argentina. Está claro que los ganadores de la primaria no son los culpables de esta anomalía, porque han obtenido una diferencia sustancial sobre el oficialismo, pero tienen por ese triunfo nuevas y concretas responsabilidades aunque no las admitan.

El presidente Macri se encuentra ante un dilema que debe resolver rápido. Gobernar esta situación sin pensar en especulaciones electorales, aunque legítimamente las conserve. Hay una sencilla y contundente razón para que lo haga, además de su posición institucional: si no estabiliza la economía se puede olvidar de la reelección, entre otras consecuencias más graves. Sería estratégico: tomar decisiones que controlen la crisis, ofrezcan alguna certeza y eviten o disipen el pánico de la gente.

Esas decisiones pueden tener acuerdos tácitos de la fórmula más votada en agosto pero no expresarán en público, como quiere Macri, por razones electorales. Por ejemplo el control de capitales, que no quiere decir control de cambios, que está en la mesa como una herramienta para poner freno a la sangría, según sostienen quienes dicen conocer las intimidad de Olivos.

El silencio que Alberto F. prometió como aporte duró hasta que n el The Wall Street Journal publicó lo que le dijo el candidato: en Argentina hay un default virtual. Por lo tanto, no acompañará a Macri en su sacrificio. Lo alienta a tomar medidas incluso con las que puede estar de acuerdo pero no “cogobernará”.

En el oficialismo, hay varias posiciones. Hay quienes sostienen que no todo está perdido sino que es reversible el resultado global. Otros piensan, con más realismo, que se debe luchar por ganar una buena porción de legisladores y defender o recuperar algunas gobernaciones. En este vaivén, está Macri, más proclive a creer en el milagro. Sigue enojado por el juego de Alberto Fernández y de Cristina Kirchner, a los que acusa de haber atizado esta frágil situación para empeorarla.

Hay todavía una buena oportunidad para mostrar responsabilidad. De los que gobiernan y de los que aspiran a volver a hacerlo. ¿Por qué ese acto de responsabilidad modificaría sustancialmente el voto? Quedan esos casi dos meses para la primera vuelta, con la campaña y los debates que obliga la ley. La angustia de la gente es diaria y reclama de quienes aspiran a gobernarlos un esfuerzo para ponerse a tono con ese estado de ánimo.

El cálculo electoral debe ceder para hacerse cargo de esa zozobra.
CLARIN


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