Veremos como le va a Cristina con esta nueav estrategia pergeñada en el Instituto Patria.


Alejandro Borensztein

Antes que nada quisiera pedirle a los políticos que ayer salieron a festejar el Día del Amigo que por favor no suban a las redes sociales esas clásicas fotos de amigotes abrazados alrededor de una mesa porque, como viene la mano últimamente, las van a tener que borrar mucho antes de lo que se imaginan.

¿Cuánto creen, por ejemplo, que va a durar la amistad de Massa con los candidatos de La Cámpora en el futuro bloque de diputados del Frente para Todoeaxs@ después de que asuman? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Seis, siendo generoso?

¿Y esta flamante amistad entre Adolfo Rodriguez Saá y el presidente Macri? ¿Se termina antes o después de marzo?

Mejor hagan como Tío Alberto que seguramente anoche festejó el “día del amigo temporario” con Cristina, con Máximo y con Larroque pero escondió la foto para evitar futuros disgustos.

Fernández ya está aprendiendo que todo aquello que diga, publique o escriba en el presente va a estar esperándolo inexorablemente agazapado en el futuro para caerle como un piano en la cabeza, por haber sido tan maula. No es una máxima del Martin Fierro, pero podría serlo.

Dicho esto vamos a lo importante.

Da gusto vivir un proceso electoral intenso y apasionado. Con candidaturas fuertes y con resultado incierto pero con la tranquilidad de saber que, gane quien gane en octubre, se respetarán los contratos y los acuerdos, se mantendrán los grandes lineamientos de políticas públicas y, por sobre todo, se fortalecerá el sistema democrático y el orden republicano. Y así será, independientemente de que el resultado consagre presidente a Martínez, a Lacalle Pou o a Talvi. Allá en Uruguay, claro.

Acá no. Acá en octubre nos jugamos la vida. A todo o nada. ¿República occidental o delirio bolivariano? ¿Déficit cero o Fútbol para Todos? ¿Chambones bailando bajo globos amarillos o cadenas nacionales con el dedito en alto? Somos casi cincuenta millones de ñatos con los nervios destrozados, todos puteando al borde del abismo y agarrados de la cornisa con uñas y dientes. Como siempre.

La esencia de la disputa nunca se modificó y es la misma desde el día que asumió Macri: por un lado el Gato y por el otro Cristina, en esta ocasión disfrazada de Tío Alberto.

Como disfraz, no está mal. En la última elección escondió el Rolex de brillantes y se disfrazó de señora humilde con ropa usada comprada en una feria americana para simular que había cambiado. Al pedo porque igual perdió como en la guerra contra Esteban Bullrich y Gladys González.

Veremos como le va ahora con esta nueva estrategia pergeñada en los arrabales del Instituto Patria con todo su equipo de campaña. Completo. A full. Los tres: la Madre, el Hijo y el “Espíritu Santo” por llamarlo a Parrilli de una manera más digna que a la que lo tienen acostumbrado.

Al final sigue siendo una pelea entre Cambiemos (o Juntos por el Cambio) y el kirchnerismo (o el Frente de Todoaexs$X) por ver quien se queda con la camiseta Nº 10 y la cinta de capitán.

Macri está acostumbrado a llevar la 10 desde hace rato. No sólo ahora como presidente sino desde siempre porque en su vida personal es el dueño de la quinta, de la cancha, de la pelota, del equipo, del asado, de los chori y de los merenguitos con dulce de leche. Todos juegan para él y no le sacás el puesto ni a palos.

En cambio, Tío Alberto pelea por ponérsela en diciembre pero no la tiene fácil. Todavía no pudo ni ponerse la 10 de su propio equipo. En el fondo, todos sabemos que en el Frente para TodoaeswX@ la cinta de capitana la lleva otra. He ahí su primer problema.

Aunque la tentación de quedarnos con la parte burda de la campaña es grande deberíamos evitarlo. No nos detengamos en Macri bailando en el andén con los cepillos lavatrenes, ni en las mandarinas de Kicillof, ni en las desafortunadas frases que a diario escuchamos de Vidal, Tío Alberto, Bullrich o Máximo. Pasemos de todo eso y vayamos a lo importante.

Tampoco nos metamos en el debate de fondo porque si nos ponemos a pensar que de un lado están los que declararon al Hezbollah como organización terrorista y del otro está el candidato presidencial que escribió que su compañera de fórmula y capitana firmó un memorándum para encubrir a los autores del atentado, entonces se acaba el debate en un minuto. No hay discusión posible.

Pero seamos piadosos y hagamos como que Tío Alberto nunca escribió lo que escribió sobre el Memorándum, aunque esta no sería la semana más indicada para hacernos los boludos.

Entre Macri bailando y haciéndose el gracioso y el kirchnerismo eludiendo el repudio al Hezbollah, hay vida en el medio. Hay temas para debatir.

Por ejemplo, tanto Tío Alberto como su coequiper se la pasan diciendo que la deuda que el gobierno contrajo para financiar gasto y evitar el default, en realidad es dinero que se usó para fugar. ¿Qué sería “fugar” dinero? Veamos.

Supongamos a un argentino acomodado que le va fenómeno y gana 90 lucas brutas por mes. Paga 30 de impuestos, gasta 30 para vivir y guarda otros 30 para el porvenir. Obviamente, en un país que tuvo cinco monedas distintas entre 1969 y 1992, y que su billete más popular valía 100 dólares cuando salió y ahora vale 2,25, difícilmente se puede ahorrar en pesos. O sea, el tipo compra dólares.

Con las 30 lucas el tipo va a la ventanilla del banco y hoy compra 680 dólares. Es legal. Se los compra con su guita limpita por la que ya pagó todos sus impuestos.

Si es un valiente que confía en el sistema bancario argentino los deja depositados en la caja de ahorro y se va a su casa con el culo a cuatro manos. O sea, los dólares quedan dentro del sistema. No “fugan”.

Con cualquier otra opción, los dólares salen del sistema, o como dicen Los Fernández, “se fugan”. Da lo mismo el destino. Mesa de luz, bolsillo de campera vieja que nadie revisa, lata de galletas, colchón, pozo en jardín del fondo, caja de seguridad en su casa, caja de seguridad en el banco, cuenta en Uruguay, cuenta en EEUU, fideicomiso financiero en Seychelles, y así hasta el infinito. Todos estos casos están igualmente afuera del sistema pero es legal.

Sin embargo, Cristina y Tío Alberto lo denominan “fuga de capitales” e insinúan que de allí saldrá el dinero que necesitan, si ellos vuelven al Patio de las Palmeras para liberarnos.

¿Esta propuesta es buena o mala? Depende. Si usted no encanutó ningún dólar, no debería calentarse.

Pero si usted en 2016 tenía 60.000.000 de pesos en el banco de la esquina y por temor a las políticas de Macri decidió comprar 4.664.000 dólares y guardarlos en la caja de seguridad de su hija, debería preocuparse. O cerrar el pico. O ser más serio. O rezar para que nadie se acuerde que el 6 de julio de 2016 Cristina declaró: “dolaricé mis ahorros porque no sé que hace esta gente con la economía” (posta textual).

Cuando Cristina puso los dólares en la caja de seguridad “fugó la guita”, de acá a la China. Una precursora en la fuga de capitales de la Era Macri. Mejor ni preguntemos por la Era CFK donde se fugaron 82.000 millones de dólares (62.000 en el primer mandato y 20.000 en el segundo por el cepo).

Como ve amigo lector, si uno se corre del escandalete diario, hay mucha cosa seria para debatir.

En síntesis, la 10 no es para cualquiera. La usa Macri y la quiere Tío Alberto. Se la vimos al Diego y a Leo. De los que yo vi jugar, también la usaron Sinatra y Paul.

El viernes se nos fue un maestro que la llevó por años: Cesar Pelli. Y ayer recordamos al único que se quedó con la 10 en la espalda de aquí a la eternidad: Neil Armstrong. El más grande, lejos.
CLARIN


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