En Hospital de Ezeiza hay un sector especial para los “capsuleros” detectados en el Aeropuerto. Uno de ellos cuenta cómo lo reclutaron y cuál fue el entrenamiento.

Nahuel Gallotta

Parece la versión argentina de Alerta Aeropuerto, el programa de National Geographic que muestra el accionar de las brigadas antinarcóticos en diversas terminales aéreas del mundo. Carlos (40) mira vidrieras de marcas exclusivas del shopping Abasto. Hace más de un año que no puede comprarse una sola remera. Ni siquiera de las de las ferias. Y ahora, con los bolsillos llenos, busca una camisa elegante y manga larga, un par de zapatos de cuero, un sweater de lana, un jeans a la moda. A medida que elige y se prueba todo, se mira en los espejos de los probadores. Se ve deshinchado, como le pidieron los que le dieron la plata para comprarse la ropa. Hace dos semanas que se cuida; come liviano, solo bebe agua. Mañana es el gran día. Siente un poco de nervios, pero sabe que ya no hay vuelta atrás.

Quince horas después, aún con la ropa con olor a nueva, afeitado y perfumado, entra al hotel familiar de Constitución al que lo citaron. Lo recibe la dominicana que le ofreció los 5 mil dólares y le entrega el pasaporte y el pasaje a Málaga, España. Le recomienda ir al baño por última vez. Sale a los minutos. En la habitación solo hay botellas de agua y las cápsulas que deberá tragar. Está en ayunas.

Una semana atrás, en otra habitación de otro hotel, ingirió pedazos de zanahorias del mismo tamaño, “para entrenar el cuerpo”. Sus intestinos no soportarán más de 75. Cada una tiene 10 gramos de cocaína. En términos comerciales, su estómago, si llega a España, cuesta 22.500 euros. Siempre y cuando todo salga bien. El kilo de la droga que ingirió, de costo, en Buenos Aires, puede conseguirse por unos 6.500 dólares, como muy caro. Las organizaciones pueden mandar de a diez personas por semana. Cada mula, según los especialistas, ingiere un promedio de cien tizas, que representarían un kilo.

“Ver Alerta Aeropuerto me hizo abrir los ojos. El problema es que lo miré por primera vez acá adentro. Si lo hubiese visto antes, afuera, no habría aceptado el negocio. Yo desconocía todo lo que cuentan en ese programa”, dice Carlos ahora, dos años después, desde el teléfono de uno de los pabellones de Marcos Paz. Entre el aeropuerto y la cárcel, pasó por el único lugar que visitan todas las "mulas" detenidas en Ezeiza, sean hombres o mujeres, antes de ser trasladadas a distintos juzgados para, luego, ingresar a cualquiera de los cuatro penales federales de Buenos Aires.

Ese lugar común son las dos salas al fondo del pasillo de Terapia Intensiva del Hospital zonal Alberto Eurnekian, de Ezeiza. Hoy, primer viernes de junio al mediodía, las camas están vacías. El último que la ocupó fue un brasilero. Luis Taco es el jefe del sector. Es ecuatoriano y lleva 20 años atendiendo a las "mulas". Es un especialista en una temática que muy pocos colegas conocen.

“Este tipo de Medicina no se aprende en la Facultad. En las clases nunca me enseñaron cómo detectar cuerpos extraños en una placa”, dice. Y agrega: “Tuve que adiestrarme para notar las características en las radiografías y tomografías. Nuestros cirujanos ya saben el procedimiento en caso de que notemos la apertura de alguna cápsula. En un principio estas personas ocupaban camas pegadas al resto de los pacientes. Pero en un momento llegaron a ser hasta cinco juntos. Ahí se diseñó un sector apartado, porque tienen que estar acompañados por la Policía y era incómodo para los familiares de los enfermos”.

Según el recuerdo de Taco, entre 1998 y 2001, la gran mayoría de las "mulas" detenidas eran de nacionalidad peruana, paraguaya o boliviana. La segunda camada comenzó a llegar desde Europa. Más que nada de Holanda, España y Alemania. “No era gente contratada, como los sudamericanos; aquí comentaban haber asumido el riesgo a invertir, ingerir, viajar, expulsar, vender y sacar su ganancia”, aclara. A partir de 2008, y hasta 2012, los del Viejo Continente le darían su espacio a los africanos. Principalmente a los nigerianos y sudafricanos. En los últimos años, dice Taco, lo que más se están viendo son argentinos.

Hasta 2013 se contabilizaron 30.842 tizas de cocaína expulsadas y secuestradas por el equipo médico. En los últimos meses, el promedio bajó: es de dos internados por mes. Al parecer, las vías de traslado cambiaron.

Carlos sabe que la línea telefónica desde la que recuerda su caso está intervenida. Por eso cuenta lo que puede, sin detalles. Sin nombrar a nadie. Y dice que antes de la propuesta de viajar, trabajó de taxista, fue feriante y vendedor ambulante; "un busca". Nunca antes había pisado una comisaría.

Cuando le preguntaron si “quería hacer un trabajito y ganarse unos dólares” estaba desocupado desde hacía un año. La propuesta le llegó en un bar al que iba cada tanto. “Esa gente es… como muy olfateadora. Están muy pendientes de la necesidad de los vecinos. La pobreza es el común denominador”, comenta. Y agrega: “Te motivan mucho: te nombran gente a la que supuestamente le fue bien, te dicen que es fácil, que todas las semanas mandan personas cargadas. A medida que ves que te dan un adelanto en efectivo, que te pagan la ropa, que te mandan a la peluquería, que te hacen practicar con zanahorias y te hacen todos los trámites para viajar, sentís que es gente seria”.

Las cerca de 70 cápsulas que tragó, de un tamaño similar a una tiza, fueron envueltas con papel celofán y cinta aisladora. Arriba de eso usaron un guante de látex, a modo de lo que sería la primera protección. Y sobre eso, para evitar posibles roturas, dos preservativos.

Taco asegura que si se llega a abrir una cápsula hay que intervenir quirúrgicamente, al instante. Que es una cerrera contra el tiempo. Podrían morir de sobredosis. Sería como consumir 10 gramos en uno o dos segundos. O como si tragaran veneno. Hay que abrir y extraer todo. Los primeros síntomas pueden ser taquicardia, convulsiones, signos de descompensación, respiración acelerada, un paro cardíaco, entre otros. “Por suerte apenas un uno o dos por ciento de los que llegan son enviados al quirófano. En veinte años recuerdo dos fallecidos”, agrega.

En el sector de Terapia Intensiva existe un inodoro portátil para las "mulas". Antes de pasar por ahí, se les advierten los riesgos y se les procuran laxantes energéticos. A la cocaína sólida se la detecta con una radiografía, y a la líquida, que comenzaron a notarla desde 2010, con tomografías. El baño químico lava el excremento con un solvente que separa a las cápsulas. Anteriormente era a la vieja usanza: con guantes y una palangana. Un paciente puede llegar a pasar hasta cuatro días internado. Ni bien se lo da de alta, lo llevan al Juzgado, a declarar. Después, a la cárcel.

“Es cierto que en el hospital están incomunicados”, advierte Taco. “Pero es difícil no percatarse de todo. Lo primero que te preguntan es cuántos años de cárcel van a tener que pagar, y si pueden llamar a sus familias. Uno se termina involucrando un poco con los que lo hicieron por una necesidad, por una desesperación económica. El caso que más recuerdo es el de una sudafricana, de 19 años. Lloraba desconsoladamente. Como ningún otro paciente”.

Las situaciones que se viven en el Eurnekian de Ezeiza son propias de los hospitales vecinos a los principales aeropuertos del mundo. La cocaína boliviana, peruana y colombiana recorre los cinco continentes. Los cuerpos humanos son solo una de las vías para trasladarlas.

“La Ley 23737 debería ser modificada”, plantea Ariel Cejas Meliare, de la Procuración Penitenciaria de la Nación, organismo que está en contacto con los internos extranjeros y nacionales detenidos por ingerir drogas. Y agrega: “La persecución penal debe ser para los que hacen grandes negocios con la droga. Creemos que en tiempos de superpoblación carcelaria deberían haber otras opciones para detenidos por delitos no violentos".

"La situación de los extranjeros es aun peor porque son condenados en juicios abreviados, lo que no les permite una absolución ni un arresto domiciliario con la excusa de que no tienen un domicilio fijo. Comunicarse con sus familias es prácticamente imposible: no cuentan con acceso a Skype y las tarjetas para llamadas internacionales son caras y difíciles de conseguir", explica Cejas Meliare. La condena suele ser de 4 años y seis meses. El extranjero tiene el beneficio de irse expulsado a la mitad.

“La pena jurídica no es la única condena que padecemos. También sufrimos la que nos impone el mismo preso: su humillación, su verdugueo. En la cultura carcelaria, los que estamos por drogas no estamos bien vistos. A los argentinos y latinoamericanos nos meten con el resto de la población. A los europeos se los aparta, además las embajadas los asisten”, cuenta Carlos, que calcula que por lo menos le quedan 12 meses más de prisión.

De aquel día camino al aeropuerto recuerda lo dura que sentía su panza, los nervios que lo invadieron al hacer el check in y el momento crítico al ver a los policías acercársele. “Se te descompone el cuerpo. Es una presión psicológica, un nerviosismo. El mundo se te viene abajo. Te invade un miedo por la cárcel y por la posible rotura de las cápsulas”, detalla.

Taco, por último, dice que no se imagina el después de sus pacientes. No los piensa en las cárceles, como está hoy Carlos. Pero sí intenta visualizarlos al ingerir las cápsulas, o al llegar al aeropuerto, o cuando los policías notan actitudes sospechosas y cómo los derivan hasta la Terapia Intensiva. Esa curiosidad lo lleva muchas veces a mirar Alerta Aeropuerto. También quiso saber cómo se abordaba la temática que conoce como pocas personas en el mundo. Que ni siquiera se la enseñaron en la universidad.
CLARIN


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