La ecuación de Maduro es coherente con su cinismo. Y sigue liquidando personas. Mientras, Alberto Fernández sintetiza a la tragedia venezolana como un desarreglo menor.


Miguel Wiñazki
Fue una sucesión de malos entendidos y difuntas permutadas. Es difícil de entender y de explicar. Pero ocurrió. Como en la película Esperando La Carroza, alguien se equivocó de muerta. Sandra Avalos fue llorada, fue velada y enterrada, pero no por los suyos. Los deudos suponían que ella era Juana Aranda, su familiar. Pero no era.

A la inversa, Juana, muerta y solitaria, no fue velada en tiempo y forma. Inerte languidecía equívoca en la morgue.

Su cadáver estuvo a punto de ser enviado a la familia Avalos.

Iba a ser un enroque tétrico.

Alguien se equivocó de muerta. El error determinó la renuncia de Mabel Nogueras, la directora del Hospital Muñiz, donde yacían las dos occisas, y el desacierto fúnebre que complicó con surrealismo el drama de la muerte misma.

El que quiso permutar yoga y ejercicios respiratorios por muertos fue Nicolás Maduro.

El dictador irrumpió junto a un hombre de barba barba mística y sonrisa creíble y profesional: Ravi Shankar. Lo ofrece como mediador frente a la oposición venezolana.

La ecuación de Maduro es coherente con su cinismo. Continuamos liquidando personas, pero ofrecemos al mundo un monje que ríe para tranquilizar los ánimos.

Es otra broma feroz ante los miles de torturados y asesinados por el régimen. La masacre bolivariana no se resuelve con buenas ondas, yoga y espiritualismo marketinero, muy apto para convocar la fe de millones de burgueses con stress, pero ofensivamente inútil para luchar por la democracia ante un régimen totalitario y narco que no se va y que sigue matando mientras sus jerarcas ríen burlándose ahora con este gurú new age, encarnación de la decadencia consumista de la profundísima tradición de la No Violencia de la India sostenida con altura ética incomparable por el inmenso Mahatma Gandhi.

Desde el entorno de Ravi Shankar afirman que “el único fin de su visita fue unir a las partes, promoviendo el principio de la no violencia, para lograr una resolución pacífica”.

En principio no hay elementos para dudar de la buena fe del gurú, pero tampoco de la mala fe de Nicolás Maduro.

Aquí, dicho sea de paso el candidato Alberto Fernández continúa sin condenar el totalitarismo y califica y sintetiza a la tragedia venezolana como un desarreglo menor, un “problema institucional”. Dice que “nos parecemos mucho más a Venezuela ahora que antes”.

¿Lo cree en verdad?

Cristina a la vez permanece callada en plena campaña, solo presenta aquí y allá su libro “Sinceramente” y no habla más, por ahora. Es una inusitada transformación de aquellas cadenas nacionales a éste mutismo parcial y calculado.

No se intercambian muertos por eufemismos, ni se omiten las ejecuciones con silencios cómplices.

Tampoco es pertinente diluir culpas a través del paso del tiempo. Escribió Juan Rulfo en El Llano en Llamas: “Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco…”.

La Corte Suprema reabrió la causa por la tragedia de micro del colegio Ecos, aquel accidente en el que murieron chicos y docentes en viaje escolar, y del que nadie era responsable tras la prescripción de la justicia debida al paso del tiempo.

No hay reparación posible, aunque sí tal vez, alguna luz sobre las irresponsabilidades que propiciaron la tragedia.

La impunidad es una larga tradición argentina. En vísperas de un nuevo aniversario del atentado a la AMIA el Papa Francisco se pronunció: “Han pasado ya 25 años de la tragedia de la AMIA. Al igual que desde el primer día, cada 18 de julio mi corazón acompaña a los familiares de las víctimas, sean judíos o cristianos. Y desde el primer día, pido a Dios por el descanso eterno de quienes perdieron la vida en ese acto de locura”.

Suena redundante tal vez aclarar que su corazón acompaña por igual a judíos y cristianos. Es obvio, debiera serlo. De todos modos, es lógico y pertinente que el Pontífice le pida a Dios. Falta todavía que la justicia terrestre dilucide el caso, y también la muerte de Nisman, tan oscura como el Pacto K. con Irán que el fiscal venía denunciando cuando apareció sorprendente muerto con un tiro en la cabeza y todas las dudas respecto de lo que en rigor sucedió. Ahora se sabe que Diego Lagomarsino, trabaja como perito oficial de la Justicia. Fue él quien le prestó el arma calibre 22 que alguien habría usado para liquidar a Nisman según los peritos de Gendarmería. En un sentido amplio, ahora ellos también son colegas de Lagomarsino.

¿Es posible confundirnos con la muerte, confundir cadáveres y confundirnos, y complicar exequias, desdibujar asesinatos y distribuir impunidad?

Si. Es posible.
CLARIN


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