En contra de varios pronósticos, lograron destacarse. Betty Elizalde, Antonio Carrizo y Juan Alberto Badía marcaron un camino y se volvieron inmortales. Héctor Larrea, el último gran caballero radial, hace aire seis días a la semana. Un repaso por sus orígenes.

Marina Zucchi

​Fundada el 3 de julio de 1943, la Sociedad Argentina de Locutores (SAL) nucleó inmediatamente a quienes ejercían como verdaderos influencers de esas familias argentinas que desayunaban, almorzaban y cenaban con el aparatito radial como imán. Vía de escape de los sentidos medio siglo antes de la llegada de Internet a los hogares rioplatenses.

Por eso, siete años después, se estableció que cada año se celebrara el día del locutor como recordatorio de aquella creación. Una decisión que se transformó en tradición.

Los memoriosos de la Sociedad recuerdan que fueron 21 lo locutores que se reunieron en el edificio de Corrientes 830, donde funcionaba la redacción de la Revista Antena, para darle forma a la entidad, de la que ya fromaban parte Carlos 'Cacho' Fontana y Roberto Galán, quien asumió el rol de Secretario General.

Desde entonces, la Sociedad y sus integrantes fueron protagonistas de una historia en la que se destacan voces míticas, que son referencia esencial de la profesión.
Betty Elizalde, una feminista pionera

"Prostituta". Eso le decía su familia a Deolinda Beatriz Bistagnino cuando avisaba que se dedicaría a la radiofonía. Pionera, plantadísima en una época donde ciertas cuestiones eran inadmisibles, la voz lo logró e hizo historia bajo el seudónimo de Betty Elizalde.

A mediados de la década del cincuenta se anotó en el Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica. Egresó en 1959. Su carnet era más que una matrícula habilitante: una forma de mostrar, orgullosa, que las mujeres podían cautivar audiencias.

Adán y yo y La gallina verde fueron ciclos inolvidables para varias generaciones, pero se la recuerda principalmente por Las siete lunas de Crandall, ciclo nocturno por Radio Continental con el que crecieron y se formaron varias camadas de locutoras y locutores.

"Mi vida privada es hermosa, interesante,pero cuando me quedo a solas pienso: '¿Qué hago con todo esto?'. Porque lo lindo es poder comunicarlo. Me cuesta mucho la vida de relación fuera de la radio”, admitía. Y en los últimos años despotricaba: "Hay una degradación de las mujeres que es alarmante en las radios. Los conductores, en su mayoría, viven colocando a su locutora en el lugar de gatita, conejita. O hacen que ellas lean hora, temperatura, humedad, y se tengan que reír con chistes sobre sexualidad e identidad sexual. A veces ni siquiera las llaman por el nombre".

Betty murió en noviembre del año pasado, a los 78 años. El porcentaje de conductoras en relación a conductores se mantenía como minoría: 30%.

Antonio Carrizo, catedrático sin título

"Quiero ser como Carrizo". En los setenta, ochenta y noventa, en las escuelas de locución era frecuente escuchar aquella frase. Carrizo era "Tony" Carrozzi, muchacho salido de General Villegas que tenía casi la misma edad que la radiofonía (había nacido en 1926, el éter argentino, en 1920).

Su primer trabajo fue en una propaladora, un camioncito que cargaba con un megáfono en el techo. “Yo iba a bordo y promocionaba Mejoral por altoparlante, por varios pueblos”, lloraba cuando evocaba aquel mundo lejano.

Llegó a la gran ciudad como “locutor frasero”, empleado por Radio del Pueblo y por Radio Belgrano. “Sea más hermosa esta noche, use jabón Lux”, decía por entonces. No podía creer que le pagaran por eso.

Partenaire de Niní Marshall en Radio El Mundo, se había iniciado en esa emisora en 1948. Por entonces no se necesitaba un carnet. La mayoría creía que había terminado una carrera de Letras. Que se había graduado con honores. Su decir, su cuidado de la lengua, sus conocimientos de la cultura en general lo asemejaban a un catedrático. Pero apenas había podido terminar el nivel primario.

"Los libros me educaron. Fueron mis tutores. Aprendí a leer a los cinco. Cuando ya trabajaba, yo me decía: ‘Tengo equis guita, tengo que conseguir trabajos para poder comprar más libros'. Y leía y leía".
Una voz que se extraña, ícono de la radio y la televisión.

Una voz que se extraña, ícono de la radio y la televisión.
Juan Alberto Badía, el hombre sin enemigos

Jugaba al básquet en el Club Estudiantil Porteño de Ramos Mejía, donde hizo sus primeras armas como presentador. Sus amigos bromeaban con que como pivote no lo acompañaba la altura. La altura, finalmente, quedó demostrada frente al micrófono.

Matrícula 1996, cuatro décadas de micrófono y un amor por Los Beatles que le quebraba la voz, Juan era hijo del maestro de locutores Juan Ramón Badía. Le gustaba definirse como "charlista antes que animador".

La industria musical le estará eternamente agradecida. Badía y compañía impulsaba la música, ayudaba a promocionar ciertos apellidos, promovía a jóvenes talentos cuando no existía una plataforma ni parecida a YouTube y cuando era imaginable Spotify y la viralización impulsada por las redes sociales. "La historia del rock me pondrá en el lugar que me merezco", decía, después de haber perdido la cuenta de quienes pasaron con sus amplificadores y sus canciones por ese ciclo ómnibus. Soda Stereo, Pappo, Serú Girán, Abuelos de la Nada...

Imagen de radio fue el otro sinónimo de su apellido. Programa insignia, uno de los tantos trabajos en los que había cosechado amigos. "Levanto la vista hoy me cuesta encontrar algún enemigo", decía en la última entrega de Martín Fierro a la que asistió.

Murió el 28 de noviembre de 2012. Hasta los últimos días en que pudo mantenerse en pie, hizo radio. Había montado en su casa una emisora online, JAB. "Esta terapia es más poderosa que cualquier rayo X".

Héctor Larrea: a los 80, hace radio seis veces a la semana

Es Funes el memorioso cuando habla de su prehistoria radial. El primer aparatito, cuenta, lo había comprado la familia al tío Gregorio. "Hetitor" dejó de salir a jugar a las veredas de su Bragado porque se había enamorado de una cajita milagrosa, la radio. La muerte no era una palabra cercana, la vida era juego, dial y voces, pero murió Don Emilio Larrea, su padre, y en esa casa lo único que se escuchaba era el silencio.

Luto, ropa negra y tres meses de no prender el bendito aparato. Hasta que un día mamá Felisa le permitió volver a encenderlo. Volumen bajito, para que la herida no doliera tanto. "Felisa lloraba, pero de a ratos con la radio sonreía. Descubrí entonces que esa cosa era extraordinaria, que acompañaba a los caídos. Yo también había entrado en una profunda tristeza, que desde luego no hacía notar. No había gabinete psicológico, pero sí algo que me aliviaba: moviendo una perilla podía comunicarme con distintos países y continentes. Ahora me doy cuenta, después de mucho análisis, ese amparo que me dio la radio. Me abrazaba ante la falta de esa figura paternal".

La radio se volvió más que costumbre, adicción y sueño. Así, antes de la mayoría de edad, Larrea le escribió una carta al maestro Don Antonio Carrizo para que lo aconsejara. La respuesta llegó por correo varias semanas después: “Hay que tener vasta cultura, señor. Secundario completo, buena voz y mucha lectura. La radio no es para cualquiera”. Héctor tomó las recomendaciones al pie de la letra. Matrícula del ISER 1502, se metió en el corazón de miles con su Rapidísimo, por Rivadavia. Hoy tiene ciclo en La Folklórica de lunes a viernes (FM 98.7) y en Nacional los sábados, junto a Bobby Flores. Seis décadas impolutas de aire.
CLARIN


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