A 45 años de la muerte de Juan Domingo Perón, ocurrida el 1 de julio de 1974, es oportuna una reflexión sobre el significado de su figura, no sólo por el interés histórico, sino por el hecho de que su fuerza política sigue ocupando hoy el centro de la escena política, ya cerca del medio siglo de su desaparición.


Por Rosendo Fraga
Junto con Roca e Yrigoyen, Perón integra la trilogía de los grandes líderes políticos de la Argentina, que no sólo dominaron el escenario político nacional durante décadas, sino que dieron origen a los tres movimientos que gobernaron el país desde fines del siglo XIX hasta nuestros días.

Perón da origen al peronismo o justicialismo, cuya importancia política y social, significó en los años cuarenta una transformación sin precedentes, al incorporar al sector obrero a la participación tanto política como social.

El pragmatismo y la ambición de poder del líder dieron a su movimiento una característica en lo que hace a la voluntad en la búsqueda del poder, que hoy subsiste en sus seguidores. El hecho que hoy la elección presidencial de 2019, en las tres primeras fórmulas, cinco de sus integrantes sean de origen justicialista, encuentra su lógica en esa impronta característica de Perón, remarcada por el eficaz manejo del poder y la búsqueda del mismo, antes que por los principios o valores.

En el terreno ideológico, Perón y el peronismo han dado lugar a interpretaciones encontradas, que van desde asimilarlo a un proceso de cambio desde la izquierda hasta las que trataron de ubicarlo como un fenómeno neofascista.

La verdad es que Perón se movió desde la izquierda a la derecha de acuerdo a las conveniencias, circunstancias y oportunidades.
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Sociológicamente, tuvo algo de la típica viveza criolla. Frases como "en política, hay que poner el guiño a la izquierda y doblar a la derecha" evidencian ese pragmatismo de raíz maquiavélica, pero también expresaban esa característica del Viejo Vizcacha del Martín de Fierro, que enseñaba a sobrevivir con picardía y resignación.

Pero también dividió a la sociedad en dos bandos irreconciliables, con un fuerte contenido de confrontación social. Los sectores populares tuvieron una adhesión incondicional hacia el líder, mientras que las clases medias y altas lo rechazaron con el mismo fervor que sus seguidores lo defendían y exaltaban.

El origen militar de Perón también influyó en su personalidad y produjo una inteligente adecuación de la estrategia castrense al campo político. Era así como la juventud peronista, a comienzos de los años setenta, articulaba toda su doctrina de acción con manuales de conducción que eran copiados de los militares.

Desde esta perspectiva, Perón era una suerte de mezcla de Maquiavelo y Clausewitz, como también su origen europeo por un lado e indio por el otro, le permitían comprender acabadamente la compleja idiosincrasia argentina.

Para los sectores populares, Perón encarnó como ninguna otra figura en la historia argentina, el valor de la justicia social. Pero la ética y la legalidad, no fueron los valores que lo inspiraron.

El sacrificio de la ética por la eficacia, fue una de sus características y ello ha permeado en la cultura política argentina y no sólo en el peronismo.

Perón también expresa acabadamente la complejidad y la contradicción de la Argentina. Que el líder popular más importante de la historia, haya sido un militar que surge de un gobierno de facto, no deja de evidenciar la insuficiencia de explicar las continuas crisis políticas de Argentina en el siglo XX, en función de un sistemático conflicto entre militares y civiles, entre golpes y gobiernos democráticos.

Pero su figura también mostró que la Argentina es un país imprevisible, cuya política se caracteriza por las sorpresas, algo que se ha corroborado en días recientes. Que un líder como Perón llegara al poder en la Argentina justo cuando la finalización de la Segunda Guerra Mundial, parecía mostrar que el mundo marchaba en otra dirección, no deja de ser una constante de la perseverancia del país en marcar rumbos propios contra la corriente, que lo ha caracterizado al país desde fines del siglo XIX.

El regreso de Perón en 1972 mostró que en la política argentina no hay imposibles. Cuando en 1955 fue derrocado, hubiese sido impensable en un regreso triunfal diecisiete años después, recibido por sus adversarios como una suerte de salvador y en alguna medida convocado por sus más férreos adversarios.

Han pasado 74 años del surgimiento del peronismo y 45 de la muerte de su líder y fundador.

Existía hace medio siglo, la percepción de que el peronismo no sobreviviría a la muerte de Perón. El análisis comparado mostraba que la gran mayoría de los movimientos populistas, organizados alrededor de un líder carismático, no sobrevivían a él.

Pero ello no ha sucedido con Perón. Su fuerza política, sigue siendo la dominante en la política argentina. Ya no es un partido, tampoco un movimiento, ni una doctrina ni se asemeja a una ideología, aunque algo conserva de todos estos modos de ser de la política.

En esta etapa histórica, la clave de su identidad, es que es una cultura política. Una elocuente evidencia de ello, tuvo lugar al mediodía del viernes 14 de junio, cuando más de treinta dirigentes del PRO de primera línea, que habían militado en el peronismo, se reunieron para recibir y celebrar al senador nacional Miguel Ángel Pichetto.

Estaban entre otros el ministro el Interior, el vicejefe de gobierno porteño, el jefe de Gabinete de la provincia de Buenos Aires, el presidente de la Cámara de Diputados, el presidente del bloque de Diputados Nacionales del PRO, el vicepresidente del Banco Ciudad y numerosos legisladores nacionales. Sólo uno había militado en los años setenta, todos los demás,- por razones de edad,- habían comenzado a actuar en política desde los años setenta en adelante. Muy pocos tenían antecedentes familiares o sociales peronistas. Pero todos con entusiasmo, recibieron al candidato a vicepresidente, cantando la "Marcha Peronista", en la versión cantada por Hugo del Carril.

Es una clara evidencia de lo que es el peronismo como cultura política.

La causa de esta sorprendente vitalidad y vigencia del peronismo es que se trata de una cultura política, que representa, procesa y expresa la complejidad, contradicción y ambigüedad de la sociedad argentina, ya finalizando la segunda década del siglo XXI.

El autor es Director del Centro de Estudios Nueva Mayoría

 


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