Ningún partido ni coalición se ha privado del nepotismo a dedo, instalando parentelas. Las ficciones que encubren los desastres K son falsas, pero creíbles para muchos argentinos.


Miguel Wiñazki

Aquí en Cochabamba, Bolivia, desde donde se escribe esta columna, se elevan llamaradas en la noche. La costumbre antigua de encender hogueras para ofrendar a la Pachamama sigue tan vigente como el mate de coca. Se queman fetos de llama -esa es la costumbre- y mientras arden, los feligreses con sus rostros encendidos por el fuego ruegan por su buena suerte. Algo conecta, según la fe de los devotos, a esos animalitos no nacidos con la madre tierra que los recibe con gratitud y que se los traga incinerados porque todo arde azuzado por las chispas, las hierbas embrujadas, la chicha derramada, y las llamitas que no nacieron pero que tanta credulidad provocan. Es que la fe mueve montañas y tiene mil formas y liturgias según las tierras diversas y las historias consecuentes.

En los cerros de Cochabamba se dibujan las viviendas apretujadas y, temprano por la mañana, el humo que persiste después de las hogueras, multiplicadas más que nunca en estos días con la unción que despierta el culto a San Juan, venerado desde el sincretismo y desde todos los fuegos bolivianos.

Muchas cosas unen a la Argentina con Bolivia.

La frontera no divide la extensión antigua de la cultura quechua que se disemina aquí en el norte en una misma lengua aún viva.

Juan José Castelli comandó una expedición que no parecía tener destino hasta lo que hoy es Bolivia y entonces era el Alto Perú. Convocó a miles de aborígenes y criollos a reunirse en las ruinas de Tiahuanaco, sacralizó así la Revolución y convocó a todos a la lucha contra los realistas. El lago Titicaca oficiaba de testigo cósmico de esos juramentos aunados, en castellano, en quechua y en aymará, proclamados por todos los convocados a viva voz. Lucharían hasta morir.

Pese a la intensa xenofobia argentina, estamos más cerca históricamente de Bolivia que de París, para dar un solo ejemplo.

Por una coincidencia meramente cronológica ahora mismo los dos países enfrentan elecciones en octubre con una semana de diferencia.

Evo compite contra un intelectual y ex presidente democrático, Carlos Mesa Gisbert.

Y Macri contra Cristina.

La política es una cuestión de fe y cabe preguntarnos por qué creemos en alguien, aún cuando no existan motivos racionales para creerle. ¿Por qué Cristina continúa favorecida por la adhesión profunda de tantos cuando las evidencias de sus corruptelas son tan abrumadoras? Las ficciones propaladas para encubrir todos los desastres K son falsas pero creíbles para muchísimos argentinos.

Nadie está exento de los interrogantes. ¿Por qué creerle a Macri, quien no doblegó, ni la inflación ni la pobreza?

La fe es anterior a la racionalidad y probablemente más potente. Arraiga en empatías que no explican los manuales de ciencia política, en conexiones subconscientes.

Tal vez exista una sutil diferencia. Él no miente como su predecesora.

Es extraño, pero la verdad no resuelve todos los problemas. Es necesaria pero no suficiente. Vale para la política y para la vida en general.

Hay una escena que está en la memoria de todos, que va más allá de las palabras: el rostro duro y la mirada fija de Pichetto enfocada en el titubeante Cobos, cuando emitía su celebérrimo voto no positivo. Pichetto lo observaba sin pestañear con una mano pegada a su boca.

Todo era muy tenso y el actual candidato a vicepresidente estaba clarísimamente del lado de Cristina.

¿Por qué creerle ahora que es su oponente?

¿Tal vez porque aquella subordinación sugiere que no se rebela ante sus altos mandos, antes Cristina, ahora Mauricio?

¿Tal vez porque se cansó Pichetto del destrato y de la soberbia?

¿Por qué creerle a Alberto Fernández, el más agudo y feroz crítico de Cristina, ahora su socio y presunto jefe de la jefa en el caso de ganar?

¿Por qué creerle a la clase política en general? Ningún partido ni coalición se ha privado del nepotismo a dedo, instalando a las respectivas parentelas allí donde han podido.

¿Por qué creemos? ¿A quién le creemos?

Creemos porque tenemos fe.

Señaló el filósofo boliviano Ignacio Prudencia Bustillo: “Saber una cosa porque se tiene fe en ella es lo mismo que ignorarla” Sin embargo no hay construcción social posible sin fe.

Creer es indispensable. Y la incertidumbre es en simultáneo ineludible.

El sistema de creencias nacional se ha encogido después de tantas repetidas frustraciones. Sin embargo eso no es necesariamente negativo. Es más sensata la creencia restringida. Es mejor que las devociones irrestrictas, y fanáticas.

Paso por el mercado de “La Cancha” en Cochabamba. Cuelgan de los techos los fetos de las llamitas. Son blancos. Espectrales. Huesudos. Con los ojos muertos, huecos, sin mirada.

Son los ojos de la buena suerte. Son sagrados. Pero aún así hay un mercado ilegal , cazadores a mansalva de llamas embarazadas. Son furtivos y sin límite, trafican los fetos de la buena fortuna por mucho dinero negro.

Todo es tremendo. La devoción y la corrupción.

Y así estamos.
CLARIN


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