Hay bajones del 30% al 33% que son tecnología y productividad puras. Y así se va corriendo la frontera del llamado desarrollo sustentable.

Alcadio Oña

No habría ninguna novedad en afirmar que la inversión es un puente hacia el desarrollo sustentable y hacia empleos de mayor calidad, y sobre todo si es inversión que no se agota en unas pocas etapas sino aquella que se encadena y realimenta otras actividades. Eso sí, sería una verdadera novedad afirmar que un proceso como ese está ocurriendo en la Argentina.

Resulta obvio que una pieza clave de la economía no puede comportarse muy distinto al resto de la economía. Y no se comporta muy distinto, efectivamente: de los últimos nueve años, incluido el actual, esa variable habrá caído en cinco y alrededor del 15% entre una punta y la otra. Nada casual, cinco sobre nueve fue también la performance del PBI.

Hay eso y más que eso. A partir del segundo semestre de 2018 la inversión ingresó en una etapa de retroceso intenso, acelerado y que encima va sobre sus factores de mayor valor relativo.

Para empezar, los últimos números del INDEC dicen repliegue del 11,7% en el tercer trimestre y del 25% en el cuarto. Dentro del cuarto, aparece un 13,8 de la construcción y un par de bajones que implican pérdida de calidad pura: 30,5% en la compra de máquinas y equipos, con un 33% para los que son de origen nacional y 30% para los importados.

La construcción tiene un efecto inmediato pero no muy prolongado sobre la economía, como que prácticamente se agota con la obra terminada. En el contraste, la inversión en máquinas y equipos -fierros como les dicen los industrialistas- lleva la ventaja de incorporar tecnologías y procesos más modernos y, de seguido, aportar productividad, competitividad y crecimiento acelerado. La ausencia de inversiones de ese tipo implica, justamente, quedarse sin activos por donde se mire imprescindibles y perder el tren, cosa que pasa hace años.

Un informe de la consultora Orlando Ferreres & Asociados añade a este cuadro los datos estimados del primer trimestre de este año. Dicen que la inversión total habría caído 15,6% y 26% la colocada en máquinas. La venta de insumos de construcción, una aproximación al estado del sector, revela un traspié del 16% durante el mismo período.

Según las cifras del INDEC, las proporciones de 2018 cantaban 37% para construcción, 45% para máquinas y poco más del 10% para equipos de transporte.

Falta un resto que también suena a valorización o a desvalorización: el muy modesto 5% al que queda reducida la inversión en ciencia y tecnología. Y aun cuando últimamente hubo avances allí, medida a través del PBI la de Argentina está por debajo del promedio de América latina y muy por debajo de Brasil y de otros países con ingresos comparables al nuestro.

Sobran formas de explicar el muy pobre despliegue de la inversión productiva y entre ellas pueden computarse:

El contraste con el rédito, enorme y de corto plazo que deja la inversión financiera, hoy con tasas que superan el 70%. Eso le pone una vara altísima a cualquier emprendimiento que no reúna condiciones, beneficios y reaseguros similares a los que reúnen Vaca Muerta, las energías alternativas o muy pocos más.
La caída de la economía y su correlato en la capacidad de producción industrial sin utilizar: el 38,4% que hubo en abril pasado, y siempre al borde del 40% desde 2016. Luego, en gran parte de la industria manufacturera hay mucho espacio que aprovechar antes de pensar en invertir.
Un ahorro interno de corto plazo, que deriva en falta de financiamiento a largo plazo y, además, muy dolarizado. Y el crédito internacional, cerrado.

Salvo contadísimas excepciones juega la hace tiempo mentada ausencia de un proyecto propio entre los empresarios, que es igual a escaparle a alguna inversión que huela a riesgo. Lo cual, vale aclarar, no es lo mismo que decir empresarios amigos, que de eso nunca falta.

Finalmente, la inversión argentina anda ahora por el 17-18% del PBI, contra el 21-22% de Chile y México o el 26% de Perú y Colombia en el año 2015. Pero nunca esa relación llegó a alcanzar un estándar como el 25% del PBI que se considera el “deseado” para economías en desarrollo.

Según los especialistas, recién por encima de ese umbral y persistentemente podría decirse que se ha entrado en una etapa de crecimiento sustentable. En un mientras tanto que pinta para largo, la inversión privada resulta escasa y la pública, apretada por los compromisos con el FMI, resulta menos que escasa.

Las cuentas oficiales muestran que entre enero y abril los gastos de capital apenas subieron un 2,8%: en realidad se desplomaron, pues durante ese período la inflación orilló el 60%. Lo que se dice ajuste fiscal y ajuste fiscal que toca obras básicas en las provincias, porque gastos de capital son también giros para viviendas, desarrollo urbano, cloacas y agua potable. Y aun con lo que hay, tenemos un ganador: el gobierno de la Ciudad.
CLARIN


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