El Gobierno niega la posibilidad de una derrota electoral con la misma pasión que usa para ignorar la dimensión de su fracaso.


Por Julio Bárbaro

El Presidente, en sus discursos, insiste en que hay un solo modelo y es el propio. Luego están las elecciones, a las que intenta reducir a un acto administrativo, como si su fanática demonización del adversario fuera compartida por las mayorías dañadas por sus errores. Ubica la derrota en el lugar de la tragedia, y al hacerlo expresa su discutible vocación democrática. Aquella frase "el Estado soy yo" definía como pocas la vocación autoritaria, esta perorata de "la democracia soy yo" desnuda su limitada aceptación de la concepción de libertad.

El Gobierno de Macri fracasó a toda orquesta, más aun, al elegir a su adversario como enemigo y a la confrontación como propuesta, cae en la enfermedad que dijo y debía intentar superar. El riego es grave, todas las encuestas marcan la dificultad. Hasta el oscuro estratega Jaime Durán Barba, que eligió la guerra como destino, inicia su retirada intentando justificar el extravío. Cuesta entender que eligieran vivir desafiando al pasado mientras transitan la más cruel impotencia de mejorar el presente y convierten a la esperanza en un espejismo denominado "brote verde del segundo semestre".

Hay un tiempo límite para el alarido de los elegantes explicando: "La culpa la tuvo el otro", un tiempo que de sobra han gastado enriqueciendo bancos y empresas de servicios, empobreciendo millones de ciudadanos y destruyendo buena parte de la estructura productiva nacional. Dejan deuda y pobreza, y promesas de bonanzas en las que ni siquiera ellos confían. Y solo se refirieron al "inversor extranjero", el productor y el trabajador no son esenciales a su concepción del mundo. Hasta algún idiota imagina que van a votar a Mauricio Macri para no espantar a los inversores. Exagerada manera de ignorar al otro y su difícil realidad.

Hay dos datos que me alarman: la atroz negación del riesgo de perder las elecciones y el fanatismo con el que intentan echarle la culpa al peronismo.

Los leo y, mucho peor, los escucho denunciando culpables y negando riesgos de derrota. Intentan justificar la falta de talento con la desmesurada corrupción ajena, como si también negaran la obviedad de lo lejos que están ellos de ser un dechado de trasparencia, mientras nadan en sus propios negociados.

Un gobierno de los bancos y las empresas de servicios, de los capitales golondrinas y los acreedores extranjeros, esencialmente de intermediarios desesperados por las comisiones que genera adquirir afuera aquello que intentamos y logramos fabricar nosotros. Vocación colonial, infantiles, imaginan que el mundo los respeta sin asumir que el riesgo país es la nota con la que califican los peligros de sus extravíos. Apostaron a los defectos de su enemigo, impotentes de dialogar con adversarios, sin asumir que la dimensión de sus errores sería capaz de revalorizar la convocatoria a la demencia que intentaron remedar. Tenían todo en sus manos para ser exitosos, casi les resultaba más complejo el error que el acierto, pero venían con ese cóctel insuperable que mezcla soberbia con mediocridad.

Pareciera que van a ser vencidos por ese demonio al que nominan "populismo", caerán en el campo de batalla de ese arte que ignoran y devalúan, de ese espacio desde el cual todo gobierno debe intentar la trascendencia y se llama "política". Ese saber que define el rumbo del destino colectivo está mucho más allá de los negocios personales o grupales, de la economía, de las encuestas y los asesores. En esencia, no pueden convivir con la picardía y la pequeñez de los aficionados al destino ajeno. La política es un arte y las artes no soportan amateurs que eligieron la "viveza" como suplente de la inteligencia.

No soy pesimista, solo alguien dolorido, porque del otro lado del peronismo o de ese supuesto "populismo" había posibilidades de proponer políticas de Estado y propuestas democráticas. Nada de eso hizo el Gobierno que agoniza, nada de eso, y en su energúmeno mecanismo de negación ignora sus errores, y desconoce y niega el riesgo de fracaso.

Nos dejan deuda, pobreza, quiebras y, lo peor, la amenaza de retorno de aquel gobierno que juntos intentamos superar. Eso es lo terrible de los mediocres, suelen convocar todo aquello que se propusieron eliminar. Esa es la foto del presente que solo ellos se niegan a asumir.
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