Escucha en vivo

Estuvo a punto de ser Patrimonio de la Humanidad y, por ahora, no fue. Pero la estética chamamecera gana corazones dentro y fuera del litoral. Aquí, el testimonio de una fan.


Patricia Kolesnicov

A Ramón lo encontramos en el camino que va al arroyo, media hora río adentro en el Delta. Vestido con malla y camisa blanca, no tardó nada en contarnos su dolor: lo habían echado del astillero. Treinta años había trabajado allí y ahora, decía con el énfasis de un correntino, no podía ni entrar. Pero eso no era lo peor sino esto: el que había tomado la decisión era el hijo del dueño. "Le crié, le enseñé a pescar sin impaciencia, lo vi hacerse alto, lo quise como a un hijo", decía Ramón. "Un cuchillo por la espalda me clavó", se lamentó ese hombre grandote de manos duras, pronunciando esa "elle" de campanitas que usan en su provincia. Un cuchiLIO.

Por ahí empieza la cosa con el chamamé. Una forma lírica de mirar la realidad. Como cuando dice: "Llora la costera al preguntar:/ “¿Dónde está mi amor, mamboretá?”,/ y el mamboretá, como negando/ su cuerpo está balanceando/ en la rama del sauzal".

No hay parodia en el chamamé ni miedo al ridículo. Si lo "cool" es, en un sentido literal, lo frío, lo distante -y de ahí derivó a algo así como lo que llamábamos "canchero"- ,no es "cool" el chamamé, ningún viento fresco sacude ese litoral. Más bien calor, humedad, sentimientos a la vista. "De todas las flores bellas que han perfumado, ninguna con tu fragancia ni tu candor", dice un verso. Y otro: "Lozana, grácil y esbelta, mi flor amada/ en un rincón venerado te llevaré/ presente estarás por siempre flor nacarada/ que en mi corazón amante conservaré".

¿Exagerar? Para nada, es el litoral y todo es grandioso. Una belleza de rococó -como el ñandutí que se teje en la región- que hace pensar en el modernismo. La flor es nacarada, Rubén Darío está a la vuelta de la esquina.

En estos días el chamamé estuvo a punto de ser declarado Patrimonio de la Humanidad pero por cuestiones formales no ocurrió.

Sin embargo el ritmo, su poética, gana corazones dentro y fuera del litoral. ¿Qué expresa? Gabriel Romero, presidente del Instituto de Cultura de la provincia de Corrientes, decía hace unos meses que son varias cosas: "Uno es el vínculo de los litoraleños con el paisaje, otro es el amor y el desamor. Y el tercero, las profundas creencias religiosas."

¿Por qué me vuelve loca el chamamé?

Algo hay de esa estética preciosista puesta en este presente tan de concreto, por un lado. Y enseguida, el guaraní. ¿Cómo no conmoverse con el salpicado de guaraní en las letras, que los foráneos no entendemos? El famoso Kilómetro 11, Ramona Galarza lo canta así: Nerendápe ayú yevi/ de nuevo a implorar tu amor/ Sólo hay tristeza y dolor/ al hallarme mombiri. Y así todo el tema y casi todos los temas. Y aquí, en la vida y en el canto, la lengua de los conquistados resiste como un yuyo entre guijarros y va creciendo por la pared del castellano. Y en los europeos dientes de los Garcías, los Pérez, los Galarzas, los Bofilles y los Abitbol se cuelan el aguará, el amambai, los cunumí y el verano, como en la canción, puede ser ka'u, borracho.

El paisaje, decía Romero, y acá está el río, en todas partes. "Río, mío", canta Ramón Ayala y sí, mío, el río en todas partes. En el canto de esa espera que espera un amor que se fue en la lancha. En el verso de Pocho Roch en que "la luna es un camalote". En la promesa de un ranchito "que tenga color amor,/ventana al rio, puesta del sol". Y por supuesto: "El viejo río que va/ cruzando el amanecer/ como un gran camalotal/ lleva la balsa en su loco vaivén". El río es filosófico en el chamamé, por eso el amor se aleja y no vuelve porque "el río va, solamente va". Ese río que es todo también es la desgracia: se me pone la piel de gallina todavía con el "apurá, te digo, que llega el río y no sé por qué/ el silencio aturde, asustándome", de Apurate José", una canción tan famosa que a veces la fama la tapa y cuesta escucharla.

Finalmente, ¿finalmente?, el trabajo, que se cuela por todas partes y es el trabajo de la tierra. Ayala le dedica versos espléndidos: "Selva, noche, luna/ pena en el yerbal", empieza su canción al Mensú, que incluye la brutalidad del capataz: "Neike, Neike (vamos, vamos), el grito del capanga va resonando". Y en otro tema, Cosechero, recuerda que el trabajo y los cuerpos de los trabajadores se traducen en dinero: "Algodón, que se va, que se va, que se va/ Plata blanca mojada de luna y sudor". No puede ser más bello.

"Pasan resonando en el silencio/ las lanchas que acarrean/ maderas y frutales", se canta en Costera. Y está el taipero poriahú (peón pobre de los arrozales) de Roch y Tarragó, aquel de "Taipero poriahú/ domingo largo/ la noche va llegando/ de otros pagos". El trabajo es el de la tierra y es orgullo pero la tierra es de otros: en el chamamé esto está claro.

Acá un compañero me pregunta por qué a mí, nacida tan cerca del Obelisco, me vuelve loca el chamamé. Será su humedad, su desmesura, su barroco, su río, su altivez, su ñandutí.

Qué ganas de gritar que yo también nací en la ribera azul del Paraná.
CLARIN

Sábado, Diciembre 15, 2018
Profesores Osuna y Vivaldo ENET Nº 1

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