Informes de EE.UU. y Gran Bretaña habían adelantado que hubo una implosión. Pero fueron desoídos.

Daniel Santoro
Desde el 23 de noviembre de 2017, informes secretos de EE.UU., Inglaterra y Austria que habían llegado a la Armada ya sostenían que no habían quedado restos de los cuerpos de los 44 héroes del submarino San Juan y, sin embargo, se continuó con el operativo de búsqueda y rescate 7 días más.

A un año de la desaparición de la nave fuentes militares y científicas revelaron a Clarín detalles inéditos de esa frustrada etapa de rescate. Un primer informe, fechado el 24 de noviembre, del experto norteamericano en acústica marina, Bruce Rule, revelaba que durante la implosión que sufrió el submarino el agua de mar entró a una velocidad de 4 mil kilómetros por hora. “Con esa presión no queda nada de un cuerpo humano”, explicaron las fuentes. Además, la implosión duró un tercio de segundo lo que no puede ser percibido por los tripulantes. El reporte de Rule, el mismo que investigó la desaparición del submarino norteamericano Scorpion en 1968, le fue entregado al entonces jefe de la Armada, Marcelo Srur y al ministro de Defensa, Oscar Aguad.

En esos informes, que tiene la Armada, la comisión bicameral del Congreso y la Justicia, más la investigación que hicieron tres submarinistas convocados por Aguad, quedó registrado que el ex jefe de la base naval de Puerto Belgrano, Luis López Mazzeo, avisó el 16 de noviembre al mediodía a Srur que el San Juan no se había comunicado con la base de Mar del Plata. Recién nueve horas más tarde, Srur informó al secretario de Coordinación, Juan Miguel Chichizola, de la alerta sobre el submarino. Mientras tanto, el jefe de la fuerza de submarinos, Claudio Villamide, ya había lanzado a media tarde una orden de búsqueda y horas después la corbeta “Sarandí” estaba navegando en la zona en que se reportó la última comunicación. Desde la cúpula de la Armada se criticó, entonces, a Villamide con una frase parecida a esta: “Díganle a ese paniquero que no insista con esas alertas”. En Buenos Aires se insistía en que solo se trataba de "un problema de comunicaciones".

El 17 de noviembre, el “Sarandí” luego de inspeccionar la zona con el apoyo de aviones de la NASA y la Armada de EE.UU. informaba que había dado “negativa” su búsqueda en la superficie. En otras palabras, el San Juan no había podido salir a la superficie por sus propios medios, como correspondía. Ese mismo día, EE.UU. ofreció sus mejores equipos de rescate. El informe decía que solo quedaban “168 horas” de tiempo para intentar rescatar a los tripulantes con vida y que el operativo le iba a costar “no menos de 70 millones de dólares”.

Naves de EE.UU. se sumaron a otras de Inglaterra, Chile, Brasil, Rusia, Uruguay y otros países. “Parecía el desembarco de Normandía en el Atlántico Sur”, recordó una fuente. Al principio, hubo fuertes recelos entre los marinos norteamericanos y rusos. El 30 de noviembre se levantó el operativo de búsqueda y rescate (SAR, en las siglas de la marina) y luego se desató una feroz interna entre Srur y López Mazzeo, que terminó con el pase a retiro del primero. Desde ese momento "no se sistematizó" toda la información de falsos contactos, análisis científicos y el informe de la Organización para la Prohibición Total de Pruebas Nucleares (CTBTO). Así empezó, el mes pasado, la búsqueda de la empresa privada Ocean Infinity con el buque noruego Seabed.

En manos de los investigadores señalados hay un informe secreto de la Armada de EE.UU. que llegó un día antes del reporte del CTBTO, es decir del 22 de noviembre. Habla de registros de una implosión del día 15. La hipótesis más probable, tal como adelantó Clarín, es que luego del principio de incendio del 14 noviembre que afectó las baterías de proa, un chispazo provocó al día siguiente una explosión del hidrógeno que se había acumulado en el interior de la nave por la caída de agua desde la famosa válvula Eco-19. Dice el informe de Rule que la explosión del hidrógeno mató o dejó inactiva a la mayoría de la tripulación y en ese momento no pudo lanzar ninguna señal de emergencia y se perdió el control del submarino que comenzó, desde un plano profundo (40 metros de profundidad), a caer hacia el lecho. Unos 20 minutos después cuando llegó a los 468 metros, se partió la “cola de pato” -la proa donde está la hélice- y por allí entró el agua a 2 mil kilómetros por hora. Eran las 10.51 de la mañana del 15 de noviembre de 2017. La implosión, según el cálculo de Rule, equivalió a una carga de 5.216 kilos de TNT.

“No se arrugó como una lata de aluminio”, sino que se había quebrado la cola, la “vela” (torreta) y el casco central. Según un informe británico, 24 minutos después se registró otra anomalía acústica de poco volumen que podría haber sido el choque con el fondo del mar. El problema para la búsqueda es que si luego rodó y cayó sobre un cañadón de la plataforma marítima.

Las fuentes niegan que se haya hundido por el ataque de otra nave. “Es una pavada. Las anomalías acústicas también fueron registradas por el sismógrafo argentino de Tornquist”, explicaron las fuentes.

El otro inconveniente para esta etapa de la búsqueda que la mayoría de los oficiales que participaron el operativo internacional fueron cambiados de destino y están preocupados por las investigaciones de la jueza federal de Caleta Olivia, Marta Yañez, la bicameral y Defensa. Por lo pronto, Yañez llamó a declarar como testigo al vicelamirante López Mazzeo para este viernes. La pregunta que queda flotando es por qué recién hace 7 días el Seabed comenzó a buscar en el aérea que había rastrillado el buque chileno “Cabo de Hornos” y que recomendaron EE.UU y Gran Bretaña. Una fuente militar se preguntó que hará la empresa Ocean Infinity con toda la planimetría que ya tiene de la parte de la plataforma argentina, donde el año pasado se hizo prospección petrolera, y que había evitado hasta ahora.
CLARIN


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