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La imagen negativa de Macri y la de Cristina. Similitudes y diferencias. Por qué el jefe de Gabinete ya trabaja con vistas a 2019. Los fantasmas que acechan al Presidente. Y el rol de Monzó en Cambiemos.


Santiago Fioriti

Días atrás Marcos Peña estuvo mirando y analizando encuestas. Es una tertulia que le apasiona y que pocas veces comparte con otros ministros. Siempre ha sido extraño el manejo de los estudios de opinión pública en el macrismo, que Peña monopoliza desde el día en que Mauricio Macri abrió por primera vez el despacho de la jefatura de Gobierno, en diciembre de 2007. En épocas de campaña, por ejemplo -cuando el resto de las fuerzas políticas se ocupa de difundir sus mediciones, por supuesto auspiciosas-, los números se guardan bajo siete llaves y en los períodos estrictamente de gestión son pocos los funcionarios que tienen acceso a ese particular y voluminoso trabajo, que llega a la Casa Rosada una vez por mes y se compone de preguntas de las más extravagantes. La reserva se deja levemente de lado en los tiempos preelectorales como este, aunque, a diferencia de la conducta clásica del peronismo, las cifras se maquillan cuando exhiben a los candidatos propios con ventaja y se dejan trascender cuando aparecen nubes negras. “Es que este espacio es muy raro”, al decir de uno de los peronistas que habitan Cambiemos.

Algo de eso debe estar pasando por estas horas porque en la cima del poder comenzó a filtrarse un sondeo de la consultora Aresco que desnuda como nunca antes la profundidad de la caída de Mauricio Macri. La encuesta que monitoreó Federico Aurelio, una de las tres que llegan con regularidad a los despachos de Balcarce 50, pone en pie de igualdad a Macri y a Cristina Fernández de Kirchner. El Presidente acumula una imagen positiva del 38% y una negativa del 58%. Creer o reventar: su predecesora reúne cifras casi idénticas. A un año de la batalla final por las presidenciales tiene 39% de positiva y 58% de negativa.

A Macri lo persiguen dos fantasmas: no sólo cae al mismo nivel de su principal rival, a la que hasta diciembre del año pasado le llevaba cerca de 20 puntos -lo que también establece que a ella no se le escapa una sola adhesión, pese a la acumulación de procesamientos-, sino que el mismo sondeo revela que su desempeño personal está a la par del de su gestión, cuando hasta ahora había estado por encima. La muestra de Aresco que pasó por las manos de Peña acaso sea la más representativa de las que circulan en el mundillo político: se compone de 4.600 entrevistas en distintos puntos del país.

Claro que en el Gobierno siempre hay lugar para evitar interpretaciones tremendistas. Es más, hasta pueden hacer valoraciones positivas. Esto es factible, elucubran, porque el primer mandatario aún no quebró definitivamente su lazo con los desencantados, esto es, los que lo votaron y hoy dicen que no lo votarían, pero que están más lejos de una opción con perfume kirchnerista. “Es casi un milagro que todavía estemos a tiro de ganar en primera vuelta el año que viene”, dicen los que no dejan de pensar que en los dos últimos meses se acumuló 10 % de inflación, la misma que pueden llegar a tener en tres años Bolivia o Paraguay.

Otras voces -mucho más cercanas a la de Macri- interpretan que la prioridad era estabilizar el dólar y que esa meta parece empezar a dejar de ser un problema. En ese punto, las últimas dos semanas fueron las mejores de los últimos siete meses. Para un gobierno con tantos apremios no alcanza, pero no es poco.

Peña viene dedicando buena parte del tiempo que no le consume la gestión a tramar la estrategia y los ejes discursivos de la próxima campaña. Eso explica, aunque solo en parte, su sugestivo silencio frente a los periodistas, del que se acaban de cumplir dos meses. La última vez que brindó una entrevista formal fue la mañana del 30 de agosto en Radio Mitre. “No estamos ante un fracaso económico”, le dijo a Marcelo Longobardi. Casualidad o no, esa mañana los mercados reaccionaron: el dólar tocó los 40 pesos y se disparó el riesgo país; el Banco Central tuvo que subir las tasas y los encajes para llevar más tarde algo de tranquilidad. El jefe de Gabinete no perdió peso puertas para adentro, pero hacia afuera optó por el bajo, bajísimo perfil.

“Marcos ya está enfocado en el proceso electoral porque ve que el Gabinete tomó otra impronta”, aseguran en su entorno. Otro hombre que habla todos los días con él afirma: “Está cómodo así”. El jefe de Gabinete ha puesto en marcha el búnker de Balcarce y Belgrano. La tarea de comunicar y armar el día a día ahora es compartida con el resto de los ministros. Después de aquel frenético fin de semana en el que se decidió reducir los ministerios a la mitad desaparecieron las reuniones de coordinación y regresaron las clásicas reuniones de Gabinete. Los ministros se sienten fortalecidos y están habilitados para hablar de cualquier tema. Tienen diálogo permanente cara a cara con el Presidente y ya no está el filtro de Mario Quintana y Gustavo Lopetegui. A veces, incluso, ni siquiera el de Peña. “Lejos de lo que se cree, Marcos está más aliviado”, dicen.

Rogelio Frigerio pasó en los hechos a ocupar el rol de Peña ante los medios. Tiene mayor visibilidad y juego propio que antes de los cambios. Ocurrió, y quizá no sea casual, luego de que él mismo presentó la renuncia como parte de una iniciativa que tendía a oxigenar el Gobierno en momentos de crisis. “Ya nadie le reprocha nada. Ni una declaración ni cómo encarar una negociación política”, dicen en su ministerio.

Frigerio tuvo a cargo la negociación del Presupuesto con los gobernadores peronistas junto a su socio en Cambiemos, Emilio Monzó, que movió los hilos en el Congreso. Macri descansó en ellos al punto de no haber interferido prácticamente con ningún llamado mientras el proyecto se debatió en Diputados. El presidente de la Cámara volvió a dar una muestra de compromiso, pese a que hay sectores que buscan instalar que volverá al peronismo.

Sobre ese punto hay una verdadera confusión, una polémica vieja. Monzó no quiere presentarse de nuevo en la lista de diputado para 2019, algo que anunció hace varios meses. Pero, al revés de lo que se dice, quiere ser reelegido como titular de la Cámara. El plazo vence el 10 de diciembre. “Mi deseo es seguir hasta el final del mandato de Cambiemos”, le dijo a Clarín. El radical Mario Negri, con peso clave en el recinto, ya lo da por hecho.

Eso no quiere decir que Monzó no tenga diferencias con la Rosada. Las tiene y son marcadas, en especial con Peña y Jaime Durán Barba. Monzó conforma un bloque político con Frigerio y con su vice en Interior, Sebastián García de Luca y con el jefe del bloque de Diputados del PRO, Nicolás Massot. Para entender ese vínculo hay que retroceder a 2015: fue Monzó, tras haber sido el principal armador nacional, el que le pidió a Macri que designara a Frigerio como ministro y a Massot en Diputados.

Las fricciones en Cambiemos siempre son matizadas por los dardos en la oposición. El dato que publicó Clarín días atrás fue revelador. Juan Grabois, nexo insoslayable con el Papa, lanzó su agrupación y pidió el regreso de Cristina, pero “sin los corruptos”. Cristina lo llamó para criticarle el discurso. Y Julio De Vido lo acusó de ortiba desde la cárcel. 2019 no será un paseo para nadie.
CLARIN

Miércoles, Noviembre 14, 2018
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