Brasil en crisis ¿Por qué es el peor momento de Jair Bolsonaro?

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El presidente brasileño está acorralado, perdió el apoyo del establishment y de sus aliados.


Marcelo Cantelmi
Por eso despidió a la cúpula de las FF.AA., para intentar rearmar una verticalidad castrense que lo escude de un eventual juicio político.

El Ministro de Economía brasileño, Paulo Guedes, suele exhibir un calendario ominoso sobre el destino de su país. Afirma que “para volverse como Venezuela demorará un año y medio, pero para volverse como Argentina, le alcanzará con seis meses”. Brasil solo escapará de ese destino si marcha durante más de una década en la dirección contraria a la actual, sostiene.

Puede ser una exageración. Guedes es un economista de linaje ortodoxo, de la Escuela de Chicago, una institución que se coronó con el famoso monetarista y Premio Nobel, Milton Friedman. Nota al pie a los fines de la memoria, la misma usina de la cual también salió Joaquim Levi, el primer ministro de economía del segundo gobierno de Dilma Rousseff. Sí, del PT.

Pero lo que importa es lo que este funcionario del sorprendente gobierno de Jair Bolsonaro está exponiendo con esos comentarios. No esta sugiriendo el peligro de alguna amenaza populista externa. Lo plantea sobre el mismo gobierno al que pertenece. Pero aún más significativo, lo que Guedes dice es lo que dice el establishment, no tan en sordina, respecto a una administración que nunca encontró el rumbo prometido y que ha agravado el cuadro de la economía con endeudamientos, nuevos impuestos, intervencionismo y políticas negacionistas de la pandemia.

Esa posición crítica fue expuesta hace menos de diez días en una carta abierta firmada por dos centenares de ex ministros, ex presidentes del Banco Central y ejecutivos de grandes corporaciones, como el CEO de la mayor empresa empacadora de carne de Brasil o el titular del directorio del Banco Itaú, el conglomerado financiero más grande del hemisferio sur.

Ese sector del poder real del país, advirtió que “mientras la pandemia no esté controlada por la acción competente del gobierno federal la recesión económica no se superará”. Y reclamó una política consistente de vacunación, la distribución gratuita de barbijos y el fomento gubernamental de su uso.

“La mejor combinación es aquella que maximiza los beneficios en términos de reducción de la transmisión del virus y minimiza los efectos económicos”, sostenía el documento, una clara crítica a la actuación del mandatario, pero no solo por la enfermedad y su enfoque.

El punto de tolerancia de ese sector se resintió aún más cuando Bolsonaro, en un gesto de mayor intervencionismo con fines electorales, echó al presidente de Petrobras y lo reemplazó con un general retirado del Ejército a quien dió el mandato de cesar los frecuentes aumentos en los combustibles. La consecuencia fue un desplome de 21% del valor accionario de la empresa, una pérdida en apenas minutos de 18 mil millones de dólares.

Quienes formulan estas críticas son los mismos sectores del poder que arroparon la candidatura de Bolsonaro para evitar de múltiples modos que el lider del PT Inacio Lula Da Silva regresara al gobierno y que ahora se alarman conviviendo con “el presidente más inepto de la historia de la nación”, como O Estado de Sao Paulo, un medio cercano a esos grupos, describe implacable a Bolsonaro.

Estas contradicciones importan porque están ahí buena parte de las respuestas a la crisis actual en Brasil y el motivo de los movimientos espasmódicos de un gobierno acorralado y cegato que aún se ilusiona con la reelección el año próximo.

Han sido comunes las comparaciones entre Bolsonaro y Donald Trump, por su desprecio al otro, el rechazo al cambio climático, a la globalización y por una similar soberbia de la ignorancia en la actitud frente a la enfermedad. Esos parecidos entre estos enormes demagogos florecen nuevamente ahora por la percepción de que se supone que los unirá un destino parecido devorados por el mismo monstruo.

La pandemia fue el mayor lastre en los hombros de Trump porque no solo arruinó la economía de EE.UU. sino que exhibió a un presidente sin capacidad para enfrentar un problema de esa dimensión. Como Bolsonaro, prefirió negar la gravedad de la amenaza al costo de resignar su reelección. El magnate de Nueva York, como hoy sucede con el mandamás brasileño, perdió el apoyo de los mercados y las corporaciones que en EE.UU. sostuvieron, fortalecieron y financiaron la candidatura de Joe Biden para que se ocupe en serio de la enfermedad y de la economía.

Pero en Brasil no hay un Biden. No aún por lo menos. Y queda poco tiempo para hallarlo en la galera. Mientras tanto, Lula da Silva, casi totalmente liberado de su carga judicial, regreso al ruedo con posibilidades de llegar otra vez al gobierno para espanto de una gran parte de ese sector del poder que culpa a Bolsonaro por este desenlace. El crecimiento de Lula no es una casualidad.
Los datos

La Fundación Getulio Vargas reveló que el año pasado alrededor de 22 millones de brasileños cayeron en la pobreza. Y tres de cada 10 viven con algún grado de inseguridad alimentaria. Otro informe de la ONG Central Única de Favelas, que realiza un registro permanente sobre la situación en esos barrios marginales, sostuvo que 68% de sus residentes carecen de dinero para comida. Así de concreto y desesperante. Es lo que pavimenta el camino de Lula y llena de abismos el del ultraderechista.

En esta perspectiva, Bolsonaro es menos un paranoico que alguien bien informado. Sabe que la idea de un juicio político que lo derribe lo sobrevuela hace tiempo, y que hoy es más posible que antes por su debilidad y porque lo revolean sus propios socios políticos.

En un intento para retomar la iniciativa, Bolsonaro abandonó su narrativa religiosa y fanática y se abrazó a los partidos clientelistas del Centrao en el Parlamento, que funcionan como una ventanilla de apoyo a cambio de beneficios y prebendas políticas y de las otras. Esa alianza abrió el camino al descabezamiento de los jefes de las FF.AA., un medida más cercana a la imprudencia que a la estrategia.
Seguidores del presidente de Jair Bolsonaro, participan en una concentración en apoyo a su Gobierno Copacabana, Río de Janeiro, esta semana. Foto EFE

Seguidores del presidente de Jair Bolsonaro, participan en una concentración en apoyo a su Gobierno Copacabana, Río de Janeiro, esta semana. Foto EFE

Es necesario ir un poco hacia atrás, en este mismo marzo del año pasado, para hallar los indicios de lo que acabó sucediendo esta semana. En los últimos días de este mes de 2020 los jefes de la Aeronáutica, el Ejército y la Armada sostuvieron una reunión reservada con el vicepresidente, el general Hamilton Mourão.

Allí le garantizaron el apoyo de las FF.AA. en caso de que el mandatario, “por alguna razón”, acabara desplazado del poder. Bolsonaro no hizo nada en ese momento, no podía. El titular de Diputados de entonces, el derechista Rodrigo Maia, tranquilizaba descartando un impeachment. Pero el jefe de Estado no le tenía confianza a ese legislador institucionalista. Se sintió más seguro cuando recientemente el Centrao se quedó con la dirección de las dos Cámaras del Parlamento.

Creyó que con esos cambios reunía la fuerza política necesaria para avanzar a un real control de las Fuerzas Armadas y que los uniformados le devuelvan con total verticalidad el beneficio de los 2 mil puestos a todo nivel que alcanzaron en el gobierno. Ese alineamiento debía incluir el respaldo contra gobernadores y alcaldes que imponían restricciones y la presión a la justicia para que vuelva a maniatar a Lula Da Silva y despejar el panorama electoral del año próximo.

En ese sentido el descabezamiento de la cúpula de las Fuerzas Armadas formó parte de un plan más amplio que incluía primariamente derribar al ministro de Defensa, el general Fernando Azevedo e Silva, y abrir camino para desactivar a la jerarquía castrense que se revelaba públicamente contra el involucramiento político que les exigía el presidente.

Esta estrategia buscó también construir un escudo de poder frente al Parlamento y al propio establishment sobre hasta dónde Bolsonaro sería capaz de correr los límites si se avanza en su desplazamiento. Al igual que Trump cuando estimuló el asalto al Capitolio para buscar retener el poder de cualquier modo.

La comparación es objetiva.Hace un par de semanas el líder brasileño hizo un claro llamado a la insurrección planteando que “mi ejército no va a salir a la calle para cumplir los decretos de cuarentena de los gobernadores. Si el pueblo decide entrar en desobediencia civil, no les entregaré el Ejercito ni por orden del Papa”. Es decir, rebelarse no tendrá costos.

Estas maniobras insurreccionales, como sucedió en el caso de su alter ego norteamericano, no son un signo de fortaleza, más bien lo contrario. La relación con el Centrao, que también es el establishment, está erosionada. Fue ese sector el que lo obligó a entregar la cabeza de su canciller Ernesto Araújo, el rostro más nítido de la ideología nacionalista de su gobierno, bastante lejos del liberalismo que proclamó en la campaña. Y es desde ahí donde, en boca del titular de Diputados Arthur Lira, se ha vuelto a plantear la alternativa de un juicio político, ahora más potenciada por estos excesos.

No es tan difícil de entender. Lo que le facturan al Bolsonaro populista y autoritario es que si sigue gobernando de este modo Brasil será lo que Guedes pronostica en su sombrío calendario. Pero eso es lo que es Bolsonaro. Lo que ha sido siempre. No hay lugar para desengaños.
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