Esta historia relata un capítulo sorprendente, poco conocido, pero muy elocuente de la forma de hacer política del presidente norteamericano.


Marcelo Cantelmi
Es con esos modos que ahora el magnate quiere aplazar las elecciones, amenaza no reconocer los resultados si pierde o negarse a abandonar la Casa Blanca. El escándalo que viene.

El relato que sigue contiene los rasgos de un culebrón político en medio de una tragedia. Puede resultar sorprendente para algunos por el escenario donde se produce, pero serían los menos. Solo se requiere una mirada y no muy sofisticada para advertir que la actual etapa exhibe alrededor del mundo una persistente violación de los límites por una dirigencia que, en muchos casos, logra con éxito convertir a la trampa en un sentido común.

 

Veamos. El Congreso de EE.UU. organizó un nuevo paquete de ayuda, esta vez de un billón de dólares, crucial aunque limitado para enfrentar las consecuencias de la crisis económica y social asociada a la pandemia de coronavirus. Como se sabe, esta enfermedad se ha extendido de un modo extraordinario en Norteamérica que hacia el fin de semana superaba los 150 mil muertos. La escalada de la peste tuvo el efecto de frenar una dudosa recuperación de la economía que acaba de registrar un derrumbe notable de -32% anual. o -9,5% en el segundo trimestre, amplificando la ya extensa legión de desocupados y abriendo un trasfondo imprevisible de conflictos sociales.

El plan de la Casa Blanca que llegó al Legislativo puede agravar ese cuadro. Uno de sus puntos polémicos rebaja de 600 dólares semanales a sólo 200 el suplemento sobre el seguro de desempleo que se entrega a los desocupados desde el estallido de la pandemia. Con ese dinero atienden sus cuentas, incluidos los gastos de salud. Pero comienza a ser insuficiente. Un fenómeno de esta pesadilla es que se multiplican los desalojos porque mucha gente no puede pagar los alquileres, problema que se agudizará con esa reducción.

El plan tiene otras sorpresas. En los pasillos del Capitolio acabó sucediendo un escándalo al comprobarse que Donald Trump escamoteó dentro del paquete de ayuda una línea de 1,75 mil millones de dólares. El propósito es la reconstrucción del cuartel que el FBI ocupa desde hace décadas en un viejo edificio de Washington. Este tema es una obsesión del presidente desde que llegó a la Casa Blanca y sólo en algunos momentos ha salido a la luz, como ahora. Lo interesante radica en los motivos de esa preocupación.

El terreno del histórico Edgar Hoover Building, construido hace 46 años en un apetecible rincón de la Pennsylvania Avenue, está en el blanco de desarrolladores inmobiliarios y de unos inversionistas en particular, que se proponen construir ahí un hotel. Hacia 2016 el gobierno de Barack Obama había decidido varias locaciones posibles, cerca de Beltway en Maryland o Virginia. El Congreso asignó por entonces 913 millones de dólares para el proyecto que se suponía tendría un costo tres veces superior. Pero sucede que el presidente -que, por cierto, no cumplió con las reglas de desprenderse de sus negocios cuando llegó al Salón Oval- es propietario, apenas a unos metros de ese viejo edificio, de un lujoso hotel, centro de otras disputas éticas porque aloja a las misiones internacionales que visitan la cercana Casa Blanca.

“ Tenían opciones muy lejos de Washington y yo les dije: ‘Francamente, tienen que estar cerca del Departamento de Justicia. No hay nada mejor que el sitio que tienen’”, ha reiterado el mandatario para exponer su rechazo a una mudanza. La intención fue siempre bloquear una eventual competencia hotelera y avanza ahora que la epidemia hace inevitables los auxilios. No es la enfermedad lo que mira sino lo que puede extraer de ella. Así, al menos, lo entiende la oposición.

El senador demócrata, Chuck Schumer, minoría en la Cámara Alta, se quejó en tono irónico observando el proyecto de ley de rescate: “No hay dinero para cupones de alimentos, sino una deducción por un almuerzo de tres martini para un gran empresario. Hay gran respaldo para contratistas de defensa, no hay respaldo para las personas que han sido expulsadas de su casa. Y para arrancar. . . el presidente Trump quiere que se construyan las oficinas centrales del FBI cerca de su hotel para que no pueda entrar una competencia, 2 mil millones de dólares para eso”. El enojo opositor viene desde antes. El partido cuestionó que la ayuda no incluía fondos para gobiernos locales y no contemplaba extender la asistencia individual. Los demócratas enviaron en junio su propio proyecto pero de tres billones de dólares. Los republicanos lo declararon de inmediato DOA (dead on arrival), muerto en cuanto llegara al Senado, recuerda The Washington Post.

El mismo diario consigna que, cuando la Casa Blanca propuso por primera vez insertar dinero para el edificio del FBI en la legislación de asistencia por el Covid y condicionarlo a mantener la sede en Washington, los legisladores republicanos bloquearon su inclusión en el proyecto de ley. Pero el funcionariado de Trump persistió de modo incansable para que las cosas se hicieran como demandaba el presidente.

Ahí aparece un dato que constituye uno de los aspectos más patéticos del culebrón que nos ocupa. Este último lunes los republicanos del Senado aparecieron acordando asignar la partida de 1,75 mil millones de dólares. Pero curiosamente los legisladores oficialistas comenzaron a retroceder cuando la disposición se hizo pública admitiendo que no tenían idea de por qué la Casa Blanca insistió con ese pedido. En una rueda de prensa que podría bien haber organizado el brillante Mel Brooks, el líder de la mayoría republicana, Mitch McConnell , negó con firmeza que esos fondos estuvieran entremezclados en las disposiciones de la norma. No hay tal cosa insistió añadiendo él también que desconocía las razones del interés del gobierno en ese tema. Pero fueron los propios periodistas quienes le aclararon que efectivamente ese título estaba allí. Solo era cuestión de leerlo, le mostraron.

Para abundar en la confusión, el senador Richard Shelby, otro republicano de nota y, particularmente importante porque fue el negociador del paquete de ayuda, tragó saliva y suspiró cuando uno de esos periodistas le hizo una sencilla consulta: qué tiene que ver un nuevo edificio para el FBI con la respuesta al coronavirus. “Buena pregunta”, se limitó a responder rendido. La confusión en el campo oficialista revelaría que también ellos cayeron en la trampa. Ron Johnson, el senador republicano de Wisconsin, le confesó a la CNN que encontró la inclusión de la disposición del FBI “bastante extraña”, mientras que Lindsey Graham, otro enérgico aliado de Trump, declaró que la medida “no tenía sentido”.

Finalmente, el cuento sigue con que el propio McConnell, el jefe del bloque republicano y espada legislativa central del gobierno, debió salir al cruce de la novedad, aclarando un día después de aquella simpática rueda de prensa que frenaba la inclusión de la línea para el edificio Edgard Hoover. “Me opongo a las enmiendas no pertinentes” a la propuesta, dijo después de una reunión con sus pares y funcionarios de la Casa Blanca. Fascinante haber asistido a esas reuniones.

Este es el relato de un episodio menor atento a lo que ha sido la gestión de este presidente, pero es significativo de un comportamiento ligado a la noción del “todo es posible” mucho más común y frecuente, si se quiere, en nuestra región u otros confines de la gran periferia mundial. Pero el caso importa, además, para comprender la gravedad de dos aspectos centrales en la agenda norteamericana.

Trump intenta escapar a lo que hoy podría ser una segura y amplia derrota frente al demócrata Joe Biden en las elecciones de noviembre, con una reiterada denuncia no probada de que el voto por correo, que la pandemia generalizará como nunca antes, acabará produciendo un fraude en las urnas. “Con el voto por correo universal 2020 será la elección más inexacta y fraudulenta en la historia. Sería un gran bochorno para EE.UU.” escribió hace pocas horas en un tweet en el cual planteó por primera vez la idea de que los comicios deberían postergarse. Lo hizo en los mismos momentos en que la economía le daba aquel un nuevo golpe a sus esperanzas. Esa alternativa sobre las elecciones liga con su otra amenaza, también repetida, de que no es seguro que reconozca los resultados electorales en caso de que pierda su intento de seguir en el poder. Es decir que aspiraría a mantenerse en la Casa Blanca a despecho del fallo de las urnas. Más Mel Brooks.

Lo cierto es que ni una cosa ni la otra tiene posibilidades. En principio, el presidente no cuenta con poder para esa decisión. Las elecciones en EE.UU., así está legislado, las convoca el Parlamento y no hay previsiones constitucionales que ameriten un retraso. Y por cierto, si se empaca y no entrega el poder, el propio Biden ha respondido que para esos están las fuerzas federales que lo echarían de la Casa Blanca. Pero vale tener en cuenta esta historia que relatamos aquí porque indica que no estaría mal prepararse para un final de escándalo. Incluso alguna sorpresa si el mandatario prefiere arriar banderas antes de perderlas y regresar a su residencia y sus negocios.
© Copyright Clarín 2020

 

 


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