En estos días en que más falta hace el sentido común, lo desplazan los disparates.


Ricardo Roa
No hay mucha gente pero sí bastante ruidosa que en estos días no sólo difunde ignorancia sino que encima de la peste, siembra bronca.

El nicaragüense Ortega organizó una marcha contra el coronavirus. Curiosa terapia como la que ahí cerquita aplica López Obrador, que anima a los mexicanos no a separarse sino a juntarse. ”Sigan con su vida normal; vamos para adelante, no dejen de salir”, les ordenó el presidente que intercambia abrazos con todos como si no pasara nada. Cuando le preguntaron si no estaba dando un mal ejemplo, el subsecretario de Salud respondió: “La fuerza de López Obrador es moral, no es una fuerza contagiosa”.

Son personajes de García Márquez como Maduro, que ha montado unos cincuenta hospitales para enfrentar la pandemia. Dicen que la mayoría no tiene luz ni agua ni insumos médicos. Y solamente 80 camas con respiradores. ¿Y qué dice Maduro? Que tiene la píldora que cura el virus. Superó lo insuperable: aquello de Chávez apareciendo ante él como un pajarito.

Bolsonaro hace o hacía cosas parecidas y Trump que tanto afirma una cosa como la otra habla de la cloroquina como remedio. No se le cree. Un virólogo francés la usa y dice: funciona. ¿Le creerán?

Aquí no podíamos estar afuera de esos mundos. El de la gripe y el de las barbaridades que parecen gratuitas y sabemos no lo son. El argumento más extremo y ridículo se escuchó de boca del ministro de Seguridad de Santa Fe, Marcelo Sain, el mismo que había dicho que la epidemia de asesinatos narcos en su provincia era estacional.

No son o no deberían ser tiempos para, desde puestos de relevancia, hablar sin pensar como Sain, que acaba poco más o poco menos de descubrir la causa del virus entre nosotros: los chetos que viajan al exterior.

Es el nuevo relato de una ideología antigua y berreta: el virus como problema de clase. Más que ideología, es discriminación. La creación de un enemigo. Podría proponer que los contagiados macristas no sean atendidos en los hospitales públicos.

Pero ojo con tirar al boleo: entre esos chetos puede haber algún jefe o jefa, como Cristina, que se fue después de que se implantara la veda y tuvo fronteras abiertas para regresar. Habrá que viajar con Cubana de Aviación.

Hay una razón y una razón de peso para cerrar fronteras: que los que vuelven no vuelvan infectados. Las han cerrado casi todos los países. Algunos a lo bestia como antes Estados Unidos y ahora Perú, que no deja entrar ni salir a nadie salvo que se lo pida otro Estado, como debió hacer la Argentina para mandar dos Hércules.

No se sabe qué países de la región tienen más gente tratando de volver a casa. ¿Acá equivalen a los que huyeron a la costa y no pueden regresar? No todos piensan igual en el Gobierno sobre a cuántos y cómo repatriar a los varados afuera, que están siendo traídos con cuentagotas. Muy argentino y casi delirante, esto otro: los intendentes rebeldes que toman su municipio como propiedad y con la excusa de cuidar a sus vecinos, buscan notoriedad bloqueando accesos.

Como no dejan pasar a los que no son locales, hay camiones de distribución de alimentos y embarques cancelados. Tan ridículo como cortar toda comunicación entre municipios a los que separa una calle o una avenida. Después, si falta comida o lo que fuere, dirán: yo no fui.
CLARIN


0
0
0
s2smodern
powered by social2s

Gobierno de corrientes

loteria suspension

Alternative flash content

Requirements

incone

publicidad vianda

Alternative flash content

Requirements