La Santa Sede posee a escondidas inmuebles de valores multimillonarios en Londres, y acciones y sociedades en paraísos fiscales.

Julio Algañaraz

Entrando al Vaticano​ por la puerta de Santa Ana, un anciano monseñor del Este Europeo que caminaba del brazo con Clarín, vieja costumbre romana, se detuvo y explicó: “Aquí tendría que haber un gran cartel que atravesara la calle y dijera: 'Con el dinero para los pobres es pecado mortal y un crimen hacer especulaciones financieras'. El nuevo escándalo, quizás el peor, que estalló a principios de octubre, ha llevado al paroxismo la indignación y el desaliento de muchos porque las investigaciones ordenadas por el Papa están descubriendo una cadena de delitos que hacen más sísmico el terremoto que sacude a la Santa Sede.

Al centro, el enésimo caso de manejos “non sanctos” en operaciones inmobiliarias, especialmente en la ciudad de Londres, riquísima plaza mundial en la que el Vaticano posee a escondidas inmuebles de precio multimillonario.

Después de tantos anuncios de operaciones de transparencia intentadas por Francisco, los resultados son desalentadores y han terminado por elevar a las cumbres del Vaticano choques entre los más poderosos colaboradores de Jorge Bergoglio. Como los que acaban de enfrentar al “primer ministro” de Su Santidad, el secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin, con el “ministro” (muy cercano al pontífice), cardenal Angelo Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

El centro del último escándalo ha sido la Secretaría de Estado, el principal órgano de gobierno del Vaticano, después que se descubrió que maneja un reservado fondo “extrabalance” de 650 millones de euros, reunidos en su mayor parte con las donaciones de los fieles que aportan al Obolo de San Pedro, instrumento de caridad del Papa, destinados a los más pobres.

La escandalosa operación inmobiliaria en Londres se hizo con dinero proveniente de este fondo. “Una operación opaca sobre la cual se hará luz”, comentó el cardenal Parolin sabiendo la que se iba a armar. El Papa vive proclamando lo contrario, la necesidad de una absoluta transparencia.

Un elemento clave de ocultamiento y corrupción es que la Santa Sede se esconde, al hacer inversiones en el exterior

El disparo apuntaba directamente a Becciu, que cuando se hizo la operación, en 2014, era el “Ministro del Interior” de la Secretaría de Estado y estaba a cargo de movilizar los fondos reservados para hacerles dar ganancias. “¿Por qué opaca?”, respondió fastidiado el cardenal. Recordó que desde la época de Pio XII la Iglesia compra edificios en Londres. “La Santa Sede invierte en ladrillos en varias ciudades del mundo”. “Nos ofrecieron este “palazzo” y la operación fue regular”. Aclaró que “nunca he tocado el dinero de los pobres”.

Guerra sorda declarada. El escándalo se expande y se complica. Hasta ha salpicado de lleno al primer ministro Giuseppe Conte​, que está dando explicaciones continuas por haber cobrado un jugoso honorario tras haber dado su opinión legal el año pasado, era candidato a premier, en uno de los tantos incidentes de la operación inmobiliaria en Londres.

Desde principios de mes, cuando estalló el escándalo, todo el aparato judicial del Vaticano, azuzado por el Papa, está investigando el caso.

La Santa Sede quería invertir 200 millones de dólares comprando una participación en una plataforma petrolífera en Angola.

Los fiscales de Francisco, llamados Promotores de Justicia, Gian Piero Milano y Alessandro Diddi ya han encontrado “graves indicios de peculado, estafa, abusos de oficio, reciclaje y autoreciclaje”, con “gravísimo delitos como la apropiación indebida, la corrupción y el encubrimiento”.

Estas acusaciones contra los responsables están siendo procesadas y son secretas, pero fueron reveladas por el semanario “L’Espreso” al que manos anónimas le entregaron el “dossier” de los fiscales.

En el comienzo y final de esta historia está el nombre de un llamado “financiero de asalto”, el italiano Raffaele Mincione, que ha ganado al menos 138 millones con la operación que él mismo inventó para que los inversores vaticanos compraran un edificio que había sido un viejo depósito de Harrod’s en pleno barrio rico de Chelsea, Sloane Avenue 60.

El “palazzo” era ya propiedad de Mincione, que había sido contactado en 2012 por el Crédit Swiss, el banco en que el Vaticano tenía depositados 500 millones de euros, que debían ser movilizados para producir réditos. Los de la Santa Sede querían invertir 200 millones de dólares comprando una participación en una plataforma petrolífera en Angola. Mincione los convenció que era un mal negocio y propuso el edificio de Sloane Avenue 60.

Un elemento clave de ocultamiento y corrupción es que la Santa Sede se esconde, al hacer inversiones en el exterior, en sociedades multiplicadas en paraísos fiscales como las islas Jersey del Canal de la Mancha, para que no se descubran sus actividades “reservadas”, que echan un gran mal olor.

El dinero destinado a los pobres se convirtió en acciones por 147 millones de libras esterlinas de un fondo luxemburgués del empresario Mincione, que se considera un audaz con buena fortuna. Un ejemplo: su yate, fruto de un negocio veloz, fue bautizado por su dueño “Bottadiculo” (Golpedeculo).
Departamentos de lujo

El objetivo fue convertir el depósito de 17 mil metros cuadrados de Harrod’s en cincuenta departamentos de lujo en Chelsea. Con el pasar de los meses el Vaticano comenzó a quejarse. Los costos de gestión del fondo luxemburgués de Mincione eran muy altos y el Credit Swiss cobraba comisiones del 8%. El edificio no rendía y la gestión de Mincione era muy costosa.

Cuando Angelo Becciu fue promovido a “ministro” del Papa y luego a cardenal, estalló el pánico entre los que quedaron con los carbones ardientes del negocio en Vaticano, hasta que llegó el sustituto de Becciu, el arzobispo venezolano Edgar Peña Parra.

El venezolano decidió que para salir del desastre que se avecinaba había que irse rápido del fondo luxemburgués de Mincione, el Athenas Capital Global. Peña Parra tomó una decisión heroica: comprar todo el edificio. Mincione vendió el 55% de su propiedad y salió del negocio en el que había ganado 138 millones de libras esterlinas. Dejó además como clavo un préstamo de 130 millones, que debió pagar el Vaticano cuando adquirió totalmente la propiedad.

La Santa Sede había quedado hundida en el pantano financiero. Se calcula que hasta hoy ha puesto 400 millones en el edificio de Sloane Avenue, que tiene un valor de 320 millones de esterlinas pero carece de administradores que hagan rendir la inversión.

Peña Parra acudió al IOR, el banco del Papa, para pedir 150 millones adicionales, alegando razones institucionales. El director del IOR negó el préstamo “a menos que lo ordene el Santo Padre”.
Pasan cosas muy raras

El Papa fue informado en junio pasado de que pasaban cosas muy raras en el negocio inmobiliario más empeñativo del Vaticano en los últimos años, con resultados financieros ruinosos. Francisco ordenó una investigación a fondo.

Lo peor es que por motivos misteriosos pero seguramente más que oscuros, una ves que el financista Mincione salió de escena, el Vaticano se hizo cargo del edificio pero como siempre escondiéndose detrás de otro financiero de asalto, Giovaluigi Torzi, ya acusado de malversaciones y estafas.

El nuevo propietario era la sociedad “Gutt”, luxemburguesa, representada por Torzi. El Vaticano debió pagar comisiones millonarias para recuperar la propiedad de “Gutt” y quitar a Torzi del escenario.

Los investigadores han descubierto corrupciones y delitos, junto con una montaña de pérdidas adjuntas en la última aventura del “palazzo” de Sloane Avenue, que hasta ahora solo ha rendido pérdidas y una pésima imagen a la Santa Sede.

Vaticano, corresponsal
CLARIN

 


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