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A Hermine Braunsteiner se le imputan unos 200 mil crímenes. Así la atraparon.

No siempre la justicia apresa a quienes cometen delitos del calibre que entrañan los crímenes de guerra. Hermine Braunsteiner fue una de las "afortunadas". Célebre por su sadismo en los campos de concentración de Ravensbrück y Majdanek, la guardiana nazi desplegó sus malas artes contra mujeres y niños ensañándose con ellos a patada limpia. Aquella crueldad acababa normalmente con la muerte de sus víctimas. De ahí́ que la denominasen la "Yegua". Una de sus patadas podía dejar fuera de combate a cualquiera.

Pero la atrocidad de la Aufseherin no solo se reducía a este tipo de castigos, muchas de las sobrevivientes del centro de internamiento relataron durante el juicio cómo en una ocasión había matado de un tiro en la cabeza a un nene al que su padre pretendía ocultar, o cómo parecía disfrutar propinando severos latigazos en el rostro de sus prisioneros. Pese a los crímenes que se le imputaron -en torno a 200.000-, la nazi quedó libre tras varios errores judiciales y rehízo su vida en Estados Unidos.

De férrea educación católica

Hermine Braunsteiner vino al mundo el 16 de julio de 1919 en la ciudad austríaca de Viena en el seno de una familia de clase trabajadora y humilde. Su padre Friedich Braunsteiner trabajaba de chofer de una fábrica de cerveza, aunque hay informaciones que apuntan a que además, ejercía como carnicero. Su madre, María, era asistenta del hogar y se dedicaba a limpiar negocios y casas.

La pequeña Hermine, la más joven de siete hermanos, fue instruida bajo la más estricta educación católica. Aquella jovencita alta, rubia y de ojos azules, bastante atractiva y de mirada intensa, tenía un sueño: ser enfermera. Pero no cumplió su deseo –solo estuvo ocho años en el colegio- y tuvo que conformarse con trabajar en una fábrica de cerveza, además de como empleada doméstica.

Gracias al Anschluss (unificación) de Alemania y Austria en 1938 -el país austríaco se incorporaba a la Alemania nazi como una provincia del III Reich, pasando de denominarse Ósterreich a Ostmark-, Hermine se convierte automáticamente en ciudadana alemana. Esto lo cambia todo.

Se muda a Berlín donde trabaja en las fábricas de aviones Heinkel –considerados los más rápidos de la época-. Pero el sueldo era demasiado bajo para vivir dignamente, así que decide presentarse como guardiana en los campos de concentración. Ya entonces, la política de Hitler y el partido nazi la habían deslumbrado. Por no mencionar la tentación de cobrar cuatro veces más. Esa fue la trampa.
Guerra entre ‘Bestia’ y ‘Yegua’

El 15 de agosto de 1939 comienza su entrenamiento como Aufseherin a las órdenes de María Mandel en el campamento de Ravensbrück. Pero lo que comenzó como un breve período de instrucción, terminó siendo su primer destino como una guardiana más a cargo de un número determinado de confinados.

Braunsteiner se exhibía ante ellos con soberbia, altivez y sobre todo violencia. Poco a poco sacó su lado más inhumano y bárbaro. Su práctica habitual: infligir patadas a los internos hasta dejarlos inconscientes. Ninguna de sus otras compañeras supervisoras -Emma Zimmer, Johanna Langefeld o María Mandel-, le reprocharon jamás sus acciones por mucho que se excediese.

Aunque fue con la "Bestia de Auschwitz" con quien más problemas tuvo la "Yegua". Ambas se hacían notar. Sus sanguinarios métodos eran muy populares en todo el recinto y ninguna quería perder ni su hegemonía ni su poder frente al comandante Max Koegel. De hecho, de marzo a octubre de 1942, Mandel y Braunsteiner iniciaron una batalla campal para ver quién continuaba con la supervisión de Ravensbrück. Sin embargo, Hermine perdió y la relegaron a ser su auxiliar.

Aún así, esta pareja de guardianas se pasaban dilatadas jornadas castigando a las reclusas en el temido búnker que había en las instalaciones. Pero, el tándem Mandel- Braunsteiner se rompió en octubre de 1942 cuando las trasladaron. La primera, a Auschwitz; y la segunda, a Majdanek. Aunque esa despiadada actitud no terminó con la separación. Pusieron en práctica lo aprendido y desarrollado en Ravensbrück.
Majdanek y el gaseamiento de presos

La fama de Hermine ya la precedía, por lo que cuando llegó muchos de los presos que esperaban la liberación supieron que no llegarían a conocerla jamás. Aquel centro de destrucción humana fue construido por la Alemania nazi –bajo órdenes de Heinrich Himmler- en la Polonia ocupada, y estaba ubicado a unos cuatro kilómetros de la ciudad de Lublin (cerca de la frontera con Ucrania).

Pese a que su principal cometido era albergar a prisioneros de guerra polacos, se terminó transformando en un campo de exterminio. Tenía una zona de aislamiento, barracones clasificados según el género e ideología política, un hospital, cámaras de gas y los crematorios. En el “campo de mujeres”, los niños eran custodiados, seleccionados y eliminados por sus cuidadoras. En menos de tres años la población se redujo de 500.000 personas -de 28 países y de 54 grupos étnicos- a 250.000.

La situación que soportaban los cautivos en Majdanek era humanamente insostenible. Eran esclavos que trabajaban doce horas al día y que tomaban medio litro de té a la hora del desayuno y poco menos de un litro de sopa en la comida. Las bajas por inanición fueron in crescendo a diario, aunque el motivo real de tanta muerte era la violencia ejercitada contra ellos.

Braunsteiner era una de las guardianas más “respetadas” por la temeridad que infundía contra sus prisioneras. Pateaba a las ancianas hasta matarlas o pisoteaba sin escrúpulos. De ahí que la apodasen the mare (la yegua), kobyla (en polaco), o la Stute von Majdanek (en alemán). Aquellas patadas eran ostensiblemente insoportables. Y tan solo contaba con 23 años.

Durante aquel otoño de 1942, el comandante Koegel decreta el gaseamiento masivo de presidiarios a causa de la sobrepoblación que estaba sufriendo el campo. Aquí Braunsteiner tuvo un papel crucial, ya que se ocupó de las selecciones a las cámaras de gas.

Según numerosos testigos, Hermine Braunsteiner realizaba su ronda vistiendo unas botas altas negras con tacones reforzados de acero. Con ellas pateaba y golpeaba a las internas hasta la muerte. Y si los ataques no terminaban con la vida de la rea, los impactos eran tan demoledores que terminaban por desfigurarle completamente la cara. También castigaba mediante azotes con un látigo, ante la mirada impasible de sus compañeras. Los sobrevivientes que testificaron contra ella ante el tribunal, la describían como una mujer atroz, excesivamente sádica y de sangre fría.
Asesinado a patadas

En 1975, Eva Konikowski, ex prisionera católica y polaca aseguró en el tercer juicio de Majdanek que la "Yegua" la había golpeado con una “porra de goma” por no realizar correctamente las tareas de lavandería del campo. Aún conservaba las marcas de aquella paliza en su brazo. También señaló que Braunsteiner junto con su supervisora Else Ehrich “dieron a los niños algunos caramelos y llevaron a los pequeños a las cámaras de gas”.

Mary Finkelstein, otra de las cautivas, narró cómo la había atizado en incontables ocasiones y matado a otra de sus compañeras. El sobreviviente Aaron Kaufman aseguró que la Aufseherin había azotado hasta la muerte a cinco mujeres y a un niño. Cuando el preso chilló que parase, le propinaron 25 latigazos en la espalda.

Uno de los testimonios más desgarradores es el de la polaca Stella Kolin, capturada en el gueto de Varsovia y enviada directamente al campamento de Majdanek. Un día vio a través de la alambrada a su padre. Quiso compartir con él el trozo de pan duro que llevaba. Al tirarlo al otro lado, rebotó en la valla electrificada que hizo sonar la aguda alarma de todo el campo.

“Casi de inmediato, estaba rodeada de guardias. Me arrastraron delante de Hermine Braunsteiner, la peor de las bestias del campo. Me castigó a 25 latigazos y miró cómo una de las guardias llevaba a cabo el castigo con un látigo. Me desmayé después del noveno golpe”, y continúa, “estoy tumbada en mi litera, medio muerta y sangrando. Tengo miedo de que si no voy mañana a trabajar, me enviará a la cámara de gas”.
Errores judiciales

En enero de 1944 y ante la llegada del ejército soviético a Majdanek, el campo fue evacuado y Hermine, transferida a Ravensbrück. Hasta el término de la Segunda Guerra Mundial, las aberraciones y los crímenes continuaron. Pero en cuanto vio a los aliados, Braunsteiner temió por su vida y decidió escapar.

Tras varios meses desaparecida, fue arrestada por las tropas estadounidenses y poco después puesta en libertad. Aquí aprovechó para huir a Viena. En mayo de 1946, fue apresada de nuevo y puesta bajo custodia británica por los crímenes de guerra cometidos en Ravensbrück. Pero nadie habló sobre los asesinatos perpetrados en el campo de Majdanek.

Como nadie la acusó oficialmente de ningún delito ni la llamó como testigo, la dejaron libre el 18 de abril de 1947. Poco después, volvía a ser detenida. Tantas idas y venidas dieron su fruto. El juicio se celebró en la localidad austríaca de Graz, que la condenó por cometer tortura, malos tratos de prisioneros y crímenes contra la humanidad y la dignidad humana en Ravensbrück. Fue sentenciada a tres años de prisión. Ingresó el 7 de abril de 1948.

Pero el resto de la pena que faltaba por cumplir fue cancelada oficialmente en virtud de una amnistía legislativa general de la República austríaca. Sus crímenes habían sido “perdonados”. Tras su salida de prisión en abril de 1950, la nazi intentó ocultar su nombre y su pasado. Primero en Viena, trabajando en restaurantes y hoteles; y en 1958, casándose con un mecánico americano, Russel Ryan.

En el país de las oportunidades

El matrimonio se muda a Estados Unidos, más concretamente al barrio de Queens en Nueva York, y la guardiana obtiene una visa permanente de residente. Ahora se hace llamar Hermine Ryan. Su vida es completamente normal, trabaja en una fábrica de tejidos y años después, en enero de 1963, consigue la ciudadanía. Todo parecía transcurrir sin complicaciones, hasta que el infatigable caza nazis Simon Wiesenthal logró dar con ella. Mediante varios escritos, avisa al servicio de inmigración de EE.UU. sobre los cargos de asesinato que todavía tiene pendientes ante la Audiencia Provincial de Graz (Austria).

Al ser oficialmente una ciudadana norteamericana se hacía muy complicada su deportación. Pero Wiesenthal pide ayuda al The New York Times que, mediante un reportaje titulado “Exguardia de campo nazi ahora es una ama de casa en Queens”, consigue sacar a la luz su historia. Corría el año 1964.

“Después de 15 o 16 años, ¿por qué molestan a la gente? Fui castigada lo suficiente. Estuve en la cárcel durante tres años. Tres años, ¿te podes imaginar? ¿Y ahora quieren algo de nuevo de mí?”, afirmó Hermine Braunsteiner al periodista. Incluso su marido, Russel Ryan, salió en su defensa: “Mi esposa, señor, no le haría daño ni a una mosca. No hay una persona más decente en esta tierra. Ella me dijo que era una tarea que tenía que realizar. Fue un reclutamiento. No estaba a cargo de nada. Por supuesto que no, ya que Dios es mi juez y su juez. Estas personas solo están blandiendo las hachas al azar. ¿No han oído nunca la expresión: ‘Dejen que los muertos descansen’?”.

Mientras Braunsteiner se explicaba en varios medios de comunicación, la deportación seguía demorándose. Famosas fueron sus declaraciones en el Washington Post: “Este es el final de todo para mí. Hemos vivido con miedo desde 1964. Durante cinco años he dormido con una escopeta a un metro de mi cabeza. Esta carga de 25 años continuos nos ha seguido como una plaga”.

Los esfuerzos de Wiesenthal para que extraditaran a Braunsteiner tuvieron su recompensa. Fueron nueve años de un largo proceso. Pero finalmente, el departamento de extranjería norteamericano la acusó de falsear su solicitud. Había ocultado su condena por un tribunal austríaco y el beneficio de la amnistía. Todo eso debía constar.

De este modo y tras violar la ley, Braunsteiner tuvo que asistir a un nuevo juicio en 1971. Ni siquiera la inestimable ayuda de sus vecinos o grupos neonazis contribuyeron en el pleito. Los testimonios de algunos ex sobrevivientesayudaron a que entregase la nacionalidad. “Nos gritaba, ‘¡Cerdo, vos maldito judío, ponete recto!’. Ella se cambió el color del pelo; creo que solía ser oscuro. Pero tiene la misma boca apretada”, explicó un antiguo recluso de Majdanek.

Finalmente, la extradición se produjo el 7 de agosto de 1973 y Hermine Braunsteiner Ryan se convirtió en la primera criminal nazi expulsada de Estados Unidos a Alemania. Al llegar, la condujeron de forma preventiva a la prisión de Düsseldorf. Tras el pago de una fianza, Hermine esperó la llegada del juicio. Comenzó el 26 de noviembre de 1975 prolongándose hasta el 30 de junio de 1981. Fueron prácticamente siete años de testimonios, interrogatorios y aportación de pruebas, donde la guardiana y otros 15 antiguos miembros del campo de Majdanek se jugaron su futuro ante la Corte alemana.

Durante su interrogatorio, Hermine reiteró no haber hecho nada que la avergonzara durante ese tiempo en el campo. “Solo hice mi trabajo, lo mejor que supe, lo que tenía que hacer”, zanjó sin mostrar arrepentimiento alguno. Finalmente, el 30 de junio de 1981 la Corte condenó a Braunsteiner a dos cadenas perpetuas consecutivas y fue trasladada a la prisión femenina de Mülheimer. Jamás quiso hablar con el resto de sus camaradas y pasaba el rato cosiendo muñecos y peluches.

Debido a la diabetes severa que sufría, tuvieron que amputarle una pierna. Y tras diversas complicaciones, terminaron por excarcelarla en abril de 1996. Pasó el resto de sus días en una residencia de Bochum-Linden junto a su marido y se desconoce la fecha oficial de su muerte.

Sea como fuere, gracias al ímpetu de Simon Wiesenthal en cazar a la "Yegua de Majdanek", Estados Unidos puso en marcha una oficina para buscar criminales de guerra para expulsarlos. Aún así, la justicia tardó demasiados años en pronunciarse sobre el caso de Hermine Braunsteiner, una de las asesinas más despiadadas del nazismo.

Por Mónica G. Álvarez. La Vanguardia
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