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En China no existe un museo sobre la Revolución Cultural, ni espacios consagrados a sus víctimas. Pero dentro del país varios libros prohibidos circulan de forma clandestina.

SALVADOR MARINARO
En el barrio chic de la ciudad de Shangái, rodeada por cafés con mesitas sobre la vereda y panaderías de estilo francés, la librería The Forest satisface la curiosidad occidental. Si un cliente pregunta por la Revolución Cultural, el vendedor se da vuelta y camina hacia un pasillo donde cajas con caracteres chinos esconden una preciada carga. Vuelve con el tomo Vida y muerte en Shangái de Nien Cheng, una autobiografía publicada en 1986, que se transformó de inmediato en un best-seller fuera de China. El vendedor entrega el ejemplar con la tapa hacia abajo y, luego de cobrar, lo guarda en una bolsa con rapidez.

Los billetes de uno a cien yuanes con la cara de Mao Zedong tienen un efecto irónico. A pesar de la repetición de su figura en los espacios públicos, el mensaje es uno solo: el silencio. En China no existe un museo sobre la Revolución Cultural, un monumento, un espacio de memoria. Nada. Las líneas de tiempo en la Galería Nacional de Pekín o en el Museo de Shangái hacen un paréntesis en 1966 para reiniciar una década más tarde, bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, padre de la apertura china.

Lo cierto es que a mediados de los sesenta un Mao ya anciano y cuyo poder se abía debilitado lanzó una de las políticas más radicales de la historia reciente. Llamó a los jóvenes a movilizarse contra los “cuatro antiguos” (las “costumbres del pasado”, la “cultura arcaica”, el “pensamiento avejentado” y los “viejos usos”) y a consolidar la revolución.

En la práctica, millones de estudiantes se enrolaron como Guardias Rojos, se rebelaron contra los maestros, los intelectuales, los opositores dentro del partido, e incluso, contra sus propios padres en una persecución de cualquier “desviación ideológica”. Las universidades fueron cerradas y 17 millones de profesionales marcharon al campo, para ser reeducados a través del trabajo manual.

En China, ese evento sigue en debate. No sólo porque no hay estadísticas oficiales (los más conservadores argumentan que 250 mil personas fueron asesinadas y los más radicales constatan 70 millones de muertos), sino también porque el gobierno impone una política de omisión. La película Fang hua(“Juventud”) reactivó el año pasado un debate que parece tan eterno como el país asiático. El estreno había sido programado para septiembre de 2017. A pesar de haber sido aprobada, el Departamento de Propaganda consideró que debía revisarla de nuevo y pospuso la exhibición hasta el 15 de diciembre.

Los recortes dieron como resultado un filme edulcorado que narra la relación entre dos jóvenes del “batallón de bailarines” que daban espectáculos para el Ejército Rojo. La historia cruza la muerte de Mao, la apertura de Deng y la guerra contra Vietnam en 1979. Entre las heridas físicas y psicológicas de los protagonistas se exhibe una melancolía secreta por una vida más simple. La oposición entre el campo y la urbe sigue latente en la modernidad china: en la escena final se ve un veterano de guerra desplazado de su parcela comunal que no encuentra un lugar entre las amplias avenidas.

Vida y muerte en Shangái es el libro perfecto para pensar ese etapa. Al estar prohibido por el Partido Comunista, el lector tiene la sensación de poseer un secreto, aunque la biografía haya vendido millones de copias en el extranjero. La experiencia de la autora acumula horrores, centrados en la violencia física, el sadismo de los torturadores y, por último, la resistencia de la vida humana que encuentra la manera de sobrellevar el dolor. Se trata, en definitiva, de la memoria descarnada de un pasado traumático. Los chinos tienen un nombre para estos libros: shanghen wenxue o “literatura de la herida”.

El término surgió a principios de los ochenta. Luego de la muerte de Mao en 1976, de la presidencia del “sabio líder”, como llamaron a Hua Guofeng, y de un golpe interno comandado por Deng Xiaoping, la década arrancó con un juicio histórico. El 20 de noviembre de 1980, las cámaras de televisión apuntaron a la Banda de los Cuatro, un grupo de líderes del partido considerados actores protagónicos de la Revolución Cultural. Cuarenta y nueve testigos y 870 piezas de evidencia concluyeron en dos cadenas perpetuas y dos penas capitales, entre ellas a la tercera y última esposa de Mao, Jiang Qing, que se despidió del tribunal gritando “¡La revolución es gloriosa, la revolución no es un crimen!”.

Se destapó así una corriente, que sigue hasta hoy, de la cual surgieron cientos de memorias, biografías y testimonios. Al fin y al cabo, los jóvenes educados habían sido el foco de la revolución. Cuando se reestableció el ingreso a las universidades en 1977, la generación que volvió del campo tenía una historia para contar.

El libro Cisnes salvajes de Jung Chang, publicado tres años después de Vida y Muerte..., siguió el mismo destino de éxito en el extranjero y censura interna que su antecesor. Doce millones de copias reprodujeron la historia de tres generaciones de mujeres durante el siglo XX chino. A partir del cuarto capítulo, sin embargo, el protagonista es Mao. Con una descripción del culto a la personalidad y de la persecución a los opositores, la autora confiesa que se enlistó como Guardia Roja para deshacerse del estigma familiar que la marcaba como “capitalista infiltrada”. El mismo Deng fue perseguido y torturado bajo este mote. Una vez en el poder dijo que su memoria sobre el período no era “objetiva, porque había sufrido mucho” e incentivó una condena general sobre la década que había pasado. Poco después, una resolución tomada por el Comité Central del Partido dejó las cosas en claro.

“El camarada Mao Zedong fue un gran marxista y un gran revolucionario. Es cierto que él cometió severos errores durante la Revolución Cultural, pero sus contribuciones a la Revolución China superan con creces sus errores”, afirma el comunicado “Algunas cuestiones sobre la historia de nuestro Partido”, difundido en 1981. El gobierno, acostumbrado a los grandes eslóganes, empapeló las calles con afiches que decían: “Mao Zedong fue 70% bueno y 30% malo”, y eso fue todo.

En su libro La batalla por el pasado de China, el historiador Mobo Gao afirma que así empezó un doble discurso: en el interior del país se llamó a la amnesia, mientras en el extranjero se multiplicaron las denuncias. “Una total denigración del período maoísta (…) era necesaria para las reformas liberales posteriores”.

En parte por la fascinación que causó la Revolución Cultural entre los intelectuales de izquierda durante los años setenta (entre ellos, Roland Barthes y el grupo francés Tel Quel); en parte por el anticomunismo de los editores en Hong Kong, Taipéi y Singapur, se formó una red de publicaciones fuera del continente. Los libros La vida privada del presidente Mao, de su médico Li Zhi Sui, y el siguiente éxito de Jung Chung, Mao: la historia desconocida, se contraponían a las publicaciones controladas por el Estado y a una literatura que indagaba sobre la experiencia personal de aquellos años.

Shangshan xiaxiang (“jóvenes que subieron la montaña y bajaron al campo”) o shiluo de yidai (“generación perdida”) fueron los nombres con los que se conoció al grupo de escritores que regresó a las ciudades después de 1976. A través de la autoficción hallaron una manera de escabullirse de la censura y del discurso oficial, todavía más duro tras la masacre de Tiananmén (manifestación estudiantil que exigía una mayor apertura política, reprimida en 1989).

La novela de Su Wei El valle invisible (publicada en 1996, y recientemente traducida al inglés) combina la experiencia de la vida en el campo con el cuestionamiento a las normas de la sociedad china. Lu Beiping, el protagonista, llega de la provincia de Cantón a Hainan, una isla tropical en el sur de China que, por ese entonces, representaba el fin del mundo civilizado. A diferencia de los libros mencionados anteriormente, Lu es un comunista convencido y reconoce el progreso cuando su batallón tala porciones de selva tropical para plantar caucho.

Luego de una noche de borrachera, el secretario del partido local lo obliga a casarse con su hija fallecida. Muerta por malaria quince años atrás, ya debería andar por los veinte, así que su padre quiere emparejarla para que no vuelva como fantasma. Al huir de su suegro, Lu encuentra, en el valle, una aldea que sobrevivió aislada de la historia china. Allí, cada alimento y cada pareja se comparten.

Seres fantásticos coexisten con espíritus y rituales extraños para aplacar a una serpiente que vive en el interior de la montaña. De hecho, la frase “monstruos vacas y demonios serpientes”, que viene del folklore budista, solía referirse a los intelectuales perseguidos. En el capítulo final, Lu se despide con un poema que le transcribió su padre antes de partir desde Cantón: “Yo también he sufrido los caprichos de la fortuna. / Sin embargo, a través de mis pruebas, he permanecido en la memoria”.

Las narraciones de esta generación dialogan con el conflicto fundamental de la sociedad china: el choque entre el campo y las ciudades. En un universo jerárquico, donde sólo se admiten extremos, el campo ocupa el lugar inferior. La presencia de los intelectuales entre las mayorías chinas (la población rural se acercaba al 80 por ciento del total en 1970) representó un choque de valores e ideas.

Mo Yan, premio Nobel del 2012, fue quien más trabajó este problema. La novela Rana del 2009 se centra en la figura clave de las políticas sanitarias desde el principio de la República Popular en 1949 hasta los ochenta: una ginecóloga rural.

Sin embargo, su novela Cambios –editada en Argentina– es la que mejor evalúa la relación entre su obra y el pasado reciente. Escrita por encargo de la editorial india Seagull para la colección “¿Qué fue el comunismo?”, el autor ofrece una revisión de su propia experiencia con esta palabra. A través de la voz de un chico del interior, que ve llegar a un médico a la escuela rural, se repite una estrategia: comparar el pasado maoísta con la apertura. Así, el chico se alista en el Ejército para cumplir el sueño de manejar un viejo camión soviético GAZ-51. La muerte de Mao desata una serie de primeras experiencias: el primer viaje en tren, la primera visita a Pekín y los primeros años en la universidad.

La identidad fue el problema que descolocó a la generación posmaoísta. El deseo individual, como una manera de diferenciarse, llega a un punto de delirio en la obra de teatro Yo amo XXX del dramaturgo Meng Jinghui. Estrenada por primera vez en 1994, consiste en un listado de deseos y objetos amados, repetido por distintos actores: “Amo a la patria/amo a la gente/amo a los profesores/amo a mis compañeros de clase”.

Las primeras enumeraciones aluden a los eslóganes de la revolución para avanzar hacia las formas corporales del deseo. Al terminar, se escucha un solo y reiterativo “te amo/te amo/te amo” como signo triunfal del sujeto. La crítica teatral Claire Conceison señaló que el vanguardismo de Meng se une a la tradición alegórica, único modo de mencionar la política en China.

El turista revolucionario debe conformarse con el “Museo de la Propanga”, única referencia al pasado comunista en Shangái. Un sótano en un complejo de viviendas de los 80, con azulejos blancos y caños a la vista, expone una colección privada de pósters de la época. El dueño ofrece suvenires dudosos del Libro rojo a los extranjeros, que son la mayoría de los visitantes.

Pese al gobierno, las marcas del pasado están donde el ojo quiera verlas: en las parejas de viejos que bailan en los espacios públicos (una práctica que según dicen solían hacer las parejas de Guardias Rojos), en los bustos de goma de Mao que sobreviven en el campo o en las fotos holográficas colgando de los portones que de un lado muestran a un Mao sonriente y rechoncho y del otro a Deng Xiaoping. En ellas, se lee: “la revolución vivirá por siempre en nuestros corazones”.
CLARIN

Jueves, Junio 21, 2018
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