Luis Scola, el jugador que todos querrán tener siempre en su equipo

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Siempre fue frontal. Hizo mejores a propios y a ajenos. Y el que nunca se quebraba... se quebró con su adiós a la Selección en Tokio 2020.

Hernán Sartori

El duro. El recio. El hosco. El dueño de una coraza protectora. El parco. El témpano a la hora de no dejarse dominar por las emociones en pleno partido. El que no se quiebra nunca... se quebró. Luis Alberto Scola, el gran capitán de la Selección argentina de básquetbol, supo entonces que su carrera con la camiseta número 4 celeste y blanca había llegado a su fin. Pero lo que sucedió en Saitama superó lo imaginable. Porque si se despedía un grande, había que despedirlo a lo grande. Y así fue nomás.

Sergio Hernández lo abrazó después de sacarlo a 51s4 del final de la dolorosa derrota ante Australia por 97-59, el ala pivote caminó hacia el banco y se sentó. De pronto se dio cuenta de que era el único sentado en el estadio. Todos de pie. Sus compañeros. Sus rivales. Los árbitros. Los integrantes de las delegaciones que funcionaban de espectadores.

Aplausos y más aplausos. Una señal inequívoca de respeto para un monstruo del deporte mundial: el único basquetbolista que se dio el lujo de disputar 5 Mundiales (fue subcampeón en Indianápolis 2002 y China 2019) y 5 Juegos Olímpicos, con oro en Atenas 2004 y bronce en Beijing 2008 incluidos.

“Intento siempre apartarme de estas situaciones. Es un golpe bajo. Estoy un poco golpeado emocionalmente. Se me vino todo de golpe. Intenté mantener la compostura lo más que pude. Pero me voy en paz. Era lo que quería hacer: llegar al último momento trabajando a mi manera, en mis términos, y lo pude conseguir. Me voy en paz. La Selección es mucho más que nombres. Le di mi máximo compromiso, esfuerzo y los mejores años de mi carrera”, dijo antes de irse al vestuario.

Entre el Sudamericano de Bahía Blanca de 1999 y los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 pasaron 22 años, 173 partidos oficiales y 2.857 puntos. Segundo goleador histórico de los Mundiales y cuarto en las citas olímpicas, su valía va muchísimo más allá de la estadística.

Porque el último estandarte de la Generación Dorada debutó de purrete, hizo bailotear su melena al ritmo de ese juego de piernas majestuoso y se despidió rasurado y con canas. Las de la experiencia. Las que dejan enseñanzas.

Si lo sabrán sus últimos compañeros de Selección, dos de los cuales ni habían nacido cuando Luifa se vistió por primera de celeste y blanco en la Mayor.

Si lo sabrá Tiago Splitter, al que le enseñó todo en Baskonia y al que siempre le arruinaba la noche en un Argentina-Brasil.

Si lo sabrá Yao Ming, con quien armó una dupla que se potenció en Houston Rockets y el que luego le abrió la puerta del mercado chino, donde terminó jugando.

Si lo sabrá Brooklyn Nets, que lo llevó para predicar los valores con el ejemplo en jóvenes que pintaban bien. Hasta que Luis no se bancó más no jugar y se fue.
Un animal competitivo

Scola necesitó siempre la competencia. En Europa, en Estados Unidos y con la Selección. Gregg Popovich y R.C. Buford saben bien que uno de sus pocos errores como entrenador y manager general de San Antonio Spurs fue haberle cedido sus derechos a Houston. La vendetta de Scola llegaba cada vez que les pintaba la cara en los partidos en Texas.

Nunca se calló. Siempre fue frontal el huracán Luifa. En cada una de las 15 charlas de no menos de una hora con este periodista, que se transformaron en extensas entrevistas en Clarín entre 2007 y 2020, Scola reflexionó, contraatacó, escuchó, se interesó por hablar de cada tema propuesto, desafió a su interlocutor, tiró paredes, desconfió, jamás se quejó por un título y agradeció.

“Me reconocen menos en Argentina que en Europa”, fue al grano en abril de 2007 desde Vitoria. “Me siento protagonista de la NBA”, confesó en noviembre de 2010. “Quiero ser parte de otra reconstrucción”, avisó en agosto de 2013. Y se plantó contra la dirigencia de la CAB: “Si no juego el Mundial (de España), será por culpa de una gestión horrenda”. Aquella entrevista jamás fue grabada. Se le avisó. No dijo ni mu.

“Estoy para acompañar, ya no para ser la locomotora”, advirtió tras el Mundial de 2014 en un restorán de Madrid. Lo seguiría siendo. “Mi vida es una montaña rusa que no para”, derrochó alegría en mayo de 2016 cuando lo eligieron como abanderado olímpico. “En la Selección me tienen que empezar a correr del medio”, sentenció en agosto de 2017. Je.

“El deporte no necesita de la gente cantando en los estadios”, sacudió en junio de 2020, pleno arranque feroz de la pandemia. “¿Pensás que voy a recibir alguna puteada por lo que dije?”, preguntó, sabiendo que aquella frase sería el título de la entrevista. No pidió alterar ni una coma.

Ahora lo espera un proyecto en Italia y el mercado de las NFT, porque su cabeza jamás paró. Pamela, Tiago, Tomás, Matías y Lucas son y serán sus sostenes. Y él tendrá que lidiar con ese vacío con el que se encontrará.

​El mismo vacío que deja en quienes disfrutaron al verlo jugar. Así es Luis Scola, el jugador que todos querrán tener siempre en su equipo.

HS
CLARIN

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