Rattin y aquella rebeldía en Wembley que revivió rencores históricos

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Ocurrió hace 55 años, en el Mundial de Inglaterra 1966, en la Catedral del Fútbol, que rugía al grito de !“¡Animal, animals!” contra la Selección Argentina.

Estaba en disputa mucho más que el pase a las semifinales del torneo.
Osvaldo Pepe

De pronto, el partido se detuvo. Y casi todos los jugadores argentinos fueron yendo de un lado a otro. Nadie entendía qué reclamaban en ese hormiguero alborotado, sobre el césped verdísimo del estadio imponente que los cobijaba. Los actores principales: el árbitro alemán Rudolf Kreitlein (46 años, sastre de profesión) y Antonio Ubaldo Rattin (29, capitán de la Selección Argentina, ídolo de Boca, conocido como el Rata). Ahí estaban los dos, frente a frente, arrogantes, en un clima encrespado. Uno, calvo y algo retacón, con pinta de recio bebedor de cerveza; el otro, una torre alta y delgada como un hilo, con estampa de guapo de farol y tanguero a destiempo, de esos con pañuelo al cuello. Los actores secundarios: el resto de los jugadores y cuerpo técnico argentinos, todos en estado efervescente; y los ingleses, apartados, espiando al descuido, como si supiesen de qué se trataba.

El escenario, la Catedral del fútbol mundial, el legendario templo de Wembley, construido en 1923, con capacidad para 82 mil espectadores, que sería derrumbado en 2002 para ser levantado en el mismo sitio, en el noroeste de la capital londinense. Las circunstancias, el octavo Campeonato Mundial de fútbol organizado por la FIFA, el primero en la casa de los creadores de un deporte que recién iniciaba la que sería una vertiginosa trepada a la cima de los más rentables negocios de todos los tiempos.

Todo ocurría el 23 de julio de 1966, hace 55 años, en un encuentro por los cuartos de final del máximo certamen entre Inglaterra y Argentina, una rivalidad con historia propia. El primer partido entre ambos se había jugado el 14 de mayo de 1953, en Buenos Aires, en cancha de River, aquel del gol de Ernesto Grillo desde una posición algo oblicua. La distorsión de los años y la leyenda popular agrandaron su dimensión en la victoria albiceleste por 3-1. Aquel triunfo contra los ingleses tuvo lugar sólo cinco años después del hito de la toma de posesión de los ferrocarriles de capitales británicos que operaban en nuestro país, una nacionalización que fue celebrada por el peronismo en el gobierno con banderas y multitudes. Casi como en un partido de fútbol.

Al fin de cuentas, habían sido los empleados y funcionarios de aquellos ferrocarriles quienes, casi un siglo antes, habían traído el football a las comarcas del Río de la Plata. Lo jugaban en los terrenos aledaños a los trenes que entonces les pertenecían. El periodista Juan José de Soiza Reilly los llamó “ingleses locos”. Muy pronto el criollaje de las barriadas populares, y también de algunos centros educativos de élite, tomarían ese hábito como propio y multiplicarían esa locura por la pelota hasta el infinito. Quizás esa combinación de factores haya contribuido a que cada vez que argentinos e ingleses se cruzaron en una cancha, resucitaran antiguos fantasmas, luces y sombras de una semblanza singular: un duelo sublimado entre naciones con un pasado y un presente de tensiones nutridas por diferendos históricos, políticos y diplomáticos de relieve.

La carga emocional más intensa siempre fue de los argentinos, que generación tras generación fuimos creciendo con el recuerdo de los invasores en 1806 y 1807, la épica del aceite hirviendo y la resistencia heroica de una patria en ciernes, que obligó a dos generales de la “Corona de Su Majestad”, William Carr Beresford y John Whitelocke, a deponer sus armas ante la bravura criolla.

Estampitas grabadas a fuego en la memoria colectiva y, a su modo, parte de la mitología popular que navega entre el rigor histórico y la tentación de ungirlas como talismán futbolero. ¿Escenarios de batallas de la historia, o alegorías de “batallas” de fútbol? El narrador y poeta uruguayo Eduardo Galeano en su libro El fútbol a sol y sombra señala el sentido de este juego como “una guerra danzaba”, que define con bellas palabras: “Con la pelota en el pie y los colores patrios en el pecho, el jugador que encarna a la Nación marcha a conquistar la gloria en el lejano campo de batalla…La camiseta de la selección nacional se ha convertido en el más indudable símbolo de identidad colectiva y no sólo en los países pobres y pequeños que dependen del fútbol para figurar en el mapa…”

Argentina y Malvinas no estaban entonces en la prioridad de los radares ingleses. Sin embargo, siete meses antes del Mundial, el 16 de diciembre de 1965, la Asamblea General de las Naciones Unidas había aprobado la Resolución 2065, que reconocía la existencia de una disputa de soberanía entre el Reino Unido (que negaba ese estatus) y la Argentina en torno a las Islas Malvinas. Los viejos manuales escolares, pero también la máxima institución reguladora de los conflictos y la convivencia moderna entre las naciones, cruzaban las fronteras entre el fútbol y la historia. Entre el juego y la política. De allí que, en el plano de las emociones, aquel choque de 1966 era mucho más que un simple partido de fútbol.

Esa tarde londinense de julio, el estadio de Wembley semejaba un Coliseo rugiente: “¡En-gland, En-gland!”, bramaba la multitud, con un batir rítmico de palmas y el repiqueteo tenaz de tambores en modo marcial como si aspiraran a resignificar el pasado imperial del Reino. Aquello era un volcán a punto de erupción.

Abajo, en el campo de juego, a los 35 minutos de la etapa inicial, de pronto se congelaron los tiempos. Cesó el partido, la pelota se puso entre paréntesis. Empezó el minué deliberativo. Los jugadores argentinos, desorientados, rodeaban al hombre petisón vestido de negro, que mantenía su brazo izquierdo extendido. Rattin, Onega, Ferreiro, Gonzalito, Solari, Artime, Perfumo, Albrecht y hasta el arquero Roma lo rodearon con la rebeldía de un remolino, en busca de una respuesta. En apariencia molesto por los reiterados reclamos de Rattin de convocar a un intérprete ante cada fricción del juego, el árbitro alemán decidió echarlo. Kreitlein no entendía una palabra de español, pero ya había anotado dos veces ese nombre en su libreta, además de los de Artime, Solari y Ferreiro.

En el informe elevado luego del partido fue drástico: “Lo eché porque me miró con mala intención, su mirada fue un insulto”. En “El Libro de los Mundiales” (1977), un producto de la revista Goles para la editorial CREA, se describió así el momento: “La multitud se encrespa. Los jugadores argentinos se arremolinan, pero también se desconciertan. Luis Artime corre en busca de un intérprete…Un mitin argentino en plena cancha. Pero no hay nada que discutir: la decisión está tomada. Rattin debe irse expulsado y acaso pague de esa manera el precio de una pésima asesoría…”.

El propio jugador confirmaría esa presunción con el paso de los años: “A mí me encanaron con instrucciones que iban a costarme una segura expulsión. Me repitieron hasta el cansancio que como capitán podía exigir un intérprete para quejarme por los fallos dudosos. Cuando terminó todo y quise saber en qué parte del Reglamento estaba eso, parece que esa página se había perdido…”

El escándalo se había consumado.

En un momento el árbitro alemán hace una seña como pidiendo refuerzos. Los tuvo. Rattin de pronto se vio rodeado de cuatro policías: él y sus compañeros comprendieron, finalmente, que la decisión era irrevocable. Había que irse a las duchas antes de hora. Faltaban jugar aún 10 minutos del primer tiempo y todo el segundo. El partido estuvo detenido más de un cuarto de hora y llegó a creerse que se había suspendido definitivamente. La salida del caudillo argentino del campo de juego fue parsimoniosa y con algún matiz provocador. No hay ninguna constancia fotográfica o de los tapes televisivos de que se haya sentado en la alfombra roja real, como se instaló en el imaginario popular, pero sí se lo observa en varios videos estrujar un banderín del córner, una réplica de la bandera británica. Una cámara sigue a Rattin en su lento camino al vestuario, lo muestra de espaldas y se intuye que hace gestos a la tribuna, pero no puede verse de qué tipo de ademanes se trata. Quizá no sea difícil imaginarlos. Treinta años después de aquel día, Clarín invitó a Rattin a volver a Wembley, para evocar aquel partido. En la nota, del 4 de julio de 1996, Rattin recorrió el campo de juego y admitió que quería ganar tiempo con la cuestión del intérprete, por eso alargaba su reclamo.

En el Mundial de 1966 la animosidad del público en Wembley contra los argentinos no sólo se fundó en rivalidades históricas y sociales. Hubo algunas puramente futboleras y de ese certamen. En la primera ronda, en un 0-0 contra Alemania Occidental, la Selección Argentina jugó con dureza. Tanta que hubo una descalificadora patada voladora de Albrecht sobre Weber. No le quebró la pierna de milagro. Se fue expulsado bajo el abucheo general, y cuando el equipo argentino quedó confirmado como rival de Inglaterra, el técnico del seleccionado local, Alf Ramsey, echaría nafta sobre el fuego. “Los argentinos son todos unos animales”, disparó. La BBC repetiría el foul, sin dudas salvaje, una y otra vez. La multitud en Wembley tomó la consigna de Ramsey al pie de la letra y durante varios pasajes del duelo con Argentina hizo propio el insulto: “¡Animals, animals!”, dejó de ser clamor de miles y miles de gargantas y se volvió una condena colectiva. ¿Fútbol o algo más?

A 10 minutos del final, Geoffrey Hurst marcó el gol del triunfo inglés. El árbitro alemán no pudo evitar haberse retirado de la cancha rodeado de policías londinenses. Quizá lo protegían, quizá lo encubrían. Los diarios y revistas argentinos hablaron mayoritariamente de “robo” y juzgaron el arbitraje de Kreitlein de como “escandaloso”. Lo cierto es que la expulsión de Rattín, sumada al hecho de que el árbitro alemán anotara en su informe a Bobby y Jack Charlton como amonestados, algo de lo que nadie se había percatado, pondría en marcha en el Mundial siguiente (México 1970) el actual sistema de tarjetas amarillas y rojas. La solución para hacer saber a los futbolistas y al público quiénes habían sido amonestados la propuso Kenneth George Aston, un ex árbitro inglés, con actuación en el Mundial de Chile 1962. Al parecer se le ocurrió “copiar” el sistema utilizado por los semáforos: una tarjeta amarilla significaría precaución, y una roja peligro y, por lo tanto, expulsión.

Si hubo “trampa” con la confusa expulsión, se hizo con estilo british, elegancia y fineza de caballeros. Y no fue en la parodia del retacón alemán y el lungo argentino. Ni siquiera fue en Wembley. El español Pedro Escartín, futbolista, técnico, periodista, escritor, contó que, como miembro de la Comisión de Arbitrajes de ese Mundial, tenía prevista una reunión en el Garden Hotel de Londres con Stanley Rous, el inglés que presidía la FIFA desde 1961, y otros integrantes de la Comisión para definir los árbitros de los cuartos de final. Rous recibió a Escartín con una sorpresa: sin esperar su llegada, había arreglado la cuestión “con la solitaria presencia de un directivo alemán y de un representante africano como testigos”, confirma el periodista Alejandro Fabbri en su libro Historias Secretas de los Mundiales. El partido Alemania-Uruguay se jugaría en Birmingham con un árbitro inglés, James Finney. Y el de Inglaterra-Argentina en Londres con un juez alemán, Kreitlein. Nunca había sucedido algo así en los Mundiales. Hasta ahí, iban a un sorteo sólo los árbitros de países no comprometidos con esos partidos. El ardid fue exitoso. Finney echaría a dos uruguayos (Troche y Silva) y Alemania ganaría 4-0. Kreitlein echaría a Rattin y los ingleses vencerán 1-0.

Más allá de la sospechosa decisión de cruzar árbitros, la Selección había viajado a Inglaterra con el peor de los pronósticos. Cambió de técnico (Lorenzo en lugar de la dupla Zubeldía-Faldutti) apenas dos meses y medio antes del Mundial y la gira previa al torneo fue desastrosa. Con la goleada adversa contra Italia (0-3) se encendieron todas las alarmas. A tal punto llegaba el desaliento que la influyente revista El Gráfico se preguntó en un editorial: “¿Vamos a Londres o volvemos a Suecia?”, en alusión al desastre argentino en el Mundial de 1958, donde una Selección envejecida y alejada de la alta competencia, fue humillada por el 1-6 de Checoslovaquia, luego de un 1-3 ante los alemanes campeones del mundo cuatro años antes.

La delegación se fue a la aventura con un presidente (Illia) y volvió con otro (Onganía). Valentín Suárez, un dirigente de Banfield que había dirigido la AFA entre 1949 y 1953, de clara afinidad con el peronismo, fue nombrado interventor de la AFA y en ese carácter viajó al Mundial para integrarse a la delegación. Encontró jugadores sin espíritu, peleados con el técnico, Juan Carlos Lorenzo. Valentín Suárez metió mano en el equipo y levantó el ánimo general. La prensa lo señaló como uno de los factores gravitantes de la gran actuación argentina en octavos de final: 2-1 a España, 0-0 con la poderosa Alemania Federal y 2-0 a Suiza. Pero poco pudo influir para bloquear el pacto anglo-alemán de arbitrajes cruzados.

Luego de la derrota ante Inglaterra, el golpista Onganía les mandó un mensaje a los jugadores: “Al equipo argentino: la brillante campaña realizada, vuestro coraje y espíritu de lucha os hace acreedores al jubiloso recibimiento con que os esperan el pueblo y el gobierno de la Patria.” Y recibiría al plantel en la Casa Rosada. Estaba en marcha el operativo victimización, una confusión patriótica que no tenía que ver con la rivalidad entre las naciones en el plano político y futbolero. Fue una distorsión de aquellos sentimientos. Y apareció la etiqueta de “campeones morales”.

El mundo contra nosotros: una ficción dañina, que recién se desplomaría en el Mundial 78 (cuando las sospechas apuntarían contra el equipo argentino, tras el 6-0 a Perú) y, sobre todo, en México 86. Aquel de la gloria de Maradona. El de “la mano de Dios” y el mejor gol de la historia. Campeones en serio. Fue cuatro años después de la aventura militar en Malvinas. Esa vez, la guerra fue verdadera. Y volvió a rozar al fútbol, pero con el formato trágico de la muerte.
CLARIN

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