Lole corría a 300 km/h y no quiso ser presidente

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Fue una leyenda de la Fórmula Uno. Pero rechazó la posibilidad de ser candidato presidencial después del 2001.


Fernando Gonzalez
Las imágenes van en retroceso y lo muestran a Carlos Reutemann cada vez más joven. La última es de abril de 2005. Lole los mira divertidos a Néstor y a Cristina Kirchner, él subido a un Bentley azul y ella a un Lamborghini amarillo. Están en Wolfsburgo, la ciudad alemana donde Volkswagen tiene su planta de producción a doscientos kilómetros de Berlín.

“Ojo Néstor, que este vale un millón de euros”, advierte Reutemann, quien camina fascinado entre los autos de colección que la compañía exhibe en su autódromo propio. El senador por Santa Fe había sido invitado a formar parte de la comitiva pese a las diferencias que ya mostraba con el matrimonio gobernante. “Qué bravos son estos dos”, fue la única frase que dijo sobre ellos, después de verlos discutir a gritos con el entonces poderoso ministro Julio De Vido. Algo vio que no quiso contar. Como tantos otros secretos de la política que se llevó.

Cinco años antes, en junio del 2000, le tocaba ser testigo del encuentro entre Bill Clinton y Fernando De la Rúa en la Casa Blanca. Lole está apoyado en una columna, más cerca de los periodistas que del resto de la comitiva y comenta con una sonrisa. “Pobre Fernando, tiene la tonelada de soja a 120 dólares… ¿Se imaginan si subiera hasta 180 dólares? A la economía argentina no la pararía nadie”. Reutemann vuelve a callar. Ignoraba todavía que, poco tiempo después, la soja iba a cruzar la barrera de 600 dólares la tonelada, facilitando que los Kirchner se quedaran doce años en el poder.

Una de las grandes incógnitas de la política argentina después del estallido del 2001 es por qué Reutemann no quiso ser presidente. Tenía el consenso triple que casi ningún dirigente puede conseguir. El de los referentes del poder; el de las encuestas y la aceptación de la sociedad, que nunca terminó de verlo como un político clásico. Ni aún en la adversidad de las inundaciones santafecinas de 2003, por las que recibió muchísimas críticas. Pero declinó la oferta de ser candidato presidencial por razones que jamás explicó y empezó un camino de regreso que lo fue alejando del centro de la escena.

Cristina y Néstor; De la Rúa y Mauricio Macri; y antes Eduardo Duhalde y Carlos Menem, quien acertó cuando lo convenció para lanzarse a la política. Todos los dirigentes se acercaban a Reutemann con esa cautela que sólo se les destina a aquellos que ya son una celebridad. El colmo de la felicidad de todos ellos era cuando había algún buen automóvil cerca y el Lole aceptaba ser el conductor. Los llevaba como si fueran chicos, aceleraba a fondo y rebajaba para hacerles sentir que estaban viviendo una experiencia única.

Porque el Reutemann, que fue cinco veces senador y que fue elegido gobernador de Santa Fe en dos oportunidades, tenía un pasado que sobrepasaba el territorio cenagoso de la política. Fue el piloto de la Fórmula Uno que hizo levantar a millones de argentinos cada domingo a la mañana para verlo competir por la televisión con los grandes del automovilismo mundial. Con Emerson Fittipaldi o con Mario Andretti, con Jackie Stewart o Ronnie Peterson, contra la trampa que le tendieron Alan Jones y Nelson Piquet para que no fuera campeón mundial. Y con esa suerte de amistad y rivalidad que mantuvo con Nicky Lauda, dato que sorprende en estos tiempos a los millennials que se enteran de sus hazañas en el cine.

Poco antes de morir en el verano de 1974, Juan Domingo Perón fue a verlo correr al autódromo porteño, pero Lole no pudo ganar. Fatalmente, se quedó sin nafta cuando faltaban siete vueltas y nació allí alguna polémica que intentó mostrarlo como un perdedor. O peor aún, como a un hombre temeroso. Reutemann se reía de esas maldades. Y desafiaba a cualquiera de sus críticos a subirse a un Fórmula Uno, y volar a trescientos kilómetros por hora para saber de verdad lo que es el miedo.

Le sobró valor en sus últimos días, golpeado por su hígado enfermo. Se fue rodeado del amor de los más cercanos y el respeto de un país entristecido.
clarin

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