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En el planeta, en este momento, la mitad de las personas están conectadas a 1 de las 5 compañías que concentran la mayor cantidad de cuentas de internet.

Juan Brodersen
Y casi todos confiamos en ellas, sin siquiera preguntarnos qué términos y condiciones aceptamos: el “Club de los 5” es hoy más poderoso que nunca.

Conquistó el mundo como lo hacían las grandes potencias en siglos pasados, pero cambiaron ejércitos por silicio y colonias por datos: Google, Facebook, Amazon, Microsoft y Apple dominan el globo y les dieron a sus dueños inmensas fortunas.

¿Qué tipo de sociedad se está construyendo en torno a la filosofía de estas empresas y sus modelos de negocios?

Natalia Zuazo, periodista especializada en tecnopolítica, intentó preguntarle a Facebook cómo funciona el sistema mediante el cual muestra sus noticias en el muro. El bendito “algoritmo”: esa palabra que todos repetimos sin tener del todo claro qué es y con obvias sospechas sobre cómo funciona.

Cordialmente, Zuazo fue recibiendo una excusa tras otra. Primero durante semanas. Luego, meses. Hasta que se dio cuenta de que nunca le responderían.

─No dan información oficial. A los influencers que trabajan con ellos y los periodistas que son amigos de ellos sí, les dan. Para que lo moneticen ─le cuenta a Clarín.

¿Por qué tanto misterio? Porque el “Club de los 5” quiere hacer un mundo mejor para todos bajo un lema filántropo que oficia de denominador común en sus discursos, pero los monopolios que han construido comienzan a generar ciertas sospechas.
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Hoy 8 grandes millonarios concentran la misma riqueza que la mitad de la población mundial. Y 4 son dueños de empresas tecnológicas: Bill Gates de Microsoft, Jeff Bezos de Amazon, Mark Zuckerberg de Facebook y Larry Ellison de Oracle.

Larry Page y Sergei Brin de Google, Steve Ballmer de Microsoft, Jack Ma de Alibaba y Laurene Powell Jobs, viuda de Steve Jobs (Apple), no se quedan atrás.

─Pero si la tecnología no sirve para que más personas vivan de un modo digno, entonces algo está fallando ─reflexiona Zuazo, que aborde el asunto en Los dueños de internet (Debate, 192 páginas, 299 pesos).

“​El control de los datos de Google, la poca transparencia de Facebook sobre el manejo de las noticias, los conflictos laborales y urbanísticos de Uber y el impacto comercial de gigantes como Amazon prendieron las primeras alarmas serias."
Natalia Zuazo

─Te preguntás "qué pasaría si los verdaderamente poderosos fueran transparentes". ¿No lo son desde sus términos y condiciones que, según un estudio que citás, casi nadie lee?

─Sí, hay algo de eso. Pero son las 2 partes las que están involucradas. Creo que a estas grandes empresas les perdonamos más o les tenemos más confianza. Y esto es por el marketing, la publicidad y la magia que nos venden. Pero el caso Cambridge Analytica empezó a despertar preocupación.

─Hablás de una “utopía” del "Club de los 5". ¿Qué importancia tuvieron los que quedaron en el camino, como Yahoo, AOL o MySpace?

─Mucha, porque algunas de ellas fueron compradas hasta conformar los monopolios actuales. El esquema actual tiene esta paradoja: por un lado son negativos en términos de mercado como todo monopolio -para el usuario-, pero por alguna razón las plataformas están en ese lugar; son las mejores. El correo de Yahoo no era tan eficiente como el de Gmail. En ese tipo de cosas está la respuesta del éxito. Pero ser tan grandes implica un gran riesgo y hemos perdido la valentía de pedir a estas empresas que, al utilizar nuestra información, trabajen en conjunto de acuerdo con objetivos sociales.

“​En palabras del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, Internet es la religión más poderosa de una época en la que nos creemos libres mientras cedemos voluntariamente cada dato de nuestra vida."
Natalia Zuazo

─¿Qué fue lo que hizo que ese club se consagrara como referente, cada uno en lo suyo?

─En términos técnicos, perfeccionaron todo. Pero en términos simbólicos hay marketing, publicidad, relaciones públicas. Y mucha filantropía. Proveen de materiales educativos mientras sea como ellos quieren. Y en esa filantropía a los países no les queda nada, porque casi todas esas empresas tienen esquemas de evasión impositiva y se llevan la riqueza.

─¿Qué tipo de conocimiento propone Microsoft y por qué decís que “destruye el prestigio de la escuela pública”?

─Presenta productos que vienen a resolver problemas que resuelven la enseñanza con una idea de que deje de haber política pública de educación: no se necesita enseñar más que lo básico, porque el resto está en internet. Ahora, ¿cómo se busca información críticamente? ¿Cómo se piensa más allá de un producto si no te gusta o querés cambiarlo? Ellos hablan de que la educación tiene que ser personalizada, pero a todos los países les venden las mismas cosas. Si para la educación básica proponen lo mismo para todos, los que van a profundizar son los que puedan pagar algo más (como los modelos de aplicaciones freemium).

─¿Qué fue el acuerdo que se firmó entre Microsoft y el Gobierno porteño en 2016?

─Fue bastante secreto. Trascendió porque hubo una intervención de activistas; yo describo este proceso en el libro. Son acuerdos que se van firmando a espaldas de la comunidad educativa, que es una de las más grandes porque incluye a maestros, alumnos, y padres. El esquema es el de dar “gratis” los productos educativos para luego vender los derechos de los programas.

─¿Y cómo es ese modelo educativo?

─Se replica un modelo que es el siguiente: el Ministerio de Educación propone un programa, una currícula, pero la implementación se hace a través de una organización no gubernamental (ONG) que actúa en conjunto con las empresas de tecnología. Lo que ocurre es que la política deja de decidir sobre el programa de educación: trabajan “en conjunto” la ONG con el Ministerio y esa ONG termina por dictar la política pública. ¿Cómo transformás un producto en una política pública? Cambiando el nombre de la materia “Office” por “educación del futuro”, por ejemplo.

─¿Cómo se puede cambiar esto? ¿Hay algún ejemplo exitoso?

─Estamos en el peor momento de esta situación monopólica, pero el camino para desandar esto es la política en sentido amplio, no la de los políticos: ciudadanos involucrados con lugares donde se puedan tomar decisiones. El ejemplo de Rosario es muy bueno: el Estado pone plata pero las decisiones se toman colectivamente. El Estado no decide hacer una compra de tecnología porque vino un lobista de una empresa y se lo compró. Puede ser muy buena pero, ¿es la que se necesita? ¿O hay que hacerle alguna modificación? También pasó en Barcelona y Brasil. Las empresas siempre van a querer negocios y no las podés juzgar por eso. Pero sí tenés que regular, limitar, cuando una corporación toma demasiado protagonismo. O consensuar.

─Por eso hacés tanto hincapié en el rol de la política.

─Sí. Nadie dice que Microsoft o Google no tengan soluciones acertadas, pero tienen que estar en un contexto. Es la política la que tiene que decidir y tomar herramientas que contribuyan a un fin último. En Barcelona hay algunos casos donde las decisiones políticas son verdaderamente participativas. Es largo y engorroso, es cierto. Se entiende por qué la política relega estas decisiones. Por eso debe tener mejores asesores para tomar estas decisiones de otra manera y la paciencia para darle lugar a la construcción de otro tipo de decisiones. El ejemplo que sirve para ilustrar esto es que podés no ir a la reunión de consorcio pero después van a usar la plata de una manera en la cual vos no participaste.

─Analizás el trabajo del politólogo Ernesto Calvo en relación con las redes sociales. ¿Cuánta influencia tiene el microclima que se genera ahí?

─Lo que pasa con un microclima como Facebook o Twitter es que se transformó en una fuente para las notas de los medios grandes. Todavía es bastante relevante si una autoridad de un medio tradicional o de las redes, que suelen ser políticos o figuras, toman esa información. En cada caso sigue habiendo una jerarquía. Lo que pasa en las redes no escapa a una jerarquía, por eso sigue siendo importante la diversidad de fuentes de información y de medios. Pero sí creo, y esto es más subjetivo, que tomar tan en serio a las redes sociales no se condice con la realidad.

─Acaba de entrar en vigencia en Europa la normativa GDPR que cambia el uso que pueden hacer las empresas de los datos de sus usuarios. ¿Creés que esto va a cambiar las reglas del juego para los 5 grandes?

─Simbólicamente es un paso importante. Todos recibimos mails y nos preguntamos qué pasa y hasta qué punto pueden pedirnos información. Lo más importante es el tema económico y de las multas: hay que empezar a ver qué sucede. Hay que ver cuál es la aplicación local concreta en un país, una provincia. A partir de ahora cualquier Estado europeo puede alegar que existe un reglamento general y hacer que una empresa comparta datos. Va a ir cambiando un poco el estado de cosas. Al mismo tiempo, imagino que las empresas van a empezar a pensar si dejan la seguridad de una base de datos en manos del destino, como pasó acá con Todopago, o si invierten tiempo y dinero para que eso no suceda. O en hacer un servicio que no spamee a la gente, por ejemplo. Las normas tienen un sentido disuasorio.

─Planteás cómo hacemos para proteger nuestros datos o nuestra privacidad de los abusos de las empresas. ¿Qué respuesta das?

─Hace unos días me pasó algo en un grupo de WhatsApp: me preguntaron si se tenían que pasar a Telegram. Les dije que previamente se preguntaran algo: “¿Ustedes conocen a todos estos miembros de este grupo? ¿Hacen backup? ¿Borran cosas? ¿Qué hacemos en cada uno de los casos?”. Creo que hay que revisar las aplicaciones que usamos y, sobre todo, cómo las usamos.

─El interrogante principal del libro es si el modelo del monopolio tecnológico de los 5 grandes es el único posible. ¿Lograste encontrar una respuesta?

─Claramente hay una alternativa. Hay consumo más responsable y otra forma de ocupar los bienes comunes. Hace poco ABC sacó una investigación sobre cómo tratan las empresas nuestros datos. Hay movimientos hacia adelante para que las empresas nos digan mejor qué hacen con nuestros datos. Las ciudades y la política van a encontrar que si abren la info y la hacen participar a los ciudadanos, va a ser mejor. No hay una posibilidad de que el camino a la apertura se cierre: es algo que está en marcha y va a ir incrementándose con el tiempo.
CLARIN

Martes, Octubre 23, 2018
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