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Las foodstylist "maquillan" la comida para que quede linda y apetitosa. Su tarea es fundamental para que una foto sea tentadora.

Por generaciones, las comidas se recordaban por sus sabores y aromas. Hoy, clic mediante, los preparados suben con urgencia cotidiana a las redes sociales. Y allí están, y allí quedan, a la vista de todos, aún antes de que los comensales presentes a su alrededor empiecen a disfrutarlos. Vivimos tiempos en los que pareciera que los platos valen más por su presentación que por la creatividad de la preparación, los sabores resultantes o su contenido nutricional. Es muy común ir a un restaurante (o casa de amigos, ¿por qué no?) y, antes de que alguien rompa la estética del plato, uno de los participantes de la velada avise como quien llama a los bomberos: “¡Esperá que le saco una foto!”. Es así que en las redes se ven preparaciones hermosas, tentadoras y hasta meticulosamente iluminadas. Si bien esta moda del foodporn (sacarle fotos a los platos) nació hace un tiempo, cada vez tiene más y más adeptos que se esmeran en mostrar sus preparaciones a la espera de un like (me gusta) que traiga a su vez, más followers o seguidores. Claro que no todo es cuestión de un reflejo aficionado, digamos que no es para nada sólo un tema amateur, hay expertas en el arte del estilismo gastronómico que han hecho del foodstyling su fuente de trabajo.

Mojar el pancito en las olla es un recuerdo íntimo, a lo sumo una foto en sepia para el álbum familiar. Hoy los manjares más sofisticados o una simple mila con fritas, entran por los ojos. Y son un modo de compartir y celebrar la cocina, placer muy adentrado entre los argentinos, un valorado ritual entre familia o amigos. A prepararse: las especialistas cuentan sus secretos y los comparten con los lectores de Clarín, para que los posteos sean cada vez más apetecibles. Agenden los tips, busquen un sitio con luz natural y ¡a cocinar y sacar fotos! Todo sea por un like.

Es una de las pioneras en el tema. Desde 1978 se dedica a hacer fotos para campañas publicitarias, avisos de gráfica y comerciales de televisión. Aprendió este oficio mirando revistas y libros que le traía su padre del exterior porque en Argentina, en esa época, nadie se dedicaba a ese menester. Observando imágenes podía ver cómo se hacía este trabajo: dónde se ponían los platos, si usaban manteles, cubiertos, la paleta de colores y sus combinaciones. Así fue creciendo, hasta que en la década del 90 comenzó a filmar comerciales y gráficas para Europa y Estados Unidos. Dio comienzo a otra historia: ahora ella era la protagonista de las páginas que alguna vez ojeaba. Así se contactó con foodstylist extranjeros y aprendió la famosa técnica. “Eso es lo que define a una foodstylist. Tener o no tener técnica. Hacer fotos lindas no te convierte en una profesional”, asegura Lovegrove quien aún recuerda sus inicios en la que ella llama “época análoga”: “Los fotógrafos con suerte a las cuatro horas te mostraban las fotos, o sea, que se si habías hecho algo mal había que hacer todo de nuevo. No existía el retoque, se hacía a mano a pluma. Estábamos mucho más exigidas”.

¿Cómo es que hacen para que al cortar una pizza en un comercial el queso quede hilado, chorreando de manera casi sensual, sin ser grotesco sino todo lo contrario, sumamente tentador? La respuesta se traduce en horas de trabajo y un gran equipo detrás. Para generar esos veinte segundos que nos abren las papilas gustativas un grupo de expertos trabajó una jornada de dieciocho horas. Quizá más. “Para sacar un plano de un queso derretido tal vez hay que hacer quince o veinte tomas. Eso no es al azar. Y todas las tomas se tienen que ver iguales o al menos muy parecidas. Es mucho trabajo. El saber cocinar es fundamental para este oficio, pero también lo es que el plato se vea rico y sabroso. Que la imagen trascienda el sabor”, manifiesta Marcela.

Esta ola de imágenes en las redes logró que salga del anonimato este oficio que “maquilla” la comida. Las foodstilist están contentas y celebran el resurgir de su pasión brindando cursos para quienes aprender este arte. Marcela cuenta que una vez una compañera le dijo que si daba cursos y contaba sus secretos estaba avivando giles, pero ella le respondió que no, que iba a formar profesionales. “Es un oficio tan lindo, tan copado, de tanto vuelo, que está bueno que se propague”, agrega. Fue la primera ecónoma profesional que comenzó brindando talleres y cursos profesionales de foodstylist en Argentina, y también por toda América. En sus talleres se pueden ver profesionales de todo tipo, fotógrafos, cocineros, dueños de restaurantes y también, en menor medida, amateurs.

Pía Fendrik

Lo mismo sucede en los cursos que brinda Pía Fendrik, cocinera que se dedica al estilismo de trabajos editoriales desde hace veinte años. Concuerda con su colega en que se formaron en una época sin YouTube ni referentes. “Antes se usaban más trucos que ahora. Actualmente todo es más real, salvo algunas cosas. Tal vez una toma demora media hora, entonces para que una carne dure más tiempo debajo de las luces y que no pierda color, por ejemplo se pinta con café o glucosa. Hoy, en lo que es editorial no uso un solo truco. Es más, terminamos la jornada de trabajo comiendo todo”, cuenta la chef y agrega que en las publicidades no se puede porque se toquetea mucho la comida y a veces se le agregan barnices para lucir más brillosas.

Respecto a el boom de fotos de platos en las redes Pía cree que es una tendencia positiva que la gente muestre sus creaciones, pero insiste en que en las fotos sacadas por un profesional hacen que la diferencia sea muy notoria, más que nada por un tema de luz. “Es el cincuenta por ciento de la foto y eso influye en la calidad y en cómo se ve. Me parece que las imágenes que los amateurs sacan en un restaurante no se equiparan a las que se logran cuando hay un fotógrafo atrás”. Para que no se escape ningún detalle Pía se encarga de todo: redactar la receta, la lista de la compra, búsqueda de materia prima y su elaboración hasta la puesta en el set donde el fotógrafo iluminará y hará tantas tomas como sean necesarias.

Entre tantos cuidados profesionales para elevar los estándares de la estética gastronómica, una se pregunta cómo serán las mesas de las foodstylist cuando no hay cámara encendida ni luz iluminando la escena,y ellas mismas se sientan a disfrutar de la cocina sin decorado, a plato descubierto: “Me gusta comer rico,¡pero no todos los días mi mesa es como las de las producciones!”, comenta entre risas la cocinera y agrega: “Tengo al alcance muchos productos y no me resulta difícil hacer algo diferente. Si tengo endivias, ¿por qué hacerlas con oliva si me da lo mismo hacerlas con vino blanco y cúrcuma?”.

Emi Pechar

Empezó su carrera en 1992 cocinando en Expo Sevilla, en España. Luego trabajó en reconocidos restaurantes de Buenos Aires hasta que decidió viajar a Nueva York y allí encontró en una cartelera un papelito que ofrecía cursos de Food stylist. No dudó un segundo. Se anotó con la certeza interior de que era lo que buscaba. Acertó. Al volver al país buscó refugio en una de las pocas ecónomas especializadas en el estilismo y fue su aprendiz por años, mientras crecía profesionalmente en la pantalla de Utilísima y publicaba libros. Mostrar la perfección de la comida ya era su mandato. Así fue que abrió su propio estudio donde tiene miles de platos de colores y formas diversas, potes y potecitos, tablas, utensilios y placas como para equipar varias cocinas profesionales. “Para dedicarte a esto es importante la resistencia física que te da el trabajo en la cocina. Son jornada largas, de doce horas… ¡la semana pasada trabajamos veintidós horas seguidas!”, comenta Emi. La clave para su éxito es trabajar siempre en equipo, tal es así que su empresa llevaba su nombre y lo cambió por Food Stylist Group. Todos trabajan a la par. Así se divierten y crean.

“Lo que más me gusta de este trabajo son los desafíos técnicos. Que me pidan cosas gigantes o bien osadas. Lo difícil, básicamente. Reproducir una receta a través de una foto y que salga igual, por ejemplo”, se sincera la cocinera y comenta, risueña: “Cuando me mudé sola tenía ocho heladeras en el living y ¡platos en el placard! No me entraba la ropa, había vajilla por todos lados! Ahora que tenemos el estudio grande guardo todo. Paso por un volquete y ¡es una perdición! Amo las maderas y las chapas. Restauradas son un gran fondo”. Como consejo, Emi cuenta que lo más importante para una buena estilista es transmitir lo que se siente, enamorarse de lo que uno está haciendo. Mirar al alimento a fotografiar desde todos los ángulos. “Anímense a buscar fondos, una madera texturada o una chapa gastada le dan clima a la foto. Aprovechen que es más fácil, investiguen. En mi época sólo podíamos ver era Donna Hay y Martha Stewart. Está bueno mirar e inspirarse y buscar un estilo propio”.

Los tips de las expertas:

Buscar buena luz. Siempre elegir la natural por sobre la artificial. Cerca de una ventana es el escenario ideal.
Tomarse tiempo para mirar todo en detalle.
La comida puede estar fría, en la foto eso no se nota. Al comerlo caliente el receptor lo siente caliente. De paso, se puede acomodar.
Elegir colores de vajilla y entorno que no le hagan competencia a la comida. Si la comida es muy colorida, vajilla debería ser “más tranquila” Comprar materia prima muy fresca, del día.
La rúcula selvática dura más y es más resistente.
Los verdes se conservan en la heladera lavados y entre papeles húmedos, dentro de un tupper.
Las carnes se pincelan con aceite para que brillen.
El punto de cocción en los vegetales es muy corto, para que queden con colores vivos.
Los fritos se fotografían en el momento.
Si hay que hacer una ensalada muy grande se prepara con una base de papel para que dé volumen y las verduras de abajo no se muevan.
Si se utilizan frutillas lo ideal es comprarlas un rato antes de fotografiarlas. Se las puede embellecer con brillo en gel.
Hay fruta que se oxida en contacto con el aire. Es importante cortarlas en el momento.
Menos es más.
Los fondos son importantes. Aportan calidez a la foto.
Producción: Daniela Gutierrez
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Miércoles, Agosto 22, 2018
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